Nos olvidamos de ser humanos

            Nos olvidamos de ser humanos

Cuando era niño y luego adolescente jugaba con todo y con todos, ya fueran carreras, juegos de mesa, beisbol, un poquito de baloncesto y otras cosas para pasar el tiempo. Era feliz, como cualquier jovenzuelo comenzando a experimentar sensaciones desconocidas y sentimientos nuevos.

Respetaba a mis padres y a toda persona mayor, so pena de castigo si no lo hacía. La correa volaba derechita hacia mi cuerpo si me atrevía a desobedecer a la autoridad vertida en ellos, y mis padres sí que se daban a respetar.

Pero eran chiquilladas y maldades, como hacían todos los demás, y cuando la miseria es compartida duele menos, por lo que me acostaba esa noche pensando en el día siguiente y me olvidaba de todo lo acontecido durante las horas pasadas.

La familia era nuestro centro, y los amigos y vecinos eran parte de ese complemento que hicieron aflorar en nuestra sociedad isleña la noción real de que éramos puertorriqueños bondadosos y hospitalarios. Siempre, como en todo, existe su excepción, pero la inmensa mayoría del pueblo lo era, y esa faceta nos distinguía dondequiera, dentro o fuera de Puerto Rico. Sabíamos ayudar y dar cuando hacía falta, sin que nos lo dijeran, y vivir, dejando vivir a los demás. No molestábamos al vecino con música alta y ruidos innecesarios, y cooperábamos en la vecindad si así nos lo requerían. Un entorno social quizás no perfecto, pero llevadero.

Y así crecí, como todos, lógicamente, y mundos nuevos se abrieron ante mí, aprendiendo y cometiendo errores; viviendo y dejando vivir. Era feliz, y creo que una vasta parte de mi pueblo lo era, a pesar de las limitaciones existentes en esa época de estrechez económica, primero, y luego un poquito de bonanza monetaria gracias al nacimiento industrial en los años 40, aunque todavía yo no había nacido. No soy tan viejo, quizás un poquitín estropeado nada más. Fueron tiempos diferentes al presente, pero bonitos, ricos en tradiciones y amor patrio.

Las décadas siguientes trajeron grandes cambios políticos y sociales, con el bagaje que implicaba, por ende, pero todavía se conservaba parte de nuestra idiosincrasia como pueblo. Aún nos maravillábamos por cualquier suceso que nos tocara vivir o sentir.

No recuerdo, o no sé, el momento en que comenzó la desintegración como pueblo, y la indiferencia ante todo que ahora se ha convertido en nuestra bandera enarbolada, junto con la apatía de emprender cosas nuevas que nos ayuden a salir del marasmo económico y social en el que nos encontramos ahora gracias a las malas decisiones de prácticamente todos los gobiernos que nos ha tocado soportar por los pasados años. No estoy diciendo nada nuevo. Estamos en una encrucijada histórica por no saber elegir a las personas adecuadas, y ahora pagamos el precio. Necesitamos gente de pueblo, que haya sufrido en carne propia la escasez económica y estrecheces de todas clases, que escuche a la gente, que no prometa cosas en vano, y que tenga el deseo sincero de trabajar día y noche, para realmente, quizás, tener una oportunidad de volver a ser lo que una vez fuimos.

Hemos perdido la esencia como seres humanos paulatinamente. Luego del huracán, se vio un resurgir debido a las condiciones precarias en que quedó nuestra isla, sin energía eléctrica, agua, gasolina, y artículos de primera necesidad, sin obviar los comestibles. Los vecinos se ayudaban, la oscuridad y las cosas se compartían, las interminables noches repletas de mosquitos servían para confraternizar con el vecino al que nunca buscábamos, y una corriente de solidaridad nació entre todos los puertorriqueños, pues todos atravesábamos por las mismas penurias.

Pero esa corriente se fue evaporando según se restablecían lentamente los servicios esenciales, y la gente se fue alejando el uno del otro, desafortunadamente. Perdimos ese poquito que habíamos recuperado, y volvimos a ser lo que éramos antes, un pueblo en el que cada uno vela por sí mismo, y la sonrisa que antes exhibíamos junto con el ay bendito se borró de nuestros rostros. Ya todo estaba bien. Las penurias pasaron, y el universo volvía a su normalidad. En muy poco ayudó también el desmadre gubernamental que sufrimos en esas primeras semanas en que no sabían qué hacer, derivando esta situación en la tardanza de ayuda al ciudadano. Sufrimos de más por la ineptitud de unos pocos, y lo reconocimos así, pero de regreso al presente, posiblemente seamos tan ciegos de volver a incurrir en el mismo error en tres años, y montar nuevamente al mismo o a otro diferente. No hace diferencia, sinceramente. Puerto Rico se encuentra tan perdido en el horizonte, que es difícil, pero no imposible, que podamos regresar al camino de progreso y solidaridad que una vez existió. Puede levantarse. Es cuestión de quererlo sinceramente. El puertorriqueño puede hacerlo.

Nada de lo expresado anteriormente nos devolverá esa humanidad sincera que en su momento tuvimos, y nada tampoco regresará la alegría a nuestras vidas con la que despertábamos a un nuevo amanecer. Lo único que le pido a Dios es que otro ciclón no sea necesario para que aprendamos a ser humildes y humanos, pero esta vez finalmente.

Author: Peter R. Vergara Ramírez

Autor de Puerto Rico. Ha escrito varios libros en diversos géneros literarios, todos publicados en las principales plataformas  en el mundo como Amazon, Barnes&Noble, Apple iBooks, Google Books, Kobo, Taylor, Casa del Libro y otras.