Porque nadie ayuda a un perdedor…

Sé que hoy es un día para olvidar. Un viernes que marca posiblemente el inicio de la tristeza para muchas personas que conozco, y quizás la muerte de sus sueños largo tiempo acariciados. Situaciones que en ocasiones están fuera de nuestro control, pero en la que siempre pusimos nuestro granito de arena al no saber escoger el camino a recorrer tiempo atrás. Pero no es tiempo de lamentarse por los errores cometidos, sino el momento de comenzar nuevamente a buscar en nuestros corazones la mejor opción futura para seguir adelante. No hay tristeza ni mal que dure cien años, y eso lo he aprendido en carne propia, ni tampoco ser humano que soporte el destrozo de sus anhelos por cosas, ni llamadas personas que ni siquiera valen la pena mencionar. Nadie ayuda a un perdedor, como se titula este capítulo de un libro de mi inspiración, pero tampoco ayudamos al que, siendo un perdedor, no se levanta de entre los muertos y comienza a vivir la vida que desea. Las circunstancias y pesares del mundo acaban hoy, mañana, o en pocos años, gracias a Dios. Debemos mantener la fe, y la esperanza, de que algún día no muy lejano, veremos caer estrepitosamente la causa de nuestro sufrimiento, para bien. Somos triunfadores, aun en la derrota. Prohibido olvidar esto…

 

Así de sencillo. Las personas, por su condición humana, admiran desde siempre a la gente que han sabido superarse a sí mismos, que han logrado seguir adelante por la ruta escabrosa de la vida, saltando todos los obstáculos, y llegando victoriosos a la meta impuesta por ellos mismos. Porque eso hay que decirlo: la persona triunfadora logra vencer sus temores, y se impone metas y límites para lograr sus sueños, no como los demás mortales que abandonan el barco cuando ya la orilla de la tierra prometida se vislumbra en el horizonte. Por abandonar el barco en aguas tempestuosas es que nunca logramos llegar al puerto de la felicidad como individuos, y por hacerle caso al miedo que nos asalta cada vez que algo bueno está a punto de llegar, es que nunca podremos ser llegar a ser todo aquello que anhelamos desde lo más profundo de nuestros corazones.
La gente odia al perdedor, pero y ellos, ¿son verdaderos triunfadores en esa encrucijada que llamamos vida? ¿O son tan perdedores como lo eres tú en este momento por no creer en ti mismo?
Ser un perdedor no significa el ser derrotado por situaciones o personas, o por mejores trabajos y parejas, o mejores carros y joyas que tengan los demás, sino que ser perdedor significa el abandonar todo cuando puedes recuperarte de esa derrota, aprender, y seguir adelante como si nada, porque por cada vez que algo no nos sale bien, existen mil maneras de que salgan mejor la próxima vez, digo, si eres capaz de perseverar en el intento, seguir adelante, y olvidar cómo te sentiste al recibir el golpe, soltarlo, y enfilar nuevamente el derrotero de tu existencia por ese escabroso camino hasta llegar a tus sueños.
Los triunfadores persiguen sus sueños hasta que mueren, no abandonan porque algo sale mal en el camino, sino que entierran sus derrotas, sus temores, sus dudas, y siguen caminando como si nada, porque ellos saben, al igual que yo, y tú ahora, que el miedo, cuando te aprieta el corazón, te lo aprisiona de tal manera, que sientes pavor de lo que viene a continuación, y te llega a inmovilizar tanto, que no eres capaz de discernir el siguiente paso para salir de esas garras oscuras que nublan tu pensamiento y te impiden continuar.
El miedo es paralizante, no lo puedo negar, porque lo he sentido toda mi vida, y todavía sé que lo sentiré hasta el día que muera.
¿Pero qué puedo hacer? ¿Dejar de luchar? ¿Abandonar mis sueños? ¿Dejar que ganen los demás que me dicen perdedor?
No. Jamás. Venceré mis dudas, aplastaré mis miedos, los enterraré en el cementerio de los YO NO PUEDO, y seguiré adelante con mi vida.
Pero jamás me permitiré vivir la vida de otro, cuando yo estoy plenamente capacitado para vivir la mía a toda intensidad, y feliz.
Tú también puedes, y si has llegado hasta aquí leyendo todo esto, es porque realmente quieres ser feliz superando a los enemigos ocultos del miedo que te impide progresar y lograr lo que quieres.
Sólo es cuestión de preguntarte lo siguiente:
¿Tengo lo que se necesita para vencer mis miedos?
Tengo confianza en ti.
Por supuesto que sí tienes lo necesario.

Capítulo del libro Tu peor enemigo siempre serás tú, de venta en Amazon http://a.co/2iWCST6 y en otras librerías como Apple iBooks, Kobo, Barnes and Noble, Smashwords, Scribd, y otras.

Originally posted 2017-07-14 12:30:43.

El Dolor de Perderte— extracto de una historia en proceso. Peter R. Vergara Ramírez—autor

EL DOLOR DE PERDERTE UNA HISTORIA REAL
—Vete a dormir, hijo — susurró mi querida madre al reparar en mi presencia. Estaba sentado a su lado, en una silla, incómoda, por cierto, mientras ella reposaba, si se le podía llamar reposar a lo que hacía, en la cama. Tampoco lucía confortable, al igual que yo. Su blanco y escaso cabello, en un tiempo abundante y rizado, refulgía bajo la tenue luz de la habitación. Aparentaba tener más edad de la que realmente ostentaba, sesenta y nueve años, pues la quebradiza fragilidad que actualmente la mantenía derrotada en esa posición la hacía sentir y verse así, una anciana. Era imposible que pesara cien libras, de tan delgada que estaba. La piel de sus brazos caía fláccida a los costados, y los huesos de su cuerpo, en general, se podían distinguir a simple vista.
No le respondí de momento. La miré; solamente eso. Ni una palabra entre nosotros. No eran necesarias.
Me acerqué entonces a ella, y la besé en la frente con inefable ternura, como lo hacía al despedirme por las noches. Me devolvió el beso con suavidad.
—Bendición, mamita, que duermas bien— susurré quedamente.
—Te deseo lo mismo. Dios te bendiga— se despidió, acomodando su cabeza dificultosamente en la almohada, tratando inútilmente de que yo no viera el dolor que experimentaba al hacerlo. La noche recién comenzaba, pues todavía no eran las ocho. Para mamá, sin embargo, ya era tarde, si se tiene en cuenta el día interminable que sufrió soportando los episodios continuos de dolor que no la dejaban vivir en paz. Los medicamentos recetados para tratarlos ya no surtían prácticamente ningún efecto. Posiblemente a la semana siguiente empezarían de nuevo con la quimioterapia, que en esta precisa etapa de su existencia era quizás el único recurso disponible para mejorar su salud significativamente, sin olvidar algo primordial a lo que siempre nos volvemos cuando todo lo demás falla: Dios y la fe en él. No puedo negar que muchas veces mi fe se quebrantaba, pero trataba de seguir adelante. Sin embargo, dudaba en ocasiones de un Dios que dejaba sufrir a la humanidad a su antojo. ¿Cómo era posible entonces que existiera, cuando estaba a punto de perder lo más valioso de mi vida? Me dolía, para qué negarlo. Un sentimiento genuino no se hunde bajo los terribles embates del tiempo, ni de la vida. Sobrevive, menospreciando todos los argumentos en contra.
Quise alejar de mi mente todo lo negativo y triste que pudiese mermar el espíritu de lucha y de esperanza que latía dentro de mi ser, a pesar del panorama gris que se cernía sobre nuestras cabezas, por lo que me dediqué a observar atentamente la figura frágil y enferma de mamá postrada en la cama. Inconscientemente, mi corazón se remontó al lejano pasado, reviviendo momentos hermosos al lado de mi madre. En ocasiones recordamos lo que nuestra mente se niega a olvidar, y desterramos lo que necesitamos sentir de nuevo. Paradojas indescifrables del ser humano. Queremos experimentar solamente el presente, despreciando insensiblemente el pasado que nos trajo hasta aquí.
Volviendo mis pensamientos al presente, no pude evitar el sentirme triste, desconsolado en cierta manera. No podía hacer nada. Mis manos estaban atadas completamente, y no era para menos. La muerte acechaba implacablemente, en espera de caer sobre su presa, y desgraciadamente, mami, como cariñosamente la llamamos sus hijos desde el día que nacimos y tuvimos la facultad de hablar, lucía indefensa ante mí.
Creemos que lo que le sucede al vecino no nos acontecerá a nosotros.
Nos necesitan más que nunca, y cuantas veces nos enfrascamos en tontas discusiones, entre la misma familia, sobre qué hacer con la persona marcada por la enfermedad, tratamientos a seguir, médicos apropiados para tratarla, el hospital más idóneo o conveniente. También nos sumergimos en polémicas estériles sobre la cuestión monetaria. Aunque debo admitir, desgraciadamente, que es un punto importante, demasiado, cuando se está pensando en un tratamiento a largo plazo. El dinero todo lo compra, aunque en la gran mayoría de los casos no retiene la vida; sólo la mejora ligeramente hasta el segundo final. Si vas a sufrir mucho, entonces sufres menos, gracias a los últimos adelantos en drogas anticancerosas o de cualquier tipo. La vida es extraña. Cuantas cosas pasan por la mente de uno en situaciones de esta índole. Mientras mamá dormía ya plácidamente, la historia de nuestras vidas entrelazadas pasaba en frente mío como una vieja película llena de nostalgia, y no pude evitar rememorar el ayer. No he sido el mejor hijo del mundo; lo reconozco, pero trato de serlo ahora, aunque todos piensen que es tarde. Nunca es tarde si la dicha es buena, según he oído en varias ocasiones. Una gran verdad.
Recordé el pasado que se va y no vuelve, aquellos momentos en que fui niño, adolescente, y al final hombre. Esos instantes que forjan tu carácter como un martillo chocando violentamente contra el yunque de nuestro espíritu; instantes que nunca volverán, pero que nos forman desde el principio mismo del nacimiento, acto maravilloso que nos une para toda la eternidad con nuestra madre. Tu madre; mi madre. Palabra hermosa, sencilla a la vez, pero que encierra toda una gama de sensaciones y experiencias enriquecedoras.
A la misma vez, recordé, aunque difícilmente, paisajes en el tiempo que creía olvidados, y que cambiaron el derrotero de mi existencia para siempre. Sucesos que en ocasiones destruyeron el concepto ficticio e iluso que yo tenía sobre los demás. En otras palabras, supe que el mundo como me enseñaron desde pequeño, un universo lleno de bondad y amor, no existía más que en la mente calenturienta y fantasiosa de algún escritor de segunda clase. Hicieron nacer en mi persona la decepción hacia todos que llevo como una pesada carga de la que no he podido librarme todavía. Presiento que me acompañará hasta la muerte. Quizás. No creo ya en la humanidad, que te golpea inmisericordemente cuando no lo esperas, tus ilusiones se encuentran a flor de piel, y tu alma suspira encandilada por un tierno beso de amor.
Dicen que cuando uno sufre, y llora, todo te hace sentir. Es cierto, muy cierto. Por eso, viendo hacia la cama contigua a mí, empecé entonces a sentir mi pasado, y como era que había llegado hasta ahí a pesar de todo, al lado de ella, de la mujer que me dio el ser, en esa melancólica y amarga noche de octubre.
Reflexión: Tenemos que aprender a vivir el presente, el hoy, junto a nuestros seres amados. No dejemos por favor para mañana el decirle a esa persona te amo, o perdóname. Quizás sea muy tarde para entonces, y ya no estemos para hacerlo, o viceversa.
Meses después la perdí, y fue mi peor momento, el que nunca deberíamos sufrir, pero que irremediablemente nos llega a cada ser humano, y duele muchísimo.
Pero como le dije en su habitación un día, y recuerdo ahora, si mueres, nos volveremos a encontrar en un sitio mejor.
“El dolor de perderte es inmenso. Sublime es la alegría de saber, que algún día no muy lejano, volveremos a encontrarnos en un sitio mejor”.
Esta dedicatoria está plasmada en su lápida, donde descansa su cuerpo mortal.
Su espíritu está en un sitio mejor. Algún día nos volveremos a ver.
Gracias mami, por todo tu amor…

(El Dolor de Perderte— extracto de una historia real, que tocó mi alma y corazón, y que en su momento destruyó mi ilusión de vivir. Es un trabajo en proceso que espero culminar en los próximos meses si Dios lo permite. Cualquier reproducción, total o parcial, de este contenido, está terminantemente prohibido sin la debida autorización del autor. @Derechos reservados Peter R. Vergara Ramírez)

Biografía del autor.
Peter R. Vergara Ramírez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manatí, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de seis trabajos literarios ya publicados en Amazon.
Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana.
Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, publicada en septiembre del 2016.
Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en el que, aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Todos mis trabajos literarios se encuentran en formato digital e impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.
Trabajos literarios:
1. Susurros Mortales, el comienzo. 2016
2. Susurros Mortales en el Viento, Ángel de Piedad. 2016
3. Al Final del Abismo. 2016
4. Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú (Motivación 1) 2016
5. Tiempo de Hacer las Paces con mis Demonios (Motivación 2) 2016
6. Adiós a mis Miedos (Motivación 3) 2016
7. Obsesión Mortal (febrero 2017)
8. Deadly Whispers (enero 2017)
Página de autor en Amazon: http://amazon.com/author/petervergararamirez
Twitter: http://twitter.com/vergrampeter Facebook: http://facebook.com/pvergararamirez
Página web: http://vergram.website Correo electrónico: peter@petervergara.com

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Originally posted 2017-01-18 16:19:28.

Relato: Una vida simple. (Artículo escrito por Peter Vergara para El Magacín de España) 2016

Al despertar esta mañana como a las 6, apenas abrí los ojos supe que no iba a ser un día normal. El malestar perenne en el cuerpo, el desánimo diario al levantarme, la aburrida idea de otra jornada más, no era la mejor alternativa para levantar mi decaído espíritu. Pero tratando de infundirme una alegría que distaba mucho de sentir, salí de mi cama, directo a las tareas de aseo, rutinarias como mi existencia vacía.

Mientras me tomaba una taza de café, leyendo el periódico que el joven porteador había dejado como siempre tirado frente a mi casa, no pude evitar el recordar una época de mi vida que creí olvidada.

Mi niñez. Una época en la que corría con mis amigos de la escuela, participaba en los juegos de deportes, aunque nunca fui muy bueno en la práctica de los mismos; entraba al salón de clases, pero las materias escolares no entraban en mi mente, los regaños de mis profesores porque siempre mi pensamiento estaba distante, las asignaciones que invariablemente mi madre terminaba de hacer ya que al llegar a mi casa iba directamente a encender el televisor, el acostarme temprano porque al otro día había clases, y todas esas pequeñas y grandes cosas que conformaron mi niñez, y que ahora, sin saber por qué, asaltaban mi corazón esta temprana mañana del domingo mientras leía el periódico.

Cuando niño, todo lo que anhelaba era jugar, divertirme, no pensar en nada, porque, al fin y al cabo, mi niñez se componía de todo, y de nada. Mi única responsabilidad era conmigo mismo, y era el ser feliz sin importar nada.

“Todo, se extravió en aras de cosas más importantes que nunca llegaron.”

Eso era la felicidad para mí, cosas pequeñas que se erigían en un todo conformando mi existencia de temprana edad, pero que con el transcurso de los años y de las décadas, se convirtieron en hermosos recuerdos de un ayer que inexplicablemente, estoy añorando en esta mañana del domingo, solo, en la inmensidad de una habitación que me devuelve la mirada que poso sobre ella sin respuestas a mis preguntas:

¿Qué paso con mi vida? ¿En qué momento perdí la inocencia y alegría de mi niñez para convertirme en un adulto amargado?

Al encontrarme con mi soledad existencial de lleno en esta mañana del domingo, recordé todas esas cosas bonitas, los amigos entrañables, la familia unida en las ocasiones festivas, el primer amor que nunca se olvida, también la primera decepción amorosa que te marca de por vida, mi primer empleo, el disgusto inicial con el jefe por no seguir sus instrucciones en una tarea, el torpe comienzo de mi primera cita amorosa con la mujer que luego se convertiría en mi esposa y madre de mis dos hijos, todo eso, en breves minutos, recordé con tristeza en esta mañana.

Y no pude evitar el llorar, llorar por lo perdido, por los errores cometidos, por las personas que ya no se encuentran a mi lado, por la esposa que no supe conservar por enamorarme de otra chica más joven, por el cariño extraviado de unos hijos para los cuales nunca tenía tiempo de atenderlos y quererlos como ellos me pedían a cada rato, por todas esas oportunidades grandiosas que tuve para ser feliz en el transcurso de mi existencia, y que yo estúpidamente, deje ir por estar cegado en mi efímera juventud y mi pretenciosa percepción de que iba a ser importante para siempre. Nada es para siempre; nada es eterno.

Todo eso lo perdí; todo lo que amaba y no sabía que amaba, pero que ahora, en este triste domingo, sentado frente a una taza de café, y leyendo un periódico repleto de noticias que ya no me importan para nada, recuerdo con dolor, porque lo que uno ama se pierde si no se sabe conservar y amar a la vez.

Extraño mi niñez. No era responsable de nada, y reía, jugaba, correteaba, hacia maldades, besaba a la niña que me gustaba a escondidas, detrás del salón de clases de la maestra de ciencia, todas esas situaciones y personas que delinearon el rumbo que luego yo tomaría en el camino de la vida.

Porque todo te marca, eternamente, aunque no quieras reconocerlo. Todas las personas y situaciones por las que hemos atravesado definen nuestro ser, nuestro yo, nuestra percepción de lo que es la vida, y nos trazan en ese momento el recorrido que debemos seguir por la vereda de nuestra existencia, de nuestro destino, y cuando queremos darnos cuenta, estamos sentados tomando un café, solos, y leyendo un insulso periódico, en una triste mañana de domingo.

Lo tuve todo, y así mismo lo perdí todo, y rápidamente. Y lo perdí, porque no supe valorar lo que tenía entre mis manos y lo dejé escapar. El amor de mi familia, el respeto de mis amigos y compañeros, el cariño de mis fallecidos padres, todo, pero todo, se extravió en aras de cosas más importantes que nunca llegaron, y de ambiciones sin medida que puse por encima de lo que realmente importaba en mi vida: el amor de los míos.

Ahora, que me encuentro solo, triste y vacío, en esta inmensa habitación de mi llamada residencia, porque dejo de ser hogar hace muchos años, es que reniego de mi existencia porque fui cobarde para no admitirlo, porque fui un pésimo esposo y padre, porque me convertí con el tiempo en una máquina de generar dinero sin importarme nada, y porque no supe retener lo que verdaderamente contaba para ser feliz.

Quisiera retroceder en el tiempo, no volver a cometer todos esos desaciertos que me hundieron en la soledad en la que ahora me encuentro, pero ya es tarde para redimirme de mis pecados. Ya pronto mi vida terminará en este mundo, ya mi corazón dejará de latir en poco tiempo, porque ya no fui capaz de sobrellevar mi existencia vacía, y me entregué por completo a la soledad, donde no existe la esperanza de un mejor amanecer.

Ya no me importa. Ni tampoco lo anhelo. Mi mejor amanecer ya pasó cuando decidí vivir una vida simple, pero a costa de mi felicidad.

Una felicidad que ya nunca podré tener. Quizás en otra vida… Link: https://www.elmagacin.com/relato-una-vida-simple/

Originally posted 2018-01-17 01:27:54.

Porque nadie ayuda a un perdedor…

Sé que hoy es un día para olvidar. Un viernes que marca posiblemente el inicio de la tristeza para muchas personas que conozco, y quizás la muerte de sus sueños largo tiempo acariciados. Situaciones que en ocasiones están fuera de nuestro control, pero en la que siempre pusimos nuestro granito de arena al no saber escoger el camino a recorrer tiempo atrás. Pero no es tiempo de lamentarse por los errores cometidos, sino el momento de comenzar nuevamente a buscar en nuestros corazones la mejor opción futura para seguir adelante. No hay tristeza ni mal que dure cien años, y eso lo he aprendido en carne propia, ni tampoco ser humano que soporte el destrozo de sus anhelos por cosas, ni llamadas personas que ni siquiera valen la pena mencionar. Nadie ayuda a un perdedor, como se titula este capítulo de un libro de mi inspiración, pero tampoco ayudamos al que, siendo un perdedor, no se levanta de entre los muertos y comienza a vivir la vida que desea. Las circunstancias y pesares del mundo acaban hoy, mañana, o en pocos años, gracias a Dios. Debemos mantener la fe, y la esperanza, de que algún día no muy lejano, veremos caer estrepitosamente la causa de nuestro sufrimiento, para bien. Somos triunfadores, aun en la derrota. Prohibido olvidar esto…

 

Así de sencillo. Las personas, por su condición humana, admiran desde siempre a la gente que han sabido superarse a sí mismos, que han logrado seguir adelante por la ruta escabrosa de la vida, saltando todos los obstáculos, y llegando victoriosos a la meta impuesta por ellos mismos. Porque eso hay que decirlo: la persona triunfadora logra vencer sus temores, y se impone metas y límites para lograr sus sueños, no como los demás mortales que abandonan el barco cuando ya la orilla de la tierra prometida se vislumbra en el horizonte. Por abandonar el barco en aguas tempestuosas es que nunca logramos llegar al puerto de la felicidad como individuos, y por hacerle caso al miedo que nos asalta cada vez que algo bueno está a punto de llegar, es que nunca podremos ser llegar a ser todo aquello que anhelamos desde lo más profundo de nuestros corazones.
La gente odia al perdedor, pero y ellos, ¿son verdaderos triunfadores en esa encrucijada que llamamos vida? ¿O son tan perdedores como lo eres tú en este momento por no creer en ti mismo?
Ser un perdedor no significa el ser derrotado por situaciones o personas, o por mejores trabajos y parejas, o mejores carros y joyas que tengan los demás, sino que ser perdedor significa el abandonar todo cuando puedes recuperarte de esa derrota, aprender, y seguir adelante como si nada, porque por cada vez que algo no nos sale bien, existen mil maneras de que salgan mejor la próxima vez, digo, si eres capaz de perseverar en el intento, seguir adelante, y olvidar cómo te sentiste al recibir el golpe, soltarlo, y enfilar nuevamente el derrotero de tu existencia por ese escabroso camino hasta llegar a tus sueños.
Los triunfadores persiguen sus sueños hasta que mueren, no abandonan porque algo sale mal en el camino, sino que entierran sus derrotas, sus temores, sus dudas, y siguen caminando como si nada, porque ellos saben, al igual que yo, y tú ahora, que el miedo, cuando te aprieta el corazón, te lo aprisiona de tal manera, que sientes pavor de lo que viene a continuación, y te llega a inmovilizar tanto, que no eres capaz de discernir el siguiente paso para salir de esas garras oscuras que nublan tu pensamiento y te impiden continuar.
El miedo es paralizante, no lo puedo negar, porque lo he sentido toda mi vida, y todavía sé que lo sentiré hasta el día que muera.
¿Pero qué puedo hacer? ¿Dejar de luchar? ¿Abandonar mis sueños? ¿Dejar que ganen los demás que me dicen perdedor?
No. Jamás. Venceré mis dudas, aplastaré mis miedos, los enterraré en el cementerio de los YO NO PUEDO, y seguiré adelante con mi vida.
Pero jamás me permitiré vivir la vida de otro, cuando yo estoy plenamente capacitado para vivir la mía a toda intensidad, y feliz.
Tú también puedes, y si has llegado hasta aquí leyendo todo esto, es porque realmente quieres ser feliz superando a los enemigos ocultos del miedo que te impide progresar y lograr lo que quieres.
Sólo es cuestión de preguntarte lo siguiente:
¿Tengo lo que se necesita para vencer mis miedos?
Tengo confianza en ti.
Por supuesto que sí tienes lo necesario.

Capítulo del libro Tu peor enemigo siempre serás tú, de venta en Amazon http://a.co/2iWCST6 y en otras librerías como Apple iBooks, Kobo, Barnes and Noble, Smashwords, Scribd, y otras.

Originally posted 2017-07-14 12:30:43.