Es tan corta la vida…

Tan corta la vida…
Haciendo un alto en los trabajos de edición de algunos de mis compañeros autores que estoy realizando, me pongo a analizar ciertas cosas y sucesos lamentables que me han entristecido mucho en estos días, y uno, principalmente, la muerte temprana de un pasado compañero de universidad, Jesús, excelente servidor público en su carácter de policía municipal, mejor padre y amigo de todos, asesinado vilmente mientras trataba de evitar un carjacking y mientras disfrutaba de sus merecidas vacaciones.
No puedo evitar el recordar todas las aspiraciones y sueños que mi amigo tenía cuando lo conocí en la universidad, su compañerismo e inteligencia, y el don innato que poseía para que la gente a su alrededor simpatizara inmediatamente con él.
En su momento todos esos sueños fueron interrumpidos por la enfermedad y posterior muerte de su señor padre, sumiéndolo en una profunda depresión que lo alejaría por un tiempo de sus estudios, los que luego retomó para orgullo y satisfacción personal y de su familia.
En mis años posteriores como servidor público y por la posición que desempeñaba, nuestra amistad se afianzó más, y nunca un no se interpuso entre nosotros mientras charlábamos en esporádicas ocasiones cuando podíamos.
Hoy, casi una semana después de que un desalmado y vil criminal le arrebatara la vida en unión de otras escorias como él, asisto con verdadera tristeza y dolor al sepelio multitudinario póstumo rendido en homenaje a su legado profesional y familiar.
No puedo menos que pensar lo corta que es la vida, lo efímera en que se puede convertir por el ambiente de criminalidad rampante que azota a nuestra isla en este crucial momento histórico luego del azote inmisericorde del huracán María y la titánica labor de reconstrucción nacional en la que nos hemos embarcado para revivir a Puerto Rico.
Los policías, padres y madres de familia, jóvenes, profesionales, desempleados, servidores públicos y privados, todos en general, nuestra población entera, sufren los estragos ocasionados por la delincuencia que se ha apoderado de nuestras calles, sin que podamos hacer nada por evitarla, y con los escasos recursos humanos y económicos de los que disponemos para combatirla eficientemente.
Parte de esta problemática radica en lo anterior expuesto, falta de recursos. También en la escasez de visión gubernamental para establecer como prioritaria esta lucha en vez de estar perdiendo el tiempo en batallas políticas, legales y económicas con el otro ente que tiene secuestrada nuestra economía, la famosa Junta de Control Fiscal, quienes únicamente sugieren e imponen medidas en detrimento de toda la sociedad puertorriqueña para beneficio de los grandes intereses que en su día prestaron dinero en cantidades sustanciales y ahora pretender cobrar hasta tres veces más de lo que realmente dieron.
Pero volviendo al tema principal, es verdaderamente frustrante el perder vidas de provecho en su mejor momento, y también el desperdiciar nuestras existencias en cosas que carecen de valor, pero que consideramos importantes y no lo son.
Nuestra historia está escrita desde el instante en que nacemos, y también la hora en la que partiremos para siempre de este llamado paraíso terrenal. Sufrí una tremenda impresión cuando abrí mi página social el domingo por la mañana y conocí sobre la muerte de un gran amigo. No era justo. Nadie merece morir de esa forma, y ciertamente, Jesús, menos.
La vida no es justa en muchas ocasiones, pero tampoco podemos discutir con Dios por eso. Solo él conoce nuestro principio y final. Somos granitos de arena en un universo infinito.
Nos levantamos por la mañana, nos preparamos, salimos, ya sea para trabajar, estudiar u otras tareas cotidianas. No nos despedimos en la mayoría de las ocasiones de los seres amados, los amigos, o el vecino. No sabemos si al montarnos en el carro será la última vez que los podamos ver, ni si podremos dejar todo en orden en caso de que faltemos.
Pasamos las horas y los días soñando despiertos con una mejor posición social, casa y auto nuevo, cuenta abultada en el banco, o al menos que nos permita subsistir decentemente, reconocimiento personal o profesional, halagos de gente que ni nos conoce realmente y que pecan de hipocresía en ocasiones, corriendo desesperados en busca de una quimera que quizás nunca alcanzaremos pero no deseamos admitirlo, y descuidamos lo más valioso para cualquier humano: la gente que te rodea, los que te aman, los que te aprecian, la familia. Creemos que viviremos eternamente, que habrá tiempo para eso, para decir un te quiero, o te aprecio, o posiblemente perdóname, porque pensamos que los años o la muerte nunca tocarán a nuestra puerta. Pobres ilusos que somos. Cuando abrimos los ojos a esta cruda realidad, quizás ya sea demasiado tarde para remediarlo.
La vida es tan breve, que, hasta yo, que escribo estas líneas, puedo morir en minutos, o mañana, o quizás en algunos meses o años, sin haber disfrutado cada segundo de mi existencia. El presente es lo único que ahora tengo, este rato en el que escribo esto, hablo por teléfono o cocino algo para comer. No sé si llegaré a despedirme de mi esposa, o del vecino, o de mi familia y amigos. No lo sé, por lo que he decidido vivir cada minuto como si fuera el último, sin dudas ni temores, ni remordimientos por mis errores pasados que me ayudaron a crecer comoquiera, o por las palabras que necesitaba decir y nunca dije, por mis estúpidas actitudes en ocasiones que generaron tanto malestar entre las personas que me rodeaban, y que me persiguen día y noche por el sabor amargo que dejó en mi corazón, por las acciones que jamás tomé, las indecisiones que malograron mi porvenir, las personas que no aportaron nada a mi existencia a no ser gratos o malos momentos, todo lo que pude ser y no fui ni seré. A todo eso, adiós. No se puede seguir amarrado al pasado rumiando por lo que pudo ser, y descuidando el vivir y disfrutar de nuestro paso por este mundo que en cualquier instante podría ser el último.
Luego, nada material nos podremos llevar a donde vayamos después de morir; solamente los buenos recuerdos y el amor sincero de quienes verdaderamente nos amaron. Eso es lo que genuinamente cuenta en esa hora final. ¿Para qué seguir amargándonos cuando podemos vivir a plenitud? No vale la pena. Nos pasamos la vida sopesando los pros y los contras de cualquier situación que nos afecte, y nos olvidamos de respirar, de amar, de besar, de comer cosas deliciosas que nos engorden, de hablar con la esposa, de compartir con los hijos o los perritos, en fin, olvidamos tanto en nuestra desenfrenada y estéril carrera que no vivimos más que lo suficiente para decir que existimos y nada más.
Es tan corta la vida, y tan eterno el arrepentimiento. Luego no podré decir nada de esto, porque ya no estaré…

Author: Peter R. Vergara Ramírez

Autor de Puerto Rico. Ha escrito varios libros en diversos géneros literarios, todos publicados en las principales plataformas  en el mundo como Amazon, Barnes&Noble, Apple iBooks, Google Books, Kobo, Taylor, Casa del Libro y otras.