Jamás aprenderemos

Intolerancia. Irrespeto. Arrogancia. Carencia de tradiciones. Todo eso ha ido socavando el patrimonio de un pueblo que, en su momento, tiempo atrás ya, fue respetuoso y tradicionalista. Ya perdimos ese toque de confraternización y sentido del deber que exhibimos desde el principio de nuestra historia como país, como hermanos, como puertorriqueños.
Ahora la modernidad destruye los principios éticos que nos dieron valor como gente, y las redes sociales ayudan en cierta forma a esa pérdida de unión y camaradería que nos distinguió siempre. Cuando vemos que nuestras instituciones son vandalizadas física y verbalmente, cuando abrimos el periódico ya sea en papel o por Internet y leemos las ultimas noticias, prácticamente todas en detrimento de una sociedad que creo no se levantara más, y descubrimos horrorizados como un hijo asesina a su padre, un político es acusado por corrupción, un gobernador comete desaciertos constantes, un senador no sabe ni de lo que habla, y las agencias del gobierno que juraron gobernar para los puertorriqueños le tiran la puerta en la cara al público que requiere de algún servicio esencial, es que sabemos, intuimos, que nuestra isla ha caído en picada y no hay atisbos de que vuelva a recuperar sus laureles.
El puertorriqueño ha perdido su norte. Ya no somos iguales. Los tiempos cambian. Para bien, o para mal, en este caso negativamente. Somos intolerantes, malcriados, estúpidos en muchas ocasiones, y no damos nuestro brazo a torcer ni siquiera para ayudar al prójimo como antes hacíamos. Las carreteras de nuestro país son un vivo testimonio de lo que expongo. Salir cada día de nuestro hogar y conducir es ya rayando en la temeridad de que un cretino choque contra nosotros o provoque un accidente que sea fatal. Tontos que no sueltan el maldito celular por estar pendientes a las imbecilidades o memes que salen en las redes sociales, o que se creen tan importantes que no les importa el conductor que va adelante o atrás de ellos, por no decir el que transita al lado, cuando cruzan temerariamente de carril sin poner la señal. Es que pienso que los carros modernos no tienen este equipo, ¿no?, o es que nosotros no sabemos utilizarlo porque no nos da la gana.
Como digo, es un claro ejemplo de los tiempos que corren, en el que únicamente la bebelata o el chinchorreo, o asistir al último concierto de los conejos es símbolo de estatus de una sociedad que como dije antes, va en picada sin freno. Ni siquiera atesoran una buena música, solo los gritos destemplados de un cantante que parece utilizar más los equipos de grabación para que altere electrónicamente su voz a su propio tono vocal. No sé si es cierto o no, pero parece, ¿verdad?
Cualquier llamado artista, con tal de que genere controversia, aunque carezca de talento, es idolatrado por una población que no sabe ni lo que es verdadero arte en cualquier aspecto. Lo mismo sucede en todos los renglones, no necesariamente artistas. Por esto es por lo que cualquiera que pegue un grito y sea más macho que nadie, o aparezca en cueros, vulgarmente hablando, es fenomenal, un fuera de serie que hay que venerar. Lástima.
Aquí se ha olvidado lo bueno para darle paso a lo mediocre. Señal de una sociedad que ya no sirve para nada, que no valora lo que realmente vale, y que prefiere pagar cientos de dólares por tomarse una selfi en un concierto con artistas del montón. Qué mal nos va como pueblo. Por eso es por lo que estamos como estamos. Estoy seguro de que en el período electoral volveremos a escoger la misma mediocridad que hoy nos gobierna, porque somos un pueblo crédulo, como dije antes, sin memoria ni dignidad, y de que seguiremos gastando todos nuestros ingresos en las mismas nimiedades de fin de semana que dijimos antes. Un pueblo que no aprende, que sigue repitiendo los errores, merece todo lo que le pase. Después no lloren porque estamos mal, que la economía está grave, que los empleados públicos no sirven, que los políticos son todos unos buenos para nada, que las ayudas son insuficientes, que todo está caro. No lo está cuando gastamos tanto dinero en cosas efímeras que únicamente brindan placer por algunas horas, ¿o me equivoco?
Puedo seguir escribiendo miles de palabras acerca del detrimento social en el que ahora vivimos, pero mejor prefiero en su momento escribir un libro sobre toda esta polémica social y la pérdida de valores que poco a poco se ha ido apoderando de nuestra sociedad. No somos los mismos, y pienso que jamás volveremos a serlo. Creemos tontamente que los adelantos tecnológicos y la facilidad del presente para comunicarnos nos acerca más, cuando es todo lo contrario.
Cada día nos alejamos más de lo que en su día fuimos. Vivimos encerrados como esclavos dentro de las pantallas de un celular o tableta, disfrutando de lo que nuestros antepasados no tuvieron. ¿Pero a costa de qué?
De haber perdido para siempre nuestra identidad como pueblo. Ese es el precio.
¿Podemos recuperar algo? El costo es bajo, pero no queremos pagarlo. Nuestra dignidad está en bancarrota, y seguiremos así, por los siglos de los siglos, porque jamás aprenderemos que la vida es una sola para perderla en tonterías…

Author: Peter R. Vergara Ramírez

Autor de Puerto Rico. Ha escrito varios libros en diversos géneros literarios, todos publicados en las principales plataformas  en el mundo como Amazon, Barnes&Noble, Apple iBooks, Google Books, Kobo, Taylor, Casa del Libro y otras.