Una íntima reflexión

Una íntima reflexión

 

    Este capítulo lo escribo hoy, a finales del 2018, un año en el que esperaba un sinfín de oportunidades que nunca se dieron, quedando truncadas en mi vida, al menos en forma temporera.

    Mi esposa Lynette y yo regresamos de una corta estadía de cuatro días a mediados de diciembre del año pasado, disfrutando de un tiempo que realmente necesitábamos para estar juntos al lado de la familia de ella en Estados Unidos.

    Nunca pudimos imaginar que los siguientes meses resultarían en un calvario para nosotros, ni tampoco yo pude pensar que, en algún momento jugara con la idea de acabar con todo, si el lector entiende a lo que me refiero.

    Una salida fácil para un problema que, reflexionando ahora, no era tan grande como para siquiera coquetear con tal fatal decisión.

    A veces pensamos que nada tiene solución, los problemas nos ahogan, la vida se ensaña con uno, los amigos escasean o no existen, y la familia nos ahoga emocionalmente bajo la premisa de que hay que tolerarles todo.

    Falso. La familia está para apoyarnos mutuamente en la consecución de nuestras metas, y alegrarnos la existencia cuando las cosas se ponen feas, no para recriminarnos ni poner en duda nuestras decisiones, buenas o malas, correctas o incorrectas, cuando el destino nos pone contra la pared y no sabemos hacia dónde escapar.

    Este libro, estos capítulos, responde a la duda interna que asaltaba mi corazón cada vez que las cosas no resultaban como yo quería, y también cuando trataba infructuosamente de recurrir a los medios de los que cualquier persona posee para sobrellevar las pesadas cargas de la vida.

    En un millón de ocasiones fracasé. Y lloré. También me sentí derrotado hasta la impotencia, y mis noches eran eternas hasta el primer albor del amanecer.

    Pero seguí adelante. No me rendí; tampoco claudiqué ante lo imposible, pues esa palabra únicamente existía en mi mente si la dejaba entrar.

    Quizás el que no me conozca crea que mi camino ha sido uno cubierto de rosas y alfombra roja. Es posible que hasta piense que todo me ha sido regalado sin esfuerzo de ninguna índole.

    Nada más alejada de la realidad. Todo lo que era y es valioso para mí me fue negado en su comienzo, y tuve que batallar como un guerrero fiero hasta el final.

    Nadie me regaló nada.

    En el otoño de mi existencia he visto caer infinidad de hojas en el almanaque. Unas cayeron lentamente; otras, muy despacio, pero siempre llegaron al suelo, sin importar lo que yo hiciera por detenerlas.

    Hoy, sentado ante mi ordenador, y con mis ojos aún cubiertos por la sombra fugaz de una lágrima, he comenzado a creer en que puedo hacerlo, que puedo lograr lo que anhelo, que nada ni nadie podrá ya apartarme de la vereda del éxito que Dios ha dispuesto para mí mucho antes de que yo naciera.

    Fallé en todo, hasta a mis amigos y familia que en su minuto creyeron ciegamente en mis facultades, y que no obstante siempre me alentaban a seguir luchando por lo que quería.

    Este año no ha sido fácil.

    Me alejé de mi pasión, desterré por un instante la noción de que todo era posible si creía en mí mismo.

    Me derroté sin batallar, y ahora, en esta encrucijada que se presenta ante mí, observo tranquilo la historia de mi existencia, desde mi niñez hasta mi adultez, hasta este minuto del día 11 de noviembre de 2018, y reprimiendo la tristeza de un sentimiento que pugna por brotar de mi alma, declaro al universo entero que, sin importar todos los obstáculos que se me atraviesen en mi camino desde ahora en adelante, y todos los sinsabores y dudas que sé me asaltarán de vez en cuando, en el nombre de Dios y con su bendición, que este año que comienza el 1 de enero de 2019 será la consagración de todos mis sueños hechos realidad, y que al final de él, podré gritar a los cuatro vientos lo siguiente:

    —¡Lo logré!

(Nuevo capítulo. Extracto del libro Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú, en Amazon http://a.co/d/cR3hg6U )

Comenzar de cero

Comenzar de cero
Esta mañana desperté con una profunda tristeza arraigada en mi ser, con la rara sensación de que mi existencia no era lo que siempre había soñado, que mi trayectoria en este mundo algún día no muy lejano terminaría, se cerraría el capítulo de mi historia finalmente, y sorprendido, aunque no tanto, descubrí que, si todo terminara ahora, habría dejado muchos negocios inconclusos, muchas cosas a medias, y un millón de sueños frustrados que nunca lograron realizarse.
Cerré mis ojos por un momento, y regresé a mi pasado, a todas esas personas que de una u otra forma influyeron en mi camino, que pusieron su granito de arena para que yo fuera el hombre que soy en día, y recordé sus consejos, buenos algunos, otros, no tanto, pero consejos y enseñanzas al fin sobre lo que debía y podía hacer o no con mi vida.
Algunas lecciones las seguí. Otras, las deseché en el camino porque no me gustaban, o pensaba que no eran para mí. Pero fueron enseñanzas que en un futuro usaría para bien, o para mal.
He cometido infinidad de errores, miles de desaciertos, he tratado en ocasiones bruscamente a gente que me quería y aún me quiere a pesar de todo, me he burlado de la ignorancia de algunos, creyéndome lo último en la avenida, me he reído cuando otros han caído, pero también le he dado la mano a esa persona que me hirió en el pasado, olvidando el daño causado, y tratando de ser mejor cada día no obstante el desánimo o pesar que la vida pueda estar causándome en ese instante.
Todavía sigo con mis ojos cerrados, y como en un desfile, pasan por mi mente recuerdos de mi niñez, adolescencia y adultez que creí olvidados, como una película que se repite una y otra vez, y siento como mi corazón se estruja ante la inmensidad de la historia que he protagonizado solo, y junto a otros, y en todas las cosas que he dejado de realizar por estar persiguiendo quimeras sin sentido que nunca fueron realmente importantes ahora que las analizo a conciencia y con mi alma al descubierto.
He fallado, lo reconozco, en situaciones fáciles de sobrellevar, y en las dificultades, lo mismo me he crecido, que también me he dejado hundir sin luchar.
La vida, los años, los sinsabores, las decepciones, los sufrimientos, la depresión y todos esos pequeños gigantes de desaliento que he permitido crecieran hasta ahogarme, han sido los pretextos esgrimidos una y otra vez para justificarme cuando todo sale mal, pero jamás me he detenido a pensar que todas las cosas suceden si yo permito que sucedan, y que las derrotas solo son derrotas si no me levanto del suelo y comienzo a trepar la empinada cuesta hasta su cima. Pretextos. Errores que nunca acepté, tonterías sin valor que me detuvieron en muchas ocasiones, pero que siempre justificaba por todo lo anterior.
Abriendo mis ojos a la cruda realidad, veo que todavía me faltan ese millón de cosas por hacer, infinidad de sueños por realizar, y sonrisas de felicidad en cada uno de los rostros que veo a mi alrededor que se merecen eso y más, pero todo depende de mí, de la decisión firme con la que comience cada día a partir de hoy, y de las metas que espero alcanzar.
Comenzar de cero. Se puede. Si queremos. Yo lo deseo.
Depende todo de echar las excusas o esos pequeños gigantes que me obstaculizan y me impiden realizarme como ser humano, y echar a caminar, paso a paso, minuto a minuto, sin detenerme ante nada ni nadie, respirando hondo y no aflojar el ritmo sin importar que el universo entero conspire contra mi persona. Nadie lo hará por mí. Únicamente yo tengo ese poder para hacerlo.
Y cuando vuelva a cerrar los ojos, algún día, definitivamente, espero irme en paz conmigo mismo y alegría en mi ser por haber conseguido todo lo que siempre soñé: mi realización plena como ser humano en todos los aspectos. ¿Existe algo más importante que eso?
Comenzar de cero. Desde hoy.
Creo, no, sé, que Dios y la vida tienen muchas cosas más para sorprenderme y ayudarme a lograrlo.
Es cuestión de afirmarlo desde el fondo de mi corazón apenas abra mis ojos en unas horas…

Originally posted 2018-07-08 13:17:25.

El vacío que no llenamos, o lo que perdemos por no saber vivir

El vacío que no llenamos, o lo que perdemos por no saber vivir

No somos eternos. Tampoco infalibles. Cometemos errores. Algunas veces aprendemos; otras, seguimos metiendo la pata una y otra vez como esa fuera nuestra naturaleza humana por nacimiento.
Creemos que viviremos por siempre, y no queremos darnos cuenta de que la vida puede irse en una milésima de segundo, en un parpadeo.
Pasamos nuestra existencia en la búsqueda eterna de cosas que nos hagan probablemente felices: una casa fastuosa, dinero en el banco, autos último modelo, fama, todo lo que implica ser reconocido en esta discriminatoria sociedad en la que vivimos, y dejamos a un lado nuestros sueños verdaderos por lograr todo lo anterior, aunque eso signifique renunciar a lo que verdaderamente importa: nuestra felicidad. Eso no nos sirve. Menos cuando estamos abajo en la rueda de la vida. Lo que tengamos que hacer, lo hacemos, y allá que se pierda lo que realmente importa.
Perdemos la esencia de la humanidad, nos alejamos de la familia, los amigos, todos, en aras de una quimera que quizás nunca llegue a ser una realidad. ¿Para qué? El dinero sirve para garantizar una seguridad económica y que nada nos falte, pero comparándolo con la salud, pienso que es irrelevante. Si no tenemos salud de nada nos sirve el ser ricos o famosos.
Lo triste, sinceramente hablando, es cuando conocemos de personas que han luchado lo suyo para alcanzar un sitial en el mundo, y han llorado y sacrificado muchas cosas en el camino, y cuando finalmente logran el éxito anhelado, descubren tardíamente que nada de lo conseguido ha rescatado su corazón del vacío existencial que desde pequeños han sentido. Entonces el golpe es más doloroso, imposible de digerir, pues cifraban la llamada felicidad en unos retos o logros materiales que nada tenía que ver con lo que sinceramente necesitaban.
Muchas veces me he sentido así, vacío por entero, sin alicientes para vivir, y también he llorado por no tener el valor de terminar con el mismo, pero como he dicho antes, recuerdo entonces todos los motivos por los que vivir, y erradico todo pensamiento negativo que logra llegar hasta mi alma.
Si me dejara llevar por ellos hace tiempo seria únicamente un recuerdo en las vidas de los seres que sí me aman.
Somos algo más que números o posesiones. Tenemos un potencial que alcanzar, unas metas por realizar, y una vida llena de alegría si así lo deseamos, pero en la mayoría de las ocasiones relegamos nuestros genuinos propósitos por otras cosas que jamás nos llenaran, aunque lo tengamos a manos llenas.
Algún día alcanzaré mi anhelo, sé que sí, pero mientras tanto, disfrutaré hoy de lo que verdaderamente vale, y mucho: el amor de mi familia.
La vida no se detiene, conmigo o sin mí, aunque prefiero que siga un largo tiempito adicional para seguir alegrando mis horas con el amor que nunca termina. Ya entonces me iré cantando todo el camino hasta conocer a mi Creador…
¿Algo mejor que eso?

Originally posted 2018-08-10 16:17:21.

Bajo ataque: María, once meses después… (4to artículo de María, el monstruo nos atacó)

Bajo ataque: María, once meses después…

Pareciera como si esas interminables horas de terror vividos bajo el asedio despiadado de María no hubiesen finalizado, todavía.

Salimos a las calles en la mañana y vemos, consternados, como muchas casas y calles de nuestros pueblos lucen sin levantar vuelo, destruidas muchas de ellas bajo el ataque; otras, por el paso del tiempo y desatinada administración gubernamental en ambos niveles, municipal y estatal. Los rostros de nuestros vecinos y amigos llevan marcados en ellos los vestigios imborrables de un millón de lágrimas derramadas ese funesto día de septiembre del 2017. La tempestad nunca dejó de atacar; nosotros tampoco de pedirle a Dios con todas nuestras fuerzas por el milagro de alejarla para siempre antes de que destrozara por entero a nuestro terruño, y prácticamente lo hizo, acabar con lo que nos quedaba, pero se alejó, tarde, pero seguro, dejando atrás una estela sin parangón de hogares derruidos y vidas segadas. La historia se encargó de recordarnos que de nada vale ser la Isla del Encanto, si no nos comportamos con humildad ante la fuerza inconmensurable de la naturaleza y de quien la gobierna, uno que no necesita votación electoral cada cuatro años para seguir dirigiendo el cauce de nuestras existencias.

Olvidamos por un momento inclinar el rostro y bajar la mirada, y fue en ese preciso instante cuando la furia de los vientos se ensañó con nosotros hasta lo indecible. No existe gobernante terrenal, ni político oportunista, que sea mas grande que lo antes expuesto, aunque ellos en la soledad de sus vidas y ante el espejo de su habitación que nada oculta, les diga en su cara que nada son si no tienen la entereza, dignidad y humildad que se requiere cuando de dirigir un pueblo se trata. Quizás se crean grandes, y posiblemente los demás lisonjeros a su alrededor se lo hagan creer, pero potentes naciones han caído bajo la embestida de la naturaleza por no creer que nada somos, ni seremos, si no pedimos ayuda al que sí nos la brindará cada vez que lo necesitemos.

Somos humanos e imperfectos, y limitados en muchas cosas, pero creo que podemos aprender todavía.

Aprender que la vida tiene un ayer, hoy y mañana, y que el presente puede ser el maestro que necesitamos para evitar los errores del futuro.

No podemos adivinar lo que nos depara, si otra cruel enseñanza o miles de bendiciones, pero debemos de estar preparados para cualquier eventualidad, sin importar lo dura que pueda ser. No es con recriminaciones ni endilgarle culpas a otros como podemos volver a levantarnos, sino con mucho trabajo y sacrificio que, quizás, algún día, deje en el pasado las malas decisiones y administraciones que juraron ante un pueblo ser la diferencia, y que al final, solo resultaron ser aves de paso por creer que podían ser más grandes que Dios.

La vida se encarga siempre de recordarnos que no somos inmortales ni sabios, y que lo que hagamos mal ahora tendrá su consecuencia mañana.

Los primeros días y meses después del ataque lucimos como un pueblo compasivo y solidario, y lo que antes rechazábamos por orgullo luego lo aceptábamos con humildad de espíritu. Lástima en ese sentido de que las cosas hayan vuelto a ser como antes, o quizás hasta peor, pues lejos quedaron esos sentimientos y unión de un país ante los embates de la naturaleza, para volver a caminar el mismo camino que juramos no volver a recorrer en esas oscuras y largas horas de agonía ante la acometida del monstruo.

Pienso que a veces no aprendemos la lección, cabeciduros al fin.

Solo espero que el profesor no repita la clase mañana, ni nunca, pues nos colgamos de nuevo…

Originally posted 2018-08-09 16:51:14.

Tu vida no termina por una mala decisión

Ni una mala decisión, o varias, son suficientes para que afirmes que tu vida entera ha terminado, y cuando digo vida entera no me refiero a que te mueras en ese preciso instante, ni de que te arrojes por un barranco, o te atravieses en medio de una autopista súper transitada y que te pasen los autos por encima hasta dejarte hecho puré.
No, no me refiero a eso, sino a que permitas que un solo error o mala decisión determine el rumbo a seguir de tu completa existencia, y que ese pequeño error magnificado por ti sea lo suficientemente poderoso para olvidar que una vez nacemos, y crecemos hasta convertirnos en adultos, el camino no es uno de rosas ni el cielo será azul cristalino todos los días, sino para que recuerdes que somos humanos, y como tales, tenemos todo el perfecto derecho de cometer los errores y horrores que queramos, sin que nadie, pero absolutamente nadie, se sienta con la obligación o derecho de llamarnos la atención o afearnos nuestra conducta, pues si fuéramos el prototipo perfecto de la especie humana no cometeríamos fallas como los demás simples mortales que nos rodean.
He conocido a través de mi existencia algunas personas que se creen la última Coca Cola del desierto, o lo más grande que ha parido madre alguna, y siempre miran a los demás por encima del hombro como dioses inmortales que se han dignado bajar hasta el suelo que pisamos nosotros los humildes como si nos hicieran el gran favor de respirar el aire que mutuamente respiramos, y me he preguntado en infinidad de ocasiones que se siente ser así, tan superficial y vacío y tan indiferente hacia los demás.
Una pregunta sin respuesta, porque no me interesa saberla, pues nunca seré así, un cuerpo fútil sin propósito en la vida que no sea vanagloriarse de lo que se tiene o no solo por el tonto capricho de aparentar lo que no se es, y tampoco me desvelo por las noches pensando qué hare al día siguiente para mantener esa aureola de grandeza que sencillamente no tengo por más que trate de engañar a los demás, ocultando con ello mi fragilidad y mediocridad detrás de oscuras nubes que impiden ver hasta el fondo de mi ser defectuoso pero con ínfulas de grandeza sin fundamento.
El que vive para dar explicaciones jamás tendrá vida, y el que se desalienta por cualquier errorcito cometido menos, pues no es privilegio del que te conoce el influir negativamente en uno, ni tampoco el decidir lo que debemos hacer para complacer a todos, menos a uno mismo. Yo no vine a este mundo para que me digan o dicten mi proceder, ni tampoco para vivir una vida ajena a expensas de mi derrota aparente, sino para labrar mi propia ruta y ser feliz.
Si a los que te rodean no les gusta, es su problema, no el tuyo. Primero tienes que aceptarte como eres, con tus virtudes y defectos, con tus aciertos y errores, con tu bagaje emocional y físico imperfecto, y una vez aceptes que todo esto eres tú, seguir con tu existencia hasta el minuto final de la misma, porque tú sí tienes todo el derecho de hacer lo que te venga en gana, sin pedir disculpas ni desanimarte porque los demás no lo acepten así. ¿Eres un ser humano con libre albedrío o un títere de los demás? Creo que la respuesta ahora sí es obvia. Dios te hizo único, con la facultad gloriosa de decidir y labrar tu propio camino. Te hundes si quieres, o eres victorioso en todo.
¿Vas a dejar entonces que un error te hunda, o los demás decidan por ti?
Creo que no. La vida es maravillosa cuando dejamos a un lado nuestros errores y seguimos adelante sin mirar atrás.
Somos únicos, ¿recuerdas?
Nunca lo olvides.

Peter Vergara

Página Amazon del autor: http://amazon.com/author/petervergararamirez

Originally posted 2018-05-04 14:29:40.

DEJAR DE SER (APRENDER A PERDONAR)

Observando a una persona muy querida para mí, comencé a reflexionar sobre muchas cosas, y una de ellas fue el tiempo que he perdido por no apreciar verdaderamente la magnitud de nuestra relación.Recordé momentos pasados, palabras que se dijeron, agradables, algunas ofensivas, caras largas, situaciones amargas, entendimientos que jamás llegaron, impaciencia que nunca arreció cuando hablábamos y no podíamos ponernos de acuerdo, porque nunca dábamos nuestro brazo a torcer inmersos profundamente en la arrogancia humana que nos caracteriza a veces, donde somos más que el otro, y los demás nunca tienen la razón.No he perdido; hemos perdido ambos por actitudes negativas que en su momento deterioraron nuestro lazo de amor y cariño, y que no resolvimos, profundizando grandemente la brecha que ya desde tiempo pasado fue abriéndose entre nosotros.Nunca supe perdonar; tampoco olvidar, por todos esos años de diferencias irreconciliables, altibajos frecuentes, ofensas imperdonables, y distanciamiento creciente. Quizás no fue en mi vida lo que yo esperaba, pero tampoco fue algo tan malo, teniendo presente que solamente nos afecta de forma única lo que permitimos entre en nuestro corazón.Pero ahora, recapitulando con mi alma contrita y mi espíritu desalentado, puedo ver que muchas cosas y situaciones se salieron de proporción, y no valían la pena de molestarse por ellas.Si de algo sirve el envejecer es que, en la mayoría de los casos, adquirimos esa madurez e inteligencia emocional que de jóvenes no teníamos, y a la vida la valoramos entonces en su justa medida, ya tarde para arrepentirnos de lo que hicimos, los errores cometidos en el camino, y las decisiones que tomamos y que, buenas o malas, hemos tenido que cargar sobre nosotros una existencia completa.No puedo dejar de ser lo que soy, ni menos cambiar a estas alturas del juego, pero sí puedo mejorar la actitud y pensamiento ante lo que observo, como dije antes, y desterrar de mi alma los sinsabores vividos junto a este ser querido, para ayudar a que la transición entre la vida y la muerte sea más tolerable, libre de rencor y amargos recuerdos.No soy perfecto, y disto mucho de serlo algún día, pero reconozco que ante el indefenso y necesitado debo de ser humilde y pronto a dar, sin esperar nada a cambio, y que lo que algún día recibiré, al terminar mi capítulo existencial, será en la proporción de lo que he podido brindar desde el momento en que nací. Dios no admite odio en el corazón ni negocios sin terminar.Cuando vemos la fragilidad de la vida en toda su extensión, y los momentos buenos que es posible resten, ahí es cuando sabemos que ha llegado el tiempo de abandonar nuestra naturaleza humana ensalzada en la prepotencia de creernos únicos, y ver con los ojos del alma, esa que no se equivoca y nos impulsa hacia la bondad que debiera existir siempre entre nosotros.Creo que se puede, y trataré, aunque sé que no es tan sencillo como estas palabras que acabo de plasmar en este escrito, pero la esperanza es lo último que queda, y el tiempo espero que sea el suficiente para congraciarme de las torpezas de mi viejo yo, y empezar a labrar el camino hacia una feliz y mejor vida, libre de culpas y lleno de sentimientos nuevos hacia lo que me rodea.Dejar de ser es la única opción que tengo en mis manos para derrotar a la infelicidad que me invade, y mirar el mañana con una nueva perspectiva. Tenemos una sola vida, y hay que aprovecharla al máximo hasta que acabe. No puedo ser esclavo de mis sentimientos cuando estos me impiden ser feliz. Tengo que caminar con lo que me queda, aunque la otra parte sea casi imposible de complacer y sobrellevar.Tengo que perdonarme a mí mismo, aprender a hacerlo, para poder perdonar a otros.Ya después será muy tarde…

Originally posted 2018-04-17 10:13:44.

Todo sucede porque así tiene que ser, pero cuando más derrotado estemos, ahí es que lo único que puede salvarnos es tener fe, confianza, de que siempre la luz llegará a nuestras vidas.

Originally posted 2018-07-08 00:23:39.

¿Qué es y cómo escribir una novela río?

Las novelas río están de moda, ¿pero sabes realmente lo que son? ¿De dónde viene la expresión “novela río”? ¿Qué características tienen?
— Leer en www.inteligencianarrativa.com/como-escribir-una-novela-rio/

Originally posted 2018-07-07 12:55:37.

¿Cómo amaneciste hoy? (Tu Peor Enemigo)

¿Cómo amaneciste hoy?

Buena pregunta, ¿verdad? Sin embargo, es una interrogante que nos formulamos cada día al levantarnos de la seguridad de nuestra cama, y en la gran mayoría de las ocasiones, quisiéramos arroparnos nuevamente, cerrar nuestros ojos, y volver a ese calorcito agradable que nos brinda las sábanas y la cama.
Bajo ningún motivo quisiera yo levantarme, te dices a ti mismo, pero qué remedio, tengo que hacerlo, tengo que llevar los nenes a la escuela, la esposa, yo llegar al mío, y otra vez la misma rutina diaria que has venido siguiendo como un autómata cada día por los pasados años.
Una rutina que te agota emocionalmente, que no te brinda aliciente de ninguna clase, que te aburre hasta morir, pero morir en vida, porque sigues haciendo exactamente lo mismo y lo mismo minuto a minuto, hora tras hora, día tras día, mes tras mes, y año tras año.
Y la cosa parece no mejorar. Pareciera como si se hubiesen olvidado de ti a la hora de repartir felicidad y prosperidad, y que unos pocos, los escogidos, fueran los recipientes de el Hada Fortuna.
Qué mal, ¿verdad? ¿Y qué prefieres hacer ahora? ¿Nos sentamos a llorar como siempre haces? ¿Comienzas a lamentarte como ha sido tu estilo por los pasados tiempos, cada vez que las cosas te salen mal? ¿Te dan deseos de salir corriendo, y no detenerte hasta llegar al mismo lugar de donde saliste? O sea, corriste. ¿Para qué? ¿Para regresar a tu sitio de origen, la desesperanza y vacío en que se ha convertido tu existencia desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdas?
¿De qué te sirve correr, si vas a regresar al mismo sitio?
¿Por qué no corres, pero hacia tu felicidad, hacia tus metas y sueños, hacia tu libertad completa como ser humano que tiene derecho a ser feliz y vivir a plenitud, de persona con sentimientos y deseos que aspira a un mundo repleto de dicha, de bienestar, de cosas buenas?
¿Por qué te detuviste al leer estas palabras? ¿Por qué no seguiste corriendo? Si ya estás en carrera, ¿por qué no aprovechar, y conviertes tu carrera inútil de ahora en la carrera por una vida plena?
Levántate cada mañana, sí, pero con la convicción de que ese día va a ser el comienzo de una carrera hacia tu bienestar, hacia la luz del túnel que ansiosamente siempre has querido ver, hacia el mundo maravilloso que siempre has anhelado encontrar y ver, pero que como en los pasados tiempos has sido golpeado y vilipendiado, y te has refugiado en tu conformismo y tristeza, en vez de luchar por superarlo, no has podido finalmente hallar.
Te lo sigo repitiendo hasta el cansancio. Si te consideras en el último eslabón de la cadena, y ya no hay espacio ahí abajo, ¿por qué no comienzas a subir, poco a poco, centímetro a centímetro, hasta llegar a dónde quieres? Si ya no puedes llegar más abajo en tu dolor y sufrimiento, y estás estancado dentro de la cárcel de tu conformismo, ¿por qué no tomas la decisión, ahora, de vivir tu vida?
Pero no como otros quieren, sino como tú deseas.

(Extracto de Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú, de Peter Vergara, en Amazon: https://read.amazon.com/kp/embed?asin=B01LMLR33M&preview=newtab&linkCode=kpe&ref_=cm_sw_r_kb_dp_Q-fzBbBD8D9C4&tag=vergram-20

Originally posted 2018-08-03 14:01:34.

María, el huracán que transformó nuestras vidas, en PDF (3 artículos)

María, el monstruo que no esperábamos…

 

Al momento de escribir esta serie de artículos, lo único que me motivaba a hacerlo era plasmar por escrito los sucesos de esa amarga fecha del 20 de septiembre de 2017 cuando María irrumpió violentamente en nuestra isla y en nuestras vidas y trastocó todo por entero. Fueron largas horas de agonía en la oscuridad que despertaron en nosotros viejos terrores de cuando éramos niños y nos hallábamos solos en la casa en medio las sombras de la noche, y no osábamos gritar pidiendo auxilio porque la voz no nos salía y nuestro cuerpo no respondía ni siquiera para echar a correr. Terrores que nos paralizaron entonces, horrores que nos derrotan ahora, e incertidumbre de un futuro que no sabemos si llegará a ser normal como antes. Le pido a Dios mucha fortaleza para los que perdieron todo, y entereza para comprender que la vida puede comenzar después de una larga noche de dolor…

Puede obtenerlo aquí en PDF: https://petervergara1.online/wp-content/uploads/2018/08/Amaneciendo_en_el_dolor_2.pdf

 

 

 

Originally posted 2018-08-02 21:46:21.

¿Eres de los que temen hacerlo?

Una de las cosas que más impiden tu progreso y bienestar es tu temor para hacerlo, lo que sea, desde hablar con otra persona, pararte frente a un público a hablar, conducir por primera vez un carro, invitar a la persona de tus sueños a pasear e ir al cine, ir al gym a hacer ejercicios porque crees que es una pérdida de tiempo, y otras situaciones adicionales.

Titubeas, dudas en el paso a dar siguiente, las palabras y tu decisión no aparecen, piensas que el universo entero conspira contra ti por tu miedo, y sientes como un mazo enorme encima de ti cuando tienes que hacer algo que te inspira pánico.

Un aumento de sueldo que no pides, tu pareja que te abandona, el terror a permitir que los demás vean en tu interior y se burlen de lo descubierto, son sentimientos paralizantes que te detienen en la marcha, y no sabes cómo adquirir la confianza necesaria para enfrentar tus monstruos internos.

Creo que cualquier ser humano siente miedo no una, sino muchas veces, en el trascurso de su existencia, y es natural. Lo desconocido nos aterra, aunque sepamos que detrás de ese muro se encuentra lo que deseamos con fervor, y que el solamente superarlo conlleva un sinfín de cosas buenas y bendiciones para ti.

¿Cuántas veces me he levantado por la mañana, aterrado? En infinidad de ocasiones. La noche antes no logro conciliar el sueño, mi cama se convierte en un campo de batalla que no puedo derrotar debido a los miedos que me atosigan continuamente, y el mañana, o sea, mi futuro próximo, no quiero que llegue y traiga nuevos miedos que sean mas gigantescos que los anteriores, y son bastantes.

Mi existencia completa es un libro de oportunidades perdidas y sueños truncados. El carril rápido es demasiado atemorizante para tomarlo, y me quedo en el carril lento, el seguro, mientras los demás se aprovechan de mi indecisión para llegar antes a la meta ansiada.

¿Te parece conocido todo lo expuesto? ¿Eres de esas personas que temen hacerlo? Lo que sea, como dije anteriormente.

¿Te sientes feliz por esta situación, o quieres hacer algo para salir del marasmo en el que te encuentras por tus miedos?

¿Cómo amaneciste hoy?

Buena pregunta, ¿verdad? Sin embargo, es una interrogante que nos formulamos cada día al levantarnos de la seguridad de nuestra cama, y en la gran mayoría de las ocasiones, quisiéramos arroparnos nuevamente, cerrar nuestros ojos, y volver a ese calorcito agradable que nos brinda las sabanas y la cama.

Bajo ningún motivo quisiera yo levantarme, te dices a ti mismo, pero qué remedio, tengo que hacerlo, tengo que llevar los nenes a la escuela, la esposa, yo llegar al mío, y otra vez la misma rutina diaria que has venido siguiendo como un autómata cada día por los pasados años.

Una rutina que te agota emocionalmente, que no te brinda aliciente de ninguna clase, que te aburre hasta morir, pero morir en vida, porque sigues haciendo exactamente lo mismo y lo mismo minuto a minuto, hora tras hora, día tras día, mes tras mes, y año tras año.

Y la cosa parece no mejorar. Pareciera como si se hubiesen olvidado de ti a la hora de repartir felicidad y prosperidad, y que unos pocos, los escogidos, fueran los recipientes de la Hada Fortuna.

Qué mal, ¿verdad? ¿Y qué prefieres hacer ahora? ¿Nos sentamos a llorar como siempre haces? ¿Comienzas a lamentarte, como ha sido tu estilo por los pasados tiempos, cada vez que las cosas te salen mal? ¿Te dan deseos de salir corriendo, y no detenerte hasta llegar al mismo lugar de donde saliste? O sea, corriste. ¿Para qué? ¿Para regresar a tu sitio de origen, la desesperanza y vacío en que se ha convertido tu existencia desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdas?

¿De qué te sirve correr, si vas a regresar al mismo sitio?

¿Por qué no corres, pero hacia tu felicidad, hacia tus metas y sueños, hacia tu libertad completa como ser humano que tiene derecho a ser feliz y vivir a plenitud, de persona con sentimientos y deseos que aspira a un mundo repleto de dicha, de bienestar, de cosas buenas?

¿Por qué te detuviste al leer estas palabras? ¿Por qué no seguiste corriendo? Si ya estás en carrera, ¿por qué no aprovechar, y conviertes tu carrera inútil de ahora en la carrera por una vida plena?

Levántate cada mañana, sí, pero con la convicción de que ese día va a ser el comienzo de una carrera hacia tu bienestar, hacia la luz del túnel que ansiosamente siempre has querido ver, hacia el mundo maravilloso que siempre has anhelado encontrar y ver, pero que como en los pasados tiempos has sido golpeado y vilipendiado, y te has refugiado en tu conformismo y tristeza, en vez de luchar por superarlo, no has podido finalmente hallar.

Te lo sigo repitiendo hasta el cansancio. Si te consideras en el último eslabón de la cadena, y ya no hay espacio ahí abajo, ¿por qué no comienzas a subir, poco a poco, centímetro a centímetro, hasta llegar a dónde quieres? Si ya no puedes llegar más abajo en tu dolor y sufrimiento, y estás estancado dentro de la cárcel de tu conformismo, ¿por qué no tomas la decisión, ahora, de vivir tu vida?

Pero no como otros quieren, sino como tú deseas. (Extracto del libro Adiós a mis miedos, hola a mi nueva vida, escrito por Peter Vergara)

Deja atrás tus miedos, deséchalos, no permitas que se vuelvan a alojar en tu corazón, saca de tu vida todo lo que te impida avanzar, y comienza de nuevo.

El miedo no puede impedirte ser feliz si así lo deseas. Al contrario, puede ser lo que necesitas para que despiertes a la hermosa realidad de que todo puede ser posible, de que tu existencia puede cambiar radicalmente para bien, de que la felicidad se encuentra a nada de conseguirla.

Y todo esto lo puedes lograr.

Si pierdes tu temor a hacerlo.

Originally posted 2018-04-06 10:08:47.

RESPETO

    Respeto

Ayer vi a un niño respondiéndole de mala manera a sus padres por haberle llamado la atención sobre algo. El niño, de aproximadamente 10 años, armó una pequeña guerra únicamente por no comprarle un juguetito. Los clientes en la tienda se miraban entre sí, atónitos por el ataque despiadado del hijo a sus padres con improperios fuera de lugar. Y los padres siguieron luego como si nada, mientras su vástago pateaba todo a su paso.

Tuvieron la oportunidad de aplicarle un correctivo enseñándole una lección, para que en un futuro no volviera a comportarse de la misma manera, pero no la aprovecharon, y seguramente, lo apuesto, tampoco lo hacen en su hogar, por lo que este futuro ciudadano llegara a la adultez con unos principios distorsionados de lo que significa la palabra respeto.

Los hijos de épocas pasadas respetaban de verdad, y ni siquiera se atrevían a levantar su mirada cuando los regañaban o les castigaban, pero aprendían, y a veces ni castigo físico le aplicaban, solamente una mirada ceñuda y se iban a sus cuartos hasta que recibieran la orden de salir a compartir con la familia. Ninguno se atrevía a desafiar la autoridad de un padre, so pena de un escarmiento mayor.

Eran tiempos difíciles, pero tenían un orden, y el centro de todos los valores morales nacía en el seno familiar. Se compartía más que en el presente, en el que todos los miembros de la familia están embelesados como zombis frente al smartphone, y apenas, o nada, participan de las actividades en su casa, aunque tampoco en el salón de clases prestan mucha atención al maestro, un pecado grandísimo en tiempos pasados, y le montan un espectáculo al mismo cuando son regañados frente a sus compañeros.

Pero lo estoy diciendo, tiempos pasados, donde el entorno social era más llevadero que actualmente, y las personas se conocían a conciencia, los vecinos eran casi parte de la familia, y el punto de reunión los domingos era la iglesia, y luego la comida en la tarde con todos los padres, hijos, abuelos, tíos, sobrinos, primos, y los vecinos que se arrimaran a última hora para la fiesta dominguera. Se respiraba hospitalidad y buenas costumbres, y el respeto imperaba por sobre todas las cosas. Era un compartir agradable, que luego se trasladaba a las fiestas patronales, el cumpleaños de los hijos, el viaje a los Estados Unidos, la boda de los nenes, y muchas otras actividades que realmente se celebraban como fiestas de todos, sin importar el lugar ni la hora.

Todo esto se ha ido perdiendo con los años, y los niños que crecieron en ese momento ahora son los padres y abuelos del presente, y no han sabido, o no han querido, inculcarles esos mismos valores a sus hijos para que los pasen de generación a generación. Existen sus excepciones, claro, como todo, pero son los menos, que aprendieron a respetar a sus mayores y a la sociedad en la que vivimos. La falta de respeto comienza desde la mañana hasta la noche, en las escuelas, universidades, trabajos, en las redes sociales, donde proliferan grandemente, y en donde se sacan todos los trapitos al sol para que miles de personas alrededor del mundo se enteren. Hasta en las iglesias, cuando un miembro de esta no se encuentra conforme con lo que dice su hermano en la religión, y forma un bochinche de madre por tonterías o por puntos de vista diferentes.

Extraño esa época, donde un simple paseíto por las calles de mi pueblo, deleitándonos, por así decirlo, con los artículos exhibidos en las vitrinas de las tiendas, el window shopping, por la calle McKinley de Manatí, hasta el local de los mantecados chinos que todavía existe, pero en otro punto de la calle principal. Eran placeres inigualables, que nos brindaban sana alegría, por su simpleza, y que se perdieron en el camino hasta el presente que vivimos, pero no disfrutamos tanto como en nuestra niñez.

Las cosas se pierden, desaparecen, en el trascurso de la vida hasta la muerte, y tristemente recordamos, en la hora final, en el ocaso de una existencia, lo bonito que nos sentíamos antes, cuando todo era menos complicado, y se respetaba genuinamente.

Ojalá y el respeto comenzara por los políticos de profesión que nos gobiernan, y siguiera en el hogar y todas las instituciones que mencioné anteriormente, pero reconozco que no es fácil, y más cuando el ser humano ya no atiende razones más allá de la indiferencia y desdén por todo lo pasado.

¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Definitivamente.

Originally posted 2018-04-02 10:19:06.

Perdiendo se gana

Perdiendo se gana…

Cuando los símbolos de lo que es o fue tu vida se van, dejan en muchas ocasiones un vacío, un sentimiento de futilidad sin límites que no sabes si algún día también se irá. Por lo menos, en la gran mayoría de las ocasiones, como seres humanos que somos, con sus complejidades y conductas aprendidas con el paso del tiempo, maneras de ser que nos fueron inculcando desde pequeños, o que hemos ido adquiriendo desde el momento en que nacemos hasta nuestro presente.

Nos cuesta mucho esfuerzo, lágrimas derramadas, maldiciones ahogadas, cambios de humor frecuentes, largas horas de desvelo, relaciones deshechas, amistades perdidas, una existencia incompleta, y alguna que otra dificultad en el camino, el adquirir todas esas cosas que deleitan y nos brindan una imagen de abundancia en todos los sentidos ante la sociedad que nos observa a diario, aunque todos esos símbolos hayan sido adquiridos perdiendo otras cosas de valor, pero que en esos años no nos parecían importantes.

Como he escrito anteriormente en otras reflexiones, lo que se va nunca se recupera, y me pregunto lo siguiente: ¿Vale la pena recuperarlo? ¿O no?

¿Fue la adquisición de todos esos símbolos un motivo grande de felicidad para mí?

Sí, y mucho. Lo admito. Sinceramente.

Al menos en ese momento.

Pero me costó mucho el mantenerlos.

No fue sencillo, pero lo hice. A costa de infinidad de sacrificios y malos ratos, pero se hizo la tarea.

Todo lo que poseía representaba mi imagen ante la superficial sociedad que nada valora y todo lo critica, y que no corre a auxiliarte cuando tu mundo se derrumba en millones de fragmentos, sino al contrario, te pisotea para que te hundas rápidamente y sin posibilidad de sobrevivir ante ese cruel embate.

Observando a mis símbolos desaparecer poco a poco, he aprendido que lo material nada significa si no sirve para brindarte una felicidad completa que difícilmente se puede cubrir con estas cosas que mucho cuestan, pero que no garantizan una vida plena de amor y tranquilidad.

Perdiendo gradualmente lo que en su día tuve, he ido asimilando en mi obstinada naturaleza humana que, al final de cuentas, nada de eso valía ni siquiera una noche de desvelo; menos una lágrima ni el sacrificio que tanto costó. Los símbolos desaparecen, se esfuman como algo irreal que no deja rastros de su paso. No tuvieron nunca la importancia que le adjudicábamos.

Todo desaparece, y uno llora al perderlos, pero lo hacemos cuando descubrimos, finalmente, que la vida es más que eso, una marca de ropa, una casa de muchas habitaciones y amplio terreno, o un automóvil lujoso con todos los powers.

La vida es algo más.

Es el levantarse cada mañana con un renovado optimismo, el abrir tus ojos con la serenidad propia de que nada pasará si tú no lo permites, el saber que esas horas del día hasta que te acuestes será uno más hacia la consecución de tus verdaderos sueños, y de que ya no existirán en tu recorrido los obstáculos que esos símbolos representaban para ti.

También es el descubrir que existe un nuevo ser dentro de ti que valora más a las personas que te rodean que las cosas materiales que nunca te trajeron la paz de espíritu que realmente anhelabas y necesitabas.

Tu tranquilidad es valiosa, y muy tuya, y la alegría de vivir, más todavía. Nada puede sustituir estas cosas tan valiosas en tu existencia, nadie puede compensarte por lo que tuvimos y se fue, porque todo eso únicamente depende de uno.

Sentí tristeza al perder un símbolo, pero eso fue mi viejo yo.

Ahora lloro de alegría, porque sé, finalmente, que nada de eso me hacía falta para descubrir mi verdadera esencia, ser feliz de ahora en adelante, y recuperar el tiempo perdido en mi estúpido, loco afán de poseer cosas que nunca fueron mi real imagen ante la vida.

Perdí.

Algo.

Pero gané, y mucho.

Ahora es que me siento genuinamente feliz.

Al final, es lo que cuenta, ¿no?

Perder ciertas cosas no significa el final de una existencia o un ciclo.

Podría ser el comienzo de algo mejor.

Originally posted 2018-06-05 09:47:51.

Un día normal en la indolencia de una existencia cualquiera…

Sentado enfrente de mi laptop, observando con indiferencia la página en blanco que parece burlarse de mí por mi falta de ánimo para redactar algo, cualquier cosa, un mensaje, relato, libro, lo que sea, con tal de salir de este marasmo intelectual y personal en el que hoy me hallo inmerso sin querer. Un día normal.

Estoy cansado, hastiado de muchas cosas, impotente ante los acontecimientos, perplejo ante la vida que me tiene agarrado por los hombros, amarrado a un asiento imaginario del que no logro levantarme, aunque quiera, y aunque los demás me impelen a hacerlo.

La zona de confort es engañosa. Te susurra levemente al oído esas cosas que deseas escuchar, los mensajitos dulces de no hagas nada hoy, ya habrá un mañana, y cositas así por el estilo, y uno, estúpidamente, los acepta como buenos, cierra los ojos, y a descansar un poco, que ya vendrá otro día.

Y así pasan los días, los meses, los años; la vida, y cuando quieres sacudirte toda esa comodidad de la que te has encariñado por tanto tiempo, entonces despiertas, incrédulo, atontado, desesperado, porque ya tu existencia se acaba, avanza inclemente hasta el ocaso de tu vida, y nunca pudiste hacer nada por ser un verdadero estúpido que les hacía caso a todos, menos al que debías de escuchar: tu propio yo.

¿Tanto tiempo tuviste que esperar para aceptar que jamás serías alguien si te quedabas sentado frente al tren de la vida sin atreverte a agarrarlo en la siguiente estación? ¿Te das cuenta de que, no solamente perdiste el tren, sino tu propia vida? ¿De que ya no habrá una segunda oportunidad para ti?

¿No soy entonces el culpable de mis propias lágrimas? ¿No me aconsejaron en mi niñez que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy?  ¿En mi adolescencia? ¿En mi adultez? ¿En mi madurez tardía?

No obstante tantos buenos propósitos y consejos, nunca les hice caso por creer que el mundo giraba únicamente a mi alrededor, y de que los demás no tenían ni voz ni voto en mi vida, lastimosamente desperdiciada por no saber escuchar más allá de mi castillo de arena donde era mi propio rey.

Tarde descubrí que no puedes ser tu propio rey cuando no sabes escuchar, y que tampoco serás el pasajero feliz y exitoso en el tren de la vida cuando no has descubierto que, no importa el momento ni la estación que escojas, lo importante es que salgas finalmente de tu comodidad fabulosa, y corras como un poseso detrás de ese tren que, posiblemente, pase una sola vez. A veces dos, o tres. Nadie sabe. Pero pasa. Siempre existe una oportunidad más. Aprovecha tu día.

No dejes el hoy para después. Si mueres, entonces todo habrá acabado.

Y ya no podrás seguir lamentándote por tu indolencia, ¿no crees?

Peter Vergara

Originally posted 2018-02-12 17:48:38.

Escritores1, un innovador proyecto de apoyo al autor

Hoy, 24 de enero de 2018, nace Escritores1, https://escritores1.club, un innovador blog dirigido especialmente al escritor novel, y al que no lo es tanto, pero que no ha podido descollar como merece, a pesar de su innato talento literario, quizás por la falta de exposición pública necesaria para sobresalir en este escabroso pero grato mundo de letras.

Estamos para ayudar en todo lo posible, pues conocemos en carne propia los sacrificios enormes en que debemos incurrir para triunfar, y también sabemos que, no obstante todo el tesón y trabajo que pongamos en ello, a veces por un empujón final no alcanzamos la cúspide de nuestras metas.

Día a día iremos creando nuevas formas de apoyo a nuestros escritores, pues siempre hemos creído que en este vasto universo, todos, en una u otra forma, tenemos cabida, y que no es menester hundir a otros para subir nosotros.

Ésa es mi filosofía de vida. Espero que sea la de todos los autores que lean estas breves líneas.

Los que deseen desde ya ser los pioneros de este nuevo concepto literario, son bienvenidos a participar en este espacio cibernético. Se pueden comunicar a través de nuestro email admin@escritores1.club.

Próximamente nos iremos comunicando con los escritores que quieran ser entrevistados y promovidos agresivamente por este medio y todas las páginas y grupos en las redes sociales adscritas a Escritores1, y cuyos miembros ascienden a más de 15,000 diversificados en Facebook, Twitter, Instagram, Linkedin, Google+, Tumblr, Path, Vimeo, WhatsApp, Y otros. Alrededor de 30 cuentas en este momento y aumentando.

Confiando en Dios, Escritores1 dictará la pauta a seguir de ahora en adelante en el mundo literario.

Todos los escritores interesados en participar de una entrevista pueden comunicarse con Escritores1 a través del buzón de correo electrónico admin@escritores1.club que se encuentra en el menú o debajo de esta entrada.

Originally posted 2018-01-27 12:00:46.

Tu Dios no es mi Dios (artículo escrito por Peter Vergara para El Magacín de España) 2016

Cuando era niño, mi familia todas las semanas, los fines especialmente, me arrastraban a sus frecuentes visitas a sitios donde una espiritista, o médium como le llamaban las malas lenguas, les leía su futuro ya fuera por medio de una tinaja de cristal, cartas, u otra manera no muy religiosa que digamos.

A mí en lo particular, me asustaba ver todos esos aspavientos que realizaba este llamado profesional de los espíritus, y a veces me escondía detrás de los muebles para no verlo, y no se percataran de mi presencia obligada en ese lugar.

No siempre tenía suerte. Mi madre, especialmente ella, me presentaba con la médium, porque casi siempre era mujer, no muy joven que digamos, con su cabello recogido en un mono, y despidiendo un aroma inconfundible a agua maravilla que embotellaba los sentidos de cualquier pobre ser humano que osara entrar en su radio de olor.

Como decía, no siempre me escapaba, y me tocaba entonces aguantar el temor que sentía ante los movimientos bruscos de los pies a la cabeza que la señora practicaba encima de mí. Cerraba los ojos, y la escuchaba vociferar todas las cosas buenas, y otras no tan buenas, que emanaban de mi esencia espiritual. Hasta un nombre de mujer menciono que iba a ser el gran amor de mi vida, y la madre de mis tres hijos.

Todavía, a mis años, ni he conocido Raquel alguna, y mucho menos tengo tres hijos. Como que no le atinó a esta profecía.

Pero nada, volviendo a mis andadas espirituales de la niñez, estos viajecitos cada vez ocurrían con más frecuencia, mientras mis padres se adentraban más y más en los mundos espirituales donde los habitantes de los mismos hablaban a través de la voz de cuanta persona o médium los convocara. La famosa Ouija tampoco faltó en mi casa, y también fue un chasco increíble pues no adivinaba nada de nada. Al contrario, nos haca reír a cada rato con las tontas respuestas que brindaba a nuestras optimistas preguntas.

Nunca es bueno, ni recomendable, saber nuestro futuro. El destino ya está escrito de antemano para cada ser humano, al menos eso quiero creer para no pecar de incrédulo, y lo que está para nosotros está, sin importar el momento ni la hora.

No está en nosotros jugar a ver el futuro y lo que nos depara. Bueno, en este tema abundaremos al final. Sigamos con lo nuestro, que es este brevísimo escrito que tiene por cierto un título muy sugestivo Tu Dios no es mi Dios.

Crecí por lo tanto en un hogar donde la espiritualidad era la orden del día, y donde también, lógicamente, se creía en Dios, pero de una manera muy peculiar por así decirlo.

Cuando entro a mis de años de juventud, aún me seguían llevando a estos lugares, pero ya no tan frecuentemente como antes. La percepción que yo tenía de estos procedimientos había cambiado, y como todo joven que se jacta de ser invencible e intocable, y muy a la moda, no creía en nada de esto, y menos en un ser superior. Dios no existía para mí, no servía para nada, era un invento de mentes sojuzgadas que necesitaban ser dominadas por cosas o entidades invisibles que permitían que todo lo malo pasara en este mundo, y que cuando los seres humanos débiles los necesitaban, jamás acudían a ese llamado de auxilio.

Dios no existía. Nunca existió. Yo lo creía así, mis amigos me lo decían; la vida misma se encargaba de confirmarlo en cada suceso triste, en cada terremoto que destruía países enteros y mataba decenas de miles de personas, cuando un pederasta abusaba de un niño, en cada asesinato sin resolver, en la maldad existente en todos los rincones del mundo; en fin, Dios no existía, porque no podía existir si permitía que la muerte y la desolación gobernara, sobre todo y todos.

Así pensaba y sentía yo, encerrado en una burbuja de cristal en la que no permitía entrara nada que no quisiera o autorizara. Era mi mundo; el universo de la falta de fe en lo invisible, y en donde me desplazaba a mis anchas, porque para mí, únicamente había un Dios, y no era el que supuestamente habitaba en los cielos y era omnipotente y omnisciente.
El Dios que yo idolatraba eran mis cosas materiales, la Internet, el iPhone último modelo, mi iPod, mis Blu-ray, los juegos electrónicos, el armario repleto de ropa nueva de diseñador de la última moda, en fin, todo lo moderno y caro que me pudieran costear mis atribulados padres, que luego de su fracasado experimento espiritual, ahora se amanecían prácticamente en las iglesias tanto católicas como evangélicas o cristianas.

Ahora sus afanes de encontrar sentido a sus vacías vidas se encaminaban hacia otros derroteros, y agradecido estaba de que ya no me incluyeran en sus tonterías religiosas.

Mi universo giraba en torno a otras cosas más terrenales, y me encantaba, no podía negarlo. Tenía todo lo que se me antojara y más.

Prácticamente no compartía con mis padres. Vivíamos en universos paralelos pero distantes a la vez. Lo prefería así. Mientras menos nos viéramos, más felices estábamos.

Así en esta apacible existencia me convertí en adulto, termine mis estudios, me gradué de abogado, me case con una hermosa y excelente mujer, Luisa, y tuve la dicha de convertirme en padre de una bella niña, Marianne.

Mi vida transcurría como en un cuento de hadas. Todo iba bien, el dinero, gracias a mi profesión de abogacía, entraba a raudales, Luisa y yo nos compramos una majestuosa residencia a las afueras de la ciudad, y como dije anteriormente, el universo nos sonreía a cada minuto. Si de niño me creía la última Coca Cola del desierto, ahora en mi adultez me consideraba lo mejor en todo, el que siempre tenía la razón, y al que nadie osaba contradecir. Jugaba todas las noches con mi consentida niña, quien ya contaba con seis años.

Hasta que el castillo de naipes en que se había convertido mi mágica y perfecta existencia se derrumbó estrepitosamente.

Mi consentida, la luz de mis ojos, había enfermado. Lo que se pensó era un resfriado común, resulto ser uno de los primeros síntomas de una grave enfermedad, prácticamente desconocida, y para la que no había mucha esperanza de vida.

Ahí fue cuando supe que yo no era lo último de la avenida, ni mucho menos, mejor que los demás. Era un hombre de carne y hueso, desvalido, sin esperanza, e impotente ante la mortal enfermedad que amenazaba llevarse entre sus crueles garras a la niña de mis ojos, mi querida Marianne, lívida y demacrada, y reposando entre las blancas sábanas de su cama, en el hospital donde la atendían.

Ya los médicos se habían reunido con Luisa y conmigo para dialogar sobre las escasas expectativas de vida que Marianne tenía, el tratamiento a seguir a pesar de todo, y todas esas cosas que iban a ser necesarias y urgentes a seguir si queríamos vencer a la muerte en esta ocasión. Nuestro menguado optimismo se derrumbaba ante cada palabra de los doctores, y no podíamos creer que todos nuestros esfuerzos iban a ser inútiles; que perderíamos a Marianne.

El corazón se negaba a aceptar la cruel realidad. Todos los recursos económicos de los que disponíamos no eran suficientes. El dinero no compra la salud, y tarde lo supe.

Mi esposa Luisa, sin embargo, conservaba la calma. No parecía estar tan desesperada como yo, y muchos menos derrotada ante toda esta abrumadora y dolorosa situación.

Aunque era más joven que yo, Luisa había crecido en el seno de una familia cristiana, de valores, muy diferente a la mía. Mi esposa creía fervientemente en la bondad de las personas, y, por ende, Luisa creía en Dios.

Aunque al principio de nuestra relación habíamos tenido varios fuertes argumentos sobre este tema, lo habíamos dejado en tablas, ella con sus creencias; yo con las mías, que eran no creer en nada, solamente en lo que yo pudiera conseguir sin la ayuda de nada ni nadie.

En unas pocas horas los médicos iban a realizar una ronda de exhaustivos exámenes a nuestra niña en pos de decidir si realmente existía, aunque fuera ínfima, la remota posibilidad de que Marianne sobreviviera al tratamiento requerido. Pero sus miradas no brindaban mucha esperanza.

Esa noche Luisa y yo aguardamos sentados a las afueras de la habitación donde Marianne dormitaba. Fue la más larga de nuestras vidas; eterna por así decirlo.

Sentí que una tibia mano se deslizaba entre la mía. Mire hacia el lado. Luisa me apretaba tiernamente la mano. No supe qué decir. Me dijo:

– Hay una pequeña sala que utilizan los familiares de pacientes que se encuentran en esta misma situación. ¿Por qué no vas y descansas un rato?

– No puedo. No soportaría estar lejos de mi niña- contesté angustiado.

Mi esposa me miró serenamente. Su mirada transmitía un mensaje que yo no alcanzaba a comprender.

– ¿Recuerdas cuando nos conocimos?

– Sí- respondí extrañado por la pregunta.

– ¿Te acuerdas que discutimos por cuestiones religiosas, no recuerdo bien por qué, pero terminamos esa noche enojados, y no nos hablamos por unos días?

– Lo recuerdo vagamente. Me dijiste que tu Dios era mi Dios, y yo te respondí que no, que nunca tu Dios iba a ser el mío, porque no podía creer en algo que desviaba su mirada de los problemas del mundo, y que permitía que los humanos se mataran entre ellos. Claro que me acuerdo perfectamente ahora- dije indignado de que trajera ese tema nuevamente en la conversación.

– ¿Sigues pensando lo mismo? ¿No crees que es un buen momento para reconsiderar tu opinión al respecto? – me dijo dulcemente mi esposa.

Iba a responderle abruptamente, pero algo me detuvo. Observé su rostro dulce y sereno, y me desarmó por completo. Sin mediar más palabras entre nosotros, me alejé por el pasillo en dirección a la sala que antes me mencionara mi esposa, y frente a la puerta de la misma me detuve.

Abrí la puerta. La sala estaba vacía. No era muy grande. El aire estaba impregnado de algo que no supe descifrar en ese momento. Se respiraba una tranquilidad que yo estaba muy lejos de sentir. Comoquiera, me senté en un sofá pegado a la ventana.

Cerré mis ojos. Comencé a recordar mi vida en general, la niñez, juventud, adultez, cada etapa de la misma en cámara lenta, las cosas buenas, las no tan buenas, mis primeras experiencias en los estudios, luego al casarme, el nacimiento de mi hija, el orgullo que siempre sentí por considerarme un mortal afortunado en todos los aspectos, la buena vida que me había dado hasta ese triste instante en que supe lo de la enfermedad de mi amada hija; en fin, rememoré cada segundo de mi existencia hasta ese momento en que me hallaba sentado, solo, en una sala de espera.

La vida siempre me trató bien. Yo, sin embargo, sabía que le había fallado al no creer en ella; solamente creía en mí. Y en más nada.

Pero mi hijita linda se encontraba a pocos metros de mí en una habitación de hospital, aguardando el dictamen final de unos médicos que albergaban pocas esperanzas de vida para la inocente niña.

Sentía como la impotencia y la ira que llevaba guardada en mi pecho estaba a punto de estallar. Un dolor indescriptible por no poder hacer nada, frustración, toda la desolación del mundo anidada en mi corazón.

Recordé el rostro sereno de mi esposa, y sus palabras, que, sin yo desearlo, habían calado hondo en mi ser. Tu Dios no es mi Dios.

Sé que lo dije.

Tu Dios no es mi Dios, volvía a repetirse incesantemente en mi cerebro.

Sé que lo dije.

Tu Dios no es mi Dios.

Caí de rodillas, anegado en llanto, desesperado, buscando mi tabla de salvación, la misma que la vida siempre me estuvo brindando y que yo no supe ver.

Tu Dios no es mi Dios.

Mi corazón había visto lo que mis ciegos ojos no vieron nunca.

Que solamente había un Dios.

Y a ese Dios de todos era el que le imploraba por la vida de mi hijita. Dios del que siempre me burlé, del que renegué con todas mis fuerzas, el Dios que mis padres siempre buscaron en otros rumbos; el Dios que nunca me había abandonado a pesar de mi prepotencia y altanería, el que jamás le dio la espalda a otros seres humanos que atravesaban por la misma situación por la que nosotros atravesábamos en esa hora amarga.

Ese Dios era el de todos, y ahí, de rodillas, llorando, desahogando todo ese dolor que aprisionó mi alma por tanto tiempo, le pedí, humildemente, a mi Dios, que salvara la vida de mi niña.

Y en esa decisiva hora de mi existencia, cuando finalmente dejé atrás todo el pasado que me impidió reconocerlo como verdadero, fue que sentí la liberación de mi espíritu que tanto anhelé sin saberlo, soltando toda esa carga que por mucho tiempo sostuve sobre mis espaldas.

Sentí la paz que solamente algo verdadero podía brindarme.

Tu Dios sí era mi Dios.

Y daba gracias a la vida por finalmente descubrirlo.

Ahora sabía que mi hija iba a estar bien, porque confiaba en algo superior a mi entendimiento, alguien que no puedes ver, pero sí sentir, y lo experimentaba en cada fibra de mi cuerpo y el corazón.

Al levantarme y salir de la sala, iba con una nueva esperanza en mi espíritu, y mi esposa lo notó rápidamente apenas verme. Me miró dulcemente, y me dio un beso tierno en los labios. Agarró mi mano, y así, los dos unidos en un mismo sentimiento, en una misma esperanza y propósito, entramos a la habitación de nuestra hija.

Ambos sabíamos que todo saldría bien.

Su Dios siempre fue mi Dios… Link: https://www.elmagacin.com/tu-dios-no-es-mi-dios/

Originally posted 2018-01-17 01:28:00.

Relato: Una vida simple. (Artículo escrito por Peter Vergara para El Magacín de España) 2016

Al despertar esta mañana como a las 6, apenas abrí los ojos supe que no iba a ser un día normal. El malestar perenne en el cuerpo, el desánimo diario al levantarme, la aburrida idea de otra jornada más, no era la mejor alternativa para levantar mi decaído espíritu. Pero tratando de infundirme una alegría que distaba mucho de sentir, salí de mi cama, directo a las tareas de aseo, rutinarias como mi existencia vacía.

Mientras me tomaba una taza de café, leyendo el periódico que el joven porteador había dejado como siempre tirado frente a mi casa, no pude evitar el recordar una época de mi vida que creí olvidada.

Mi niñez. Una época en la que corría con mis amigos de la escuela, participaba en los juegos de deportes, aunque nunca fui muy bueno en la práctica de los mismos; entraba al salón de clases, pero las materias escolares no entraban en mi mente, los regaños de mis profesores porque siempre mi pensamiento estaba distante, las asignaciones que invariablemente mi madre terminaba de hacer ya que al llegar a mi casa iba directamente a encender el televisor, el acostarme temprano porque al otro día había clases, y todas esas pequeñas y grandes cosas que conformaron mi niñez, y que ahora, sin saber por qué, asaltaban mi corazón esta temprana mañana del domingo mientras leía el periódico.

Cuando niño, todo lo que anhelaba era jugar, divertirme, no pensar en nada, porque, al fin y al cabo, mi niñez se componía de todo, y de nada. Mi única responsabilidad era conmigo mismo, y era el ser feliz sin importar nada.

“Todo, se extravió en aras de cosas más importantes que nunca llegaron.”

Eso era la felicidad para mí, cosas pequeñas que se erigían en un todo conformando mi existencia de temprana edad, pero que con el transcurso de los años y de las décadas, se convirtieron en hermosos recuerdos de un ayer que inexplicablemente, estoy añorando en esta mañana del domingo, solo, en la inmensidad de una habitación que me devuelve la mirada que poso sobre ella sin respuestas a mis preguntas:

¿Qué paso con mi vida? ¿En qué momento perdí la inocencia y alegría de mi niñez para convertirme en un adulto amargado?

Al encontrarme con mi soledad existencial de lleno en esta mañana del domingo, recordé todas esas cosas bonitas, los amigos entrañables, la familia unida en las ocasiones festivas, el primer amor que nunca se olvida, también la primera decepción amorosa que te marca de por vida, mi primer empleo, el disgusto inicial con el jefe por no seguir sus instrucciones en una tarea, el torpe comienzo de mi primera cita amorosa con la mujer que luego se convertiría en mi esposa y madre de mis dos hijos, todo eso, en breves minutos, recordé con tristeza en esta mañana.

Y no pude evitar el llorar, llorar por lo perdido, por los errores cometidos, por las personas que ya no se encuentran a mi lado, por la esposa que no supe conservar por enamorarme de otra chica más joven, por el cariño extraviado de unos hijos para los cuales nunca tenía tiempo de atenderlos y quererlos como ellos me pedían a cada rato, por todas esas oportunidades grandiosas que tuve para ser feliz en el transcurso de mi existencia, y que yo estúpidamente, deje ir por estar cegado en mi efímera juventud y mi pretenciosa percepción de que iba a ser importante para siempre. Nada es para siempre; nada es eterno.

Todo eso lo perdí; todo lo que amaba y no sabía que amaba, pero que ahora, en este triste domingo, sentado frente a una taza de café, y leyendo un periódico repleto de noticias que ya no me importan para nada, recuerdo con dolor, porque lo que uno ama se pierde si no se sabe conservar y amar a la vez.

Extraño mi niñez. No era responsable de nada, y reía, jugaba, correteaba, hacia maldades, besaba a la niña que me gustaba a escondidas, detrás del salón de clases de la maestra de ciencia, todas esas situaciones y personas que delinearon el rumbo que luego yo tomaría en el camino de la vida.

Porque todo te marca, eternamente, aunque no quieras reconocerlo. Todas las personas y situaciones por las que hemos atravesado definen nuestro ser, nuestro yo, nuestra percepción de lo que es la vida, y nos trazan en ese momento el recorrido que debemos seguir por la vereda de nuestra existencia, de nuestro destino, y cuando queremos darnos cuenta, estamos sentados tomando un café, solos, y leyendo un insulso periódico, en una triste mañana de domingo.

Lo tuve todo, y así mismo lo perdí todo, y rápidamente. Y lo perdí, porque no supe valorar lo que tenía entre mis manos y lo dejé escapar. El amor de mi familia, el respeto de mis amigos y compañeros, el cariño de mis fallecidos padres, todo, pero todo, se extravió en aras de cosas más importantes que nunca llegaron, y de ambiciones sin medida que puse por encima de lo que realmente importaba en mi vida: el amor de los míos.

Ahora, que me encuentro solo, triste y vacío, en esta inmensa habitación de mi llamada residencia, porque dejo de ser hogar hace muchos años, es que reniego de mi existencia porque fui cobarde para no admitirlo, porque fui un pésimo esposo y padre, porque me convertí con el tiempo en una máquina de generar dinero sin importarme nada, y porque no supe retener lo que verdaderamente contaba para ser feliz.

Quisiera retroceder en el tiempo, no volver a cometer todos esos desaciertos que me hundieron en la soledad en la que ahora me encuentro, pero ya es tarde para redimirme de mis pecados. Ya pronto mi vida terminará en este mundo, ya mi corazón dejará de latir en poco tiempo, porque ya no fui capaz de sobrellevar mi existencia vacía, y me entregué por completo a la soledad, donde no existe la esperanza de un mejor amanecer.

Ya no me importa. Ni tampoco lo anhelo. Mi mejor amanecer ya pasó cuando decidí vivir una vida simple, pero a costa de mi felicidad.

Una felicidad que ya nunca podré tener. Quizás en otra vida… Link: https://www.elmagacin.com/relato-una-vida-simple/

Originally posted 2018-01-17 01:27:54.

La agonía de la espera… (María: el monstruo nos atacó 3)

Luego de atrevernos a dar ese primer paso y salir de nuestras casas para conocer todos los daños causados por la furia de María, pudimos constatar que la realidad superaba con creces la imaginación, y el concepto posiblemente erróneo que teníamos de la fuerza destructora de un huracán categoría 5, o 4 como algunos entendidos en meteorología propagaron semanas después por los medios noticiosos. Como sea, nos impactó totalmente, y quizás en algunos pueblos más destrucción causó, pero lo que no debemos negar es que nuestras vidas cambiaron a partir de esa noche y madrugada del 20 de septiembre de 2017.

Sentimos un desgarre en nuestro corazón al ver las primeras escenas.

Nada quedaba de la indiferencia y broma con que muchas personas tomaron los informes meteorológicos y del gobierno. No iba a pasar. Se desviaría, como siempre.

Yo personalmente no tomé las cosas a broma, pero estaba esperanzado de que sucedería exactamente lo que muchos puertorriqueños anhelaban y pronosticaban.

Cuando quisimos reaccionar ante la magnitud del monstruo, ya era un poco tarde.

Algunos se prepararon debidamente, e invadieron los supermercados para compras necesarias de última hora. Otros, prefirieron llenar sus neveras imprudentemente de carnes y alimentos que no durarían más de 3 o 4 días sin refrigeración, en lugar de provisiones no perecederas como la siempre presente jamonilla, salchichas y Chef Boyardee. El manjar preferido y obligatorio de los puertorriqueños ante eventos de tal naturaleza. El agua, las baterías para las linternas y las velas tampoco podían faltar. Con la prisa, algunos olvidaron los cerillos o fósforos para encender las velas. Otros, hasta suplir de gasolina los carros y retirar dinero del cajero automático. Como a mí, lo reconozco.

Pero nos preparamos, que era lo importante.

Aunque por muy pocos días. Irma, el otro ciclón que precedió a María, había dejado los bolsillos vacíos y una actitud de indiferencia ante las noticias de que una catástrofe huracanada se acercaba a pasos agigantados en dirección a Puerto Rico.

Nada iba a suceder, y si lo hacía, los daños serian mínimos. Era nuestra esperanza.

Las ráfagas de 150 millas o más por hora acabaron con esa ínfima posibilidad.

El monstruo no hizo excepciones. Era la hora de la realidad que viviríamos de ahí en adelante por muchos años.

Y tuvimos que aceptarlo así. No podíamos negarlo, aunque quisiéramos.

Miles de familias perdieron sus propiedades, negocios completos desaparecieron, tanto por los vientos como por el agua salida de cauce de los ríos. Las carreteras quedaron intransitables por los postes y cables caídos y por la devastación de sus estructuras. La desolación de un pueblo entero se palpaba en el triste ambiente que nos envolvía.

Comunidades enteras quedaron aisladas sin comunicación y también por no poder salir de las mismas debido a la caída de caminos vecinales, puentes y árboles.

El aniquilamiento sistemático fue increíble. Automáticamente, decenas de miles de empleados quedaron en la calle en medio de la imprevista embestida del fenómeno.

Los sistemas bancarios se fueron al piso totalmente, y el retiro de dinero para poder subsistir quedó en manos de algunas escasas entidades, mayormente bancos, pues las cooperativas tardaron un poco más en restablecer sus operaciones automatizadas.

Largas filas en los supermercados y gasolineras se convirtieron en el pan nuestro de cada día, y el levantarse a mitad de la madrugada para buscar una bolsita de hielo se trasformó en una odisea riesgosa por la reinante oscuridad que envolvía al pueblo. Hasta los mosquitos, esos inseparables amiguitos de la picada que nos atormentaban por las noches.

Pero teníamos que sobrevivir esos primeros momentos que luego se convirtieron en largos días y meses en tinieblas. Tardarían bastante en arreglar lo que invariablemente desde hace años no funcionaba adecuadamente. Un simple viento colapsaba el sistema eléctrico. Un huracán como María acabó con la perorata establecida y repetida, tanto por la agencia concernida como del gobierno, de que nuestro sistema resistiría un evento de esta naturaleza. Puro argumento falso que tuvieron que desechar obligatoriamente por el daño causado, postes caídos y escasez de materiales para repararlos o cambiarlos rápidamente.

No estábamos preparados. La toma de decisiones en beneficio de la ciudadanía por parte del gobierno y las dependencias de servicios esenciales como la energía eléctrica y las comunicaciones se dilató significativamente, redundando en más desesperación de un pueblo que no comprendía la razón de tanta lentitud en restablecer la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Desde arriba hasta abajo fallamos. Hubo decisiones acertadas, aunque lentas, pero también muchos desaciertos a la hora de fijar responsabilidades para levantarnos nuevamente. No sabían qué hacer. Comprensible de cierta manera. Nunca nos habían golpeado y casi arrodillado así. La agonía había empezado.

Puerto Rico se levanta. Bonito eslogan, una frase representativa de la batalla que comenzaríamos para volver a ser lo que fuimos, un pueblo que jamás se rinde ante la adversidad, aunque no haya sabido luchar en infinidad de ocasiones por los derechos que nos corresponden y que gobernantes de turno violan repetidamente. Algunos puertorriqueños tergiversan el significado real de esta frase, convirtiéndola en una especie de licencia para romper los esquemas impuestos de una sociedad establecida como ente jurídico, económico y democrático, y comportándose de la peor manera imaginable, siendo egoístas en vez de solidarios con el vecino que nos necesita y que no posee los mismos recursos que nosotros.

Si algo ha caracterizado al puertorriqueño desde tiempos inmemoriales ha sido la empatía y confraternización hacia los demás en momentos de dolor y necesidad, pero con el trascurso de los años se ha perdido una gran parte de la misma en aras de una modernización social y económica que ha derivado de desconocimiento de los valores tradicionales que nos regían como pueblo. No somos los mismos, y duele reconocerlo. La simpatía y solidaridad de esos primeros días en que nos comunicábamos mejor, probablemente, ha desaparecido gradualmente según se ha ido normalizando la situación.

El acercamiento al vecino y al familiar, las charlas interminables, la unión existente en medio de la adversidad bajo la luz de una vela o linterna, ha mermado, evaporado, acabado, volviendo a ser lo que éramos antes de María.

María destruyó las bases en la que nos cimentamos como pueblo, pero no acabó con el espíritu de lucha ni nuestro corazón indomable para levantarnos del empujón brutal que nos propinó. El guapo del barrio abusando del débil. Pero no somos débiles.

Sufrimos ese 20 de septiembre. Lloramos, temblamos, y le pedimos al Señor que alejara al monstruo que nos atacaba inmisericordemente y que sacudía en cada ráfaga nuestros hogares.

Nuestro angustioso clamor se escuchó, y se redujo el tiempo de ataque del huracán, pero no sin antes darnos una lección que nunca olvidaremos.

Una enseñanza de vida. Básica para que sobrevivamos y nos levantemos, como dice el eslogan. La espera convirtiéndose en fortaleza para seguir adelante. Demostrar de lo que estamos hechos es la tarea principal de todos nosotros para resurgir del abismo en el que ya estábamos hundidos, y en el que María nos hundió más. Como dije anteriormente, lloramos, todos, y no es vergüenza el admitirlo, pero sí lo es si seguimos lamentándonos por lo que ya sufrimos, y no hacemos absolutamente nada para remediarlo. La acción comienza ahora. María sucedió, y punto.

Si realmente deseamos hacerlo, levantarnos, debemos aprender a ser humildes ante Dios, dejar a un lado nuestra prepotencia como ser humano, y enfocarnos en ser mejores personas de ahora en adelante. Tenemos que abandonar las viejas costumbres de vivir únicamente para nosotros, y vivir también para los demás. Se puede hacer. Es cuestión de querer.

Quizás esto no sea suficiente para una próxima ocasión, porque es largo y angosto el camino por andar y mucha la indiferencia, pero ciertamente nos ayudará.

Un monstruo, por más poderoso que sea, nunca acabara con el espíritu de nuestra gente. Muchos pueblos siguen a oscuras y desesperados, pero confiando en Dios, pronto, muy pronto, llegará el auxilio que necesitan. Todos pedimos por ese milagro.

Muchos pensarán que María fue el final de un pueblo.

Yo creo que es el comienzo de muchas cosas buenas por venir. De la adversidad aprendemos, y buscamos nuevos caminos para recorrer desde cero.

Tengo fe en que así será.

Originally posted 2017-12-22 16:17:28.

Amaneciendo en el dolor…(María: el monstruo nos atacó 2)

Amaneciendo en el dolor (María: el monstruo nos atacó 2)

Largas horas hasta el amanecer de un día que sería, sin nosotros saberlo todavía, bastante pesaroso y el inicio de la incertidumbre que a partir de ese momento reinaría en una isla no acostumbrada a los designios inesperados y bárbaros de la naturaleza.

La oscuridad invadía nuestras calles, y el azote cruel del monstruo todavía nos retumbaba en los oídos y estrujaba el corazón. La desolación completa era inevitable, pues un poco después despertaríamos a la realidad de que no había sido ligero ni remediable el embate.

Fue más de lo que pensamos, y de lo que nunca pudimos imaginar.

La naturaleza se cobraba la deuda contraída por largo tiempo sin tocarnos, y en su inescrutable faz exhibía la sonrisa feroz por todos los rincones de nuestra islita.

No era el momento de rumiar nuestra impotencia. ¿Para qué? No servía para nada el lamento borincano, ni el crujir de dientes y lloro ahogado que pugnaba por salir deslizándose por las mejillas del puertorriqueño orgulloso de sus raíces, pero débil e impotente ante lo irremediable.

Paso a paso nos acercamos a los destrozos causados por el fenómeno, y muy lentamente fuimos asimilando la noción de que jamás volveríamos a ser iguales ante el destino y la vida. Nos levantaríamos, eso sí, pero a costa de muchos sacrificios y dolor.

Las cosas cambian, y no para mejorar. Muchas veces es para despertar, para comenzar nuevamente la vida ante la muerte, la que se llevó parte de una historia, pero no de nuestro recuerdo. Ese no muere cuando la rendición no está en nuestro vocabulario. La desazón huye veloz cuando lo enfrentamos con decisión, aunque en esos primeros momentos no podíamos pensar claramente ante las tinieblas que se mostraban ante nosotros.

Años perdidos en la falsa planificación que jamás existió, buenas intenciones que no llegaron a cuajar por la indolencia de muchos funcionarios públicos y de la comunidad que no lo deseaban por diversos y oscuros motivos, leyes que no afloraron a la superficie en aras de mejorar lo que se podía mejorar pero que no se quería con el fervor necesario. Todo en mayor o menor escala contribuyó en parte al descalabro social y económico que sobrevino una vez amainaron los violentos vientos que descalabraron nuestra historia hasta convertirla en un intento futuro por reescribirla si se podía.

Si se podía.

En pocas horas el derrotero de nuestras existencias se paralizó. Tristeza y dolor ante el cuadro tétrico de una sociedad destrozada hasta sus raíces; ojos cerrados para no ver la magnitud de lo que tendríamos que levantar nuevamente para tratar de recuperar, aunque fuera una ínfima parte de nuestra idiosincrasia de pueblo.

Aislados e incomunicados durante esas primeras horas que luego se convertirían en interminables días sumidos en la desesperación y oscuridad que nos rodeaba. Nada podíamos hacer. Solamente esperar. Pedirle a Dios que la situación no fuese tan grave, aunque nuestros resquebrajados espíritus sabían que sí. Era innegable. Bastaba con atisbar solamente por un momento hacia las calles cercanas a nuestras casas, a los montes despojados de sus verdes ramas que habían volado junto con las violentas ráfagas que parecían no querer terminar, y esporádicamente, aunque ya María había dejado atrás nuestras costas, aún su presencia se dejaba sentir en mi islita amada.

No esperamos. La incertidumbre era demasiada, y no queríamos quedarnos de brazos cruzados aguardando por noticias de destrucción masiva que pronto llegarían.

Así que, armados de fortaleza y decisión para enfrentar lo desconocido, salimos.

Nuestra incredulidad se convirtió en certeza; el presentimiento en realidad.

Frente a nosotros observamos acongojados la pintura dantesca de lo que sería el caminar puertorriqueño de ahí en adelante, y también la convicción real de que nos esperaba una labor titánica que era impostergable. Tendríamos que renacer en todos los aspectos.

Pero sería un renacer que tendría que partir de nosotros, no de ayudas externas ni de nada parecido. La patria, una sociedad, una cultura única y especial, se crea entre todos, y la historia y tradiciones junto a todas esas cosas únicas que nos identifican como puertorriqueños e hijos de Dios. Si la ayuda es ofrecida, bienvenida, pero la responsabilidad de levantar a Puerto Rico no podía ser compartida con recursos externos ni de migajas que quisieran arrojarnos. Era, y es, nuestro deber el volver a la ruta correcta de lo que una vez fuimos, pero que quedó en suspenso luego de los embates huracanados de un fenómeno difícil de olvidar, pero no imposible, pues nos marcó un antes y después de María.

Pero el ahora era lo que debíamos reconstruir, así que, con lágrimas en los ojos y un corazón contrito, dimos ese primer paso…

Continuaremos…

Originally posted 2017-12-19 13:02:03.