La espera que desespera…

Caminamos por la vida de lado a lado, esperando.
Esperando por un mejor trabajo, una relación de amor nueva, un cambio en nuestras finanzas, un auto último modelo, más comprensión de nuestros hijos y los demás miembros de la familia y otras menudencias.
Y en esa larga lista de espera entran las metas establecidas, los sueños sin realizar, la casa que deseamos, y un sinfín de cosas más que, llegado el momento, nos abruman implacablemente y nos desesperan, pues vemos el paso del tiempo que avanza inmisericordemente y jamás se detiene, y nuestra espera se queda en eso, una que no trae la culminación de nuestros anhelos más queridos.
Todos hemos atravesado por esta penosa situación, la espera que desespera, como decían nuestra gente de antes, y sinceramente, repitiendo, desespera.
Y esto sucede porque esperamos muchas cosas, cambios, mejores condiciones y calidad de vida, que los jefes sean generosos, que mi pareja sea el amor que siempre esperé, que los hijos se comporten debidamente, que la suegra se mantenga bien lejos de nuestra existencia, que el perro no fastidie tanto por las noches, que el vecino sea soportable y no nos atormente todos los fines de semana con la estruendosa música de su preferencia, así como también esperamos pegarnos en el Powerball, la Loto, aunque sea en Pega 3 o en el Pega 4, algo que por un momento nos brinde un grato sentimiento de satisfacción que solamente produce la posesión temporera de dinero para sufragar algunos de los gastos que regularmente tiene cualquier familia de nuestra isla, pues ahora es que descubrimos que la cosa está peor de lo que pensábamos. Una ceguera existencial que nos impide ver la luz, aunque la tengamos enfrente de nosotros.
Esperamos tanto…
Y al final, nada conseguimos, pues esperamos que el maná nos caiga del cielo sin trabajar para ello, sin esforzarnos al máximo de nuestra capacidad, y durmiendo el sueño de los tontos, mientras el tren de la vida pasa a vertiginosa velocidad frente a nosotros, y no hacemos el mínimo esfuerzo por detenerlo y montarnos en él.
Mientras tanto, llegan las noches, nos preparamos para dormir, y pensamos que el mañana será otro día en el que lo esperado llegará.
Pero nada llega. Pasan los segundos, minutos, horas, otro día más, y nuevamente la sensación de impotencia por esperar milagrosamente lo que nunca llegará si no cambiamos nuestro pensamiento.
Si has esperado una eternidad para que se cumplan tus sueños, y nada ha sucedido, creo que es el momento preciso para reflexionar, para detenernos en la carrera loca en la que se ha convertido nuestra existencia, y mirar dentro de nuestro corazón.
Es nuestra única opción en esta hora decisiva de tu correr por el mundo.
El momento en que recogemos velas y nos detenemos en medio de la tempestad, y atisbamos detenidamente el océano de situaciones positivas y negativas que nos han llevado hasta aquí, y tratar de enfocar de manera distinta la situación.
Tus metas no se han cumplido, los sueños hermosos que llevas a rastras desde niño y luego adulto no se han realizado como deseas, tu empleo es un infierno, tu pareja ni te soporta, los hijos caminan cada uno por su lado y ni te prestan atención, estás endeudado hasta el cuello, los bancos no te prestan, la suegra vive contigo, el perro te muerde cada vez que te ve, el dinero no llega, y si llega, se evapora en minutos por todas las obligaciones que tienes contraídas, envejeces cada minuto que pasa, tu cuerpo se trasforma, sientes toda clase de dolencias físicas y morales, la tristeza y el fracaso se apoderan de tu ser, tu alma se resquebraja ante los embates del destino, y cada día que pasa te sume más en un abismo del que difícilmente podrás salir si no cambias ahora.
Ya no hay tiempo, te dirás.
Estoy muy viejo para cambiar.
No tengo fuerzas para empezar nuevamente.
Nadie me dará la mano.
No vale la pena.
Esta tristeza nada ni nadie me la quita.
Estoy cansado de esperar.
No quiero luchar más.
¿Sabes algo?
Si nada te ha funcionado hasta ahora, si te sientes harto de vivir, y si te encuentras en el valle oscuro del desaliento, es un buen momento para recapacitar.
Lo que esperábamos no llegó. Bien. Busquemos entonces otras metas, distintos sueños, nuevas perspectivas de vida, enfoques diversos, alegrías insospechadas.
No te rindas ni entristezcas por cosas que nunca llegaron, ni abandones la lucha por ser feliz.
Piensa en las cosas bonitas de tu vida, lo que te ha motivado a seguir adelante a pesar de todo, en los momentos felices de tu existencia, en los logros que sí has conseguido, en todo lo que de una u otra forma te ha empujado a través de la tormenta y te ha llevado a puerto seguro. Siempre existe en nuestra existencia algo bonito, aunque lo quieras negar.
La espera se acabó.
También los lamentos.
Es hora de izar nuevamente las velas, y dirigirnos en medio del océano a un mundo nuevo, donde aprendiendo de todas nuestras experiencias, nos enfoquemos únicamente en ser felices, pues tú te lo mereces. Eres un triunfador. No has querido admitirlo, pero el simple hecho de leer estas palabras que hoy escribo, es que en tu interior todavía vive la llama de la esperanza y de una vida feliz que desde niño tenías. Quieres, necesitas un cambio.
¿Por qué esperar entonces?
Traza una nueva ruta desde este momento hasta tu muerte, vive cada segundo como si fuera el último, comparte con tu gente amada, llévale un regalo al jefe, aunque sea odioso, soporta a tu suegra, dale un hueso o una lata de comida al perro, trabaja más para que más tengas, y deja de rumiar tus fracasos anteriores, tíralos al baúl de los recuerdos, y comienza una existencia plena sin espacio para la tristeza.
La espera terminó. Sonríe. Sé feliz.
Ahora es tu momento, la etapa final, la mejor, la que llenará tu alma y tu ser de muchas alegrías.
Y no vuelvas a esperar por lo que nunca llegó.
No vale ni un minuto de tu tiempo…

Originally posted 2017-06-20 12:43:19.

La vida que perdí Peter R. Vergara Ramírez —autor

La vida que perdí   

¿En qué momento perdí la ilusión? ¿En cuál capítulo de mi existencia despierto una mañana con deseos de morir? ¿Cómo fue que llegué hasta aquí, mustio como una hoja, derrotado como un vendaval sin vientos?

Mirando hacia el pasado que moldeó mi caminar, y atisbando un poco en el mismo, aún no sé en qué minuto desperdicié las ilusiones que llevaba arraigadas en mi corazón para convertirme en lo que soy hoy: nada.

¿Fueron acaso los gritos destemplados de mis padres cuando discutían? ¿Quizás los regaños inmerecidos cada vez que hacía algo bueno y no me felicitaban? ¿O posiblemente, el llanto escondido en la noche por no saber qué hacer con mi vida?

Tantas interrogantes; ninguna respuesta.

Era un niño inteligente, despierto, tímido, agradable, buen amigo e hijo, pues, un poco malcriado, lo admito, pero quien no lo es cuando vive en un hogar donde las palabras altisonantes y violencia verbal son la orden del día. Era un niño normal, si se le puede llamar normal el correr a esconderse cuando tus padres te buscaban impacientes por toda la casa para descargar su cinturón sobre tus espaldas.

Bueno, eso sí era normal y corriente en los tiempos de antes, cuando la bofetada o el cinturón eran los instrumentos del padre para disciplinarnos cuando nos portábamos mal, y a veces hasta cuando nos comportábamos casi perfectamente bien.

Lo importante era la disciplina, y lo que eso significaba en el núcleo familiar.

Quien la ejerciera era lo de menos, si finalmente el resultado no variaba.

Uno llorando a moco tendido corriendo a refugiarse en los brazos del abuelo condescendiente que todo lo justificaba y perdonaba, aunque no lo mereciéramos.

Un ratito después nos olvidábamos de todo, y a seguir entonces con nuestra casi perfecta vida normal.

Volviendo al presente, qué tristeza recordar ese tiempo de niños, y qué duro para mí el pensar que posiblemente en uno de esos días, quizás alegre, posiblemente no tan alegre, fue que paulatinamente empezó el largo viaje sin retorno hasta el abismo sin escapatoria de mis sueños truncos.

Fue una etapa, no obstante, bonita, pues lo tenía todo. Todo significaba los caprichos que como niño-joven tenía, mis padres me los satisfacían, en su mayor parte, pues para algunos, simplemente, un no era la respuesta obligada.

No soy feliz.

Al menos eso creo.

No puedo ser feliz cuando siento una tristeza perenne arraigada fuertemente a mi corazón.

Ni cuando observo la vida pasar enfrente y no siento alegría por la misma.

Ni una sonrisa.

Ni una carcajada.

Nada.

Un corazón seco.

Una lágrima que pugna por liberarse y no puede.

Porque no existe.

Nunca existió.

Fueron borradas de mi ser el día en que nací.

Segadas completamente, sin un vestigio de renacimiento futuro.

Sin una esperanza.

Sin una ilusión.

Ya no existe en mi ese afán, esa fuerza interior que quizás tuve y no viví.

Tampoco la extraño, porque no se recuerda lo que jamás existió.

O quizás sí, pero fue muriendo con los años.

No lo sé, ni me interesa.

Únicamente me importa el seguir respirando, minuto a minuto, hora a hora, día a día, porque es lo que mantiene mi mente cuerda, aunque no exista una pequeña ilusión de vida.

No despierto por las mañanas con ánimos de luchar.

Abro mis ojos al amanecer de otro día igual que el anterior.

La misma rutina.

La misma gente.

El mismo trabajo.

El mismo desdén por existir que me agobia, y que no piensa marcharse por lo que veo.

También la misma hipocresía de los demás cuando te saludan, y que por cortesía aceptas y saludas a la vez.

¿Quién es más falso? ¿El que saluda, aunque no lo sienta? ¿O el que saluda a su vez, aunque la otra persona sea insoportable para él?

Una de las preguntas sin respuesta que, sinceramente, me da lo mismo si algún día alguien ilumina mi espíritu con la respuesta adecuada a este dilema existencial. Son interrogantes que enfrentamos diariamente, pero que no interrumpe nuestro sueño en la noche.

Parece que hoy enfrento mi día con mucha tristeza, porque observando en la pantalla de mi ordenador todo lo que he escrito en estas breves líneas, pareciera que estoy prácticamente al borde del suicidio.

Nada más lejos de la realidad.

El que me levante una mañana con tristeza, recordando los episodios del pasado que posiblemente influyeron un poco en mi vida del presente, y que derrame una lágrima al acordarme, no significa que he perdido mi vida, ni que no amerite vivirla, aunque sea un paso a la vez.

El pasado muchas veces duele, y cincela tu personalidad hasta el presente, pero significa nada cuando se anhela vivir a plenitud, ni tampoco significa que me voy a echar a morir porque mis padres o alguna otra persona en mis recuerdos haya sido lo contrario de lo que yo esperaba.

No.

La vida se compone de muchas etapas. Unas buenas, otras no tanto.

Existe un momento para reír, y otro para llorar.

Lloré en su minuto por lo que no pudo ser, y también por el dolor de algunos episodios que quebraron mi alma, pero no mi existencia plena, y que me fortalecieron en medio de la tormenta para soportar los ciclones del presente y del futuro.

No se pierde una vida cuando ella te enseña a vivirla, poco a poco, sin apresurarse, sin dudas; sin arrepentimientos.

No desperdiciamos nuestra existencia cuando aprendemos del dolor, y no cometemos los mismos errores del pasado.

¿De qué vale vivir, si no lloramos?

Una lágrima, o muchas, en el instante apropiado, puede revivir una historia, la de nuestras vidas, y no se rechaza, porque limpia el corazón y el alma de los embates del destino que en ocasiones hace flaquear la fuerza que todos poseemos, pero que pocas veces utilizamos para salir adelante y triunfar con la alegría de vivir que cada ser humano merece tener.

La vida que perdí.

Bonito título.

Pero se oye mejor la vida que he ganado al seguir el mandato de mi corazón y derrotar la tristeza y el dolor que llevaba a cuestas como una pesada carga atenazando el espíritu inquebrantable que poseo para salir airoso de cualquier adversidad que se atreva a cruzarme en mi camino.

No he llegado hoy hasta aquí para rendirme. Jamás.

Estoy aquí para quedarme, y decirle al universo entero que no he perdido mi vida, porque en este mismo instante comienzo a vivirla a plenitud, sin remordimientos, sin dudas, porque yo merezco ser feliz, y nada ni nadie me detendrá en la ruta ya trazada de antemano por el destino.

No he perdido mi vida.

Ahora es que voy a vivirla…

@Derechos Reservados 2017. Se prohíbe la reproducción total o parcial de este escrito sin el consentimiento expreso del autor Peter R. Vergara Ramírez.

Originally posted 2017-03-08 16:22:40.

Comenzar de cero

Comenzar de cero
Esta mañana desperté con una profunda tristeza arraigada en mi ser, con la rara sensación de que mi existencia no era lo que siempre había soñado, que mi trayectoria en este mundo algún día no muy lejano terminaría, se cerraría el capítulo de mi historia finalmente, y sorprendido, aunque no tanto, descubrí que, si todo terminara ahora, habría dejado muchos negocios inconclusos, muchas cosas a medias, y un millón de sueños frustrados que nunca lograron realizarse.
Cerré mis ojos por un momento, y regresé a mi pasado, a todas esas personas que de una u otra forma influyeron en mi camino, que pusieron su granito de arena para que yo fuera el hombre que soy en día, y recordé sus consejos, buenos algunos, otros, no tanto, pero consejos y enseñanzas al fin sobre lo que debía y podía hacer o no con mi vida.
Algunas lecciones las seguí. Otras, las deseché en el camino porque no me gustaban, o pensaba que no eran para mí. Pero fueron enseñanzas que en un futuro usaría para bien, o para mal.
He cometido infinidad de errores, miles de desaciertos, he tratado en ocasiones bruscamente a gente que me quería y aún me quiere a pesar de todo, me he burlado de la ignorancia de algunos, creyéndome lo último en la avenida, me he reído cuando otros han caído, pero también le he dado la mano a esa persona que me hirió en el pasado, olvidando el daño causado, y tratando de ser mejor cada día no obstante el desánimo o pesar que la vida pueda estar causándome en ese instante.
Todavía sigo con mis ojos cerrados, y como en un desfile, pasan por mi mente recuerdos de mi niñez, adolescencia y adultez que creí olvidados, como una película que se repite una y otra vez, y siento como mi corazón se estruja ante la inmensidad de la historia que he protagonizado solo, y junto a otros, y en todas las cosas que he dejado de realizar por estar persiguiendo quimeras sin sentido que nunca fueron realmente importantes ahora que las analizo a conciencia y con mi alma al descubierto.
He fallado, lo reconozco, en situaciones fáciles de sobrellevar, y en las dificultades, lo mismo me he crecido, que también me he dejado hundir sin luchar.
La vida, los años, los sinsabores, las decepciones, los sufrimientos, la depresión y todos esos pequeños gigantes de desaliento que he permitido crecieran hasta ahogarme, han sido los pretextos esgrimidos una y otra vez para justificarme cuando todo sale mal, pero jamás me he detenido a pensar que todas las cosas suceden si yo permito que sucedan, y que las derrotas solo son derrotas si no me levanto del suelo y comienzo a trepar la empinada cuesta hasta su cima. Pretextos. Errores que nunca acepté, tonterías sin valor que me detuvieron en muchas ocasiones, pero que siempre justificaba por todo lo anterior.
Abriendo mis ojos a la cruda realidad, veo que todavía me faltan ese millón de cosas por hacer, infinidad de sueños por realizar, y sonrisas de felicidad en cada uno de los rostros que veo a mi alrededor que se merecen eso y más, pero todo depende de mí, de la decisión firme con la que comience cada día a partir de hoy, y de las metas que espero alcanzar.
Comenzar de cero. Se puede. Si queremos. Yo lo deseo.
Depende todo de echar las excusas o esos pequeños gigantes que me obstaculizan y me impiden realizarme como ser humano, y echar a caminar, paso a paso, minuto a minuto, sin detenerme ante nada ni nadie, respirando hondo y no aflojar el ritmo sin importar que el universo entero conspire contra mi persona. Nadie lo hará por mí. Únicamente yo tengo ese poder para hacerlo.
Y cuando vuelva a cerrar los ojos, algún día, definitivamente, espero irme en paz conmigo mismo y alegría en mi ser por haber conseguido todo lo que siempre soñé: mi realización plena como ser humano en todos los aspectos. ¿Existe algo más importante que eso?
Comenzar de cero. Desde hoy.
Creo, no, sé, que Dios y la vida tienen muchas cosas más para sorprenderme y ayudarme a lograrlo.
Es cuestión de afirmarlo desde el fondo de mi corazón apenas abra mis ojos en unas horas…

Originally posted 2018-07-08 13:17:25.

Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

Originally posted 2017-02-21 09:37:34.

Papá, no será fácil decirte adiós…

Papá, no será fácil decirte adiós…

Hace más de una década perdí a mi madre, Elsie, víctima de una mortal enfermedad que terminó con su vida. Fueron meses de interminable agonía en los que toda su familia y amistades veían en primera fila cómo un ser humano tan amado por nosotros se consumía lentamente a pesar de todos nuestros esfuerzos por aliviar en algo su dolor.

Se perdió la batalla. Y lloramos, desgarrados completamente por la despedida de una madre que lo fue todo para nosotros, y que batalló como una fiera guerrera para derrotar la enfermedad que nunca tuvo piedad con ella.

Dieciséis años después nos hallamos en la misma encrucijada del dolor, aguardando, observando como el tiempo acaba con cada parte del cuerpo y vida de mi padre.

Meses de deterioro físico y mental han ido matando lentamente una historia que fue interesante hasta el final, y que cada día que pasa no es ni la más remota sombra de lo que en su momento fue.

Pronto el capítulo llegará a su epílogo, y el libro se cerrará, pero esta vez definitivamente, sin posibilidad de volverlo a leer algún día. No habrá una segunda parte, ni la esperanza de vivir ni disfrutar nuevamente su personaje.

Cerraré esta historia con lágrimas en mi corazón, y mis dedos temblorosos tratarán de guardarlo para siempre en los anaqueles íntimos de mi alma, porque sé que por siempre permanecerá ahí, y que quizás abra sus páginas para atisbarlo brevemente cuando el momento de mi postrero adiós también se acerque.

No es el momento apropiado de recordar cosas tristes, ni sucesos que marcaron nuestras vidas debido a su, en ocasiones, agresiva forma de ser y su enfoque de lo que él pensaba que era lo correcto, y que desgraciadamente, en la gran inmensa de las veces, no lo era, por lo que fueron tiempos non grato para nosotros, su familia, y los que lo conocían de cerca.

Pero ya eso es otra historia.

Hoy en la tarde, mientras mi esposa Lynette y yo lo bañábamos en su cama, tratando de moverlo lo menos posible para no lastimarlo, vi sus ojos fijos en la nada, y sus manos se deslizaron suavemente entre las mías para acercarme a su rostro.

Casi no me distinguía, pero sabía que estábamos ahí. Para, y por él. Lo sentía en su corazón, aunque ya su cuerpo no le respondiera como antes.

Los enojos del pasado, los momentos en los que nos distanciábamos por cualquier motivo, las palabras y regaños, y en diversas ocasiones, comentarios tontos, de todo lo que hacíamos su esposa e hijos, ya no tenían razón de ser.

El resentimiento que tantas veces sentí cuando discutíamos se había apagado para siempre. No veía al padre que todo lo sabía y que nunca se equivocaba, y que provocaba gran tensión en nuestras relaciones de familia, y al que muchas personas molestaban por su incisiva costumbre de hablar de más cuando nadie le pedía su opinión.

Siempre la daba, sin importar las consecuencias, buenas o malas, de sus acciones, y en completo menosprecio de los sentimientos de los demás.

Era difícil tratar con papi. Cuando más lo necesitábamos, se hacía de rogar por el menor detalle, y a veces nos molestaba tanto que terminábamos enojados con él.

Pero siempre estaba ahí, a regañadientes, pero al final nos tendía la mano, así como lo hizo hoy mientras lo bañábamos. Nunca nos abandonó, aunque nos lo recordara toda la vida.

Así era mi padre, el que yo idolatraba de pequeño cuando caminábamos juntos por las calles de nuestro Manatí, y yo inexorablemente me quedaba atrás por él siempre estar un paso adelante. Eran veloces sus pasos, como lenta su comprensión cuando al parecer fallábamos por cualquier cosa.

Pero como dije anteriormente, no es el momento apropiado para recordar el pasado.

Al verlo ahí, indefenso, débil, sin ánimos ni siquiera de hablar como antes lo hacía a borbotones y sin freno, y posando ya sus ojos casi sin vida en los míos, únicamente puedo recordar lo bueno que fue en ocasiones con nosotros, y en especial conmigo. No me falló en la época de mi existencia cuando más lo necesité, y sería desagradecido por mi parte el abandonarlo ahora cuando sé que nos necesita.

«Perdóname si en algo te ofendí», susurró hace pocos días, mientras sostenía nuestras manos entre las suyas. Miré a Lynette, mi esposa. Ambos comprendíamos lo que estaba sucediendo. Mi padre, consciente o no, se disculpaba por el pasado.

Nuestros ojos se humedecieron presos de la gran tristeza que nos invadió. No pude evitar el llorar como un niño, el dar rienda suelta a mis sentimientos ocultos que siempre pugnaron por salir de hace tiempo.

Nada tenía que perdonar. Era mi padre, y lo amaba. Lo amo, y eso nada ni nadie lo puede evitar. También lo ofendí en muchas ocasiones, y él siempre lo olvidaba. Borrón y cuenta nueva.

Ahora, en estos días o semanas que preceden al final estaremos a su lado, del poco tiempo que resta para el adiós le daremos gracias a la vida por tenerlo tantos años entre nosotros, que no será jamás definitivo, porque sabemos, confiamos, de que, en su momento, cuando también Dios nos llame para acogernos en su seno, volveremos a estar juntos, pero esta vez definitivamente, en un mundo mejor donde no existen los odios ni rencores, y en donde lo único que impera es el amor para toda la eternidad.

Papi, no será fácil decirte adiós, pero te prometo que después volveremos a estar juntos.

Y espero que esta vez se te quite lo gruñón y malhumorado que siempre fuiste.

No sería fácil soportarte tus cosas en dos vidas, aunque pienso que lo mismo diría de mí.

Creo que te quiero tanto, que te aguantaría eso y más. Discutíamos, y me sacabas de quicio a cada rato, pero nunca el amor entre nosotros se extinguió. Al contrario, crecía cada vez más.

Muchas gracias por siempre estar ahí, aunque no lo mereciera en ocasiones.

Hasta luego, papá…

Bajo ataque: María, once meses después… (4to artículo de María, el monstruo nos atacó)

Bajo ataque: María, once meses después…

Pareciera como si esas interminables horas de terror vividos bajo el asedio despiadado de María no hubiesen finalizado, todavía.

Salimos a las calles en la mañana y vemos, consternados, como muchas casas y calles de nuestros pueblos lucen sin levantar vuelo, destruidas muchas de ellas bajo el ataque; otras, por el paso del tiempo y desatinada administración gubernamental en ambos niveles, municipal y estatal. Los rostros de nuestros vecinos y amigos llevan marcados en ellos los vestigios imborrables de un millón de lágrimas derramadas ese funesto día de septiembre del 2017. La tempestad nunca dejó de atacar; nosotros tampoco de pedirle a Dios con todas nuestras fuerzas por el milagro de alejarla para siempre antes de que destrozara por entero a nuestro terruño, y prácticamente lo hizo, acabar con lo que nos quedaba, pero se alejó, tarde, pero seguro, dejando atrás una estela sin parangón de hogares derruidos y vidas segadas. La historia se encargó de recordarnos que de nada vale ser la Isla del Encanto, si no nos comportamos con humildad ante la fuerza inconmensurable de la naturaleza y de quien la gobierna, uno que no necesita votación electoral cada cuatro años para seguir dirigiendo el cauce de nuestras existencias.

Olvidamos por un momento inclinar el rostro y bajar la mirada, y fue en ese preciso instante cuando la furia de los vientos se ensañó con nosotros hasta lo indecible. No existe gobernante terrenal, ni político oportunista, que sea mas grande que lo antes expuesto, aunque ellos en la soledad de sus vidas y ante el espejo de su habitación que nada oculta, les diga en su cara que nada son si no tienen la entereza, dignidad y humildad que se requiere cuando de dirigir un pueblo se trata. Quizás se crean grandes, y posiblemente los demás lisonjeros a su alrededor se lo hagan creer, pero potentes naciones han caído bajo la embestida de la naturaleza por no creer que nada somos, ni seremos, si no pedimos ayuda al que sí nos la brindará cada vez que lo necesitemos.

Somos humanos e imperfectos, y limitados en muchas cosas, pero creo que podemos aprender todavía.

Aprender que la vida tiene un ayer, hoy y mañana, y que el presente puede ser el maestro que necesitamos para evitar los errores del futuro.

No podemos adivinar lo que nos depara, si otra cruel enseñanza o miles de bendiciones, pero debemos de estar preparados para cualquier eventualidad, sin importar lo dura que pueda ser. No es con recriminaciones ni endilgarle culpas a otros como podemos volver a levantarnos, sino con mucho trabajo y sacrificio que, quizás, algún día, deje en el pasado las malas decisiones y administraciones que juraron ante un pueblo ser la diferencia, y que al final, solo resultaron ser aves de paso por creer que podían ser más grandes que Dios.

La vida se encarga siempre de recordarnos que no somos inmortales ni sabios, y que lo que hagamos mal ahora tendrá su consecuencia mañana.

Los primeros días y meses después del ataque lucimos como un pueblo compasivo y solidario, y lo que antes rechazábamos por orgullo luego lo aceptábamos con humildad de espíritu. Lástima en ese sentido de que las cosas hayan vuelto a ser como antes, o quizás hasta peor, pues lejos quedaron esos sentimientos y unión de un país ante los embates de la naturaleza, para volver a caminar el mismo camino que juramos no volver a recorrer en esas oscuras y largas horas de agonía ante la acometida del monstruo.

Pienso que a veces no aprendemos la lección, cabeciduros al fin.

Solo espero que el profesor no repita la clase mañana, ni nunca, pues nos colgamos de nuevo…

Originally posted 2018-08-09 16:51:14.

María, el huracán que transformó nuestras vidas, en PDF (3 artículos)

María, el monstruo que no esperábamos…

 

Al momento de escribir esta serie de artículos, lo único que me motivaba a hacerlo era plasmar por escrito los sucesos de esa amarga fecha del 20 de septiembre de 2017 cuando María irrumpió violentamente en nuestra isla y en nuestras vidas y trastocó todo por entero. Fueron largas horas de agonía en la oscuridad que despertaron en nosotros viejos terrores de cuando éramos niños y nos hallábamos solos en la casa en medio las sombras de la noche, y no osábamos gritar pidiendo auxilio porque la voz no nos salía y nuestro cuerpo no respondía ni siquiera para echar a correr. Terrores que nos paralizaron entonces, horrores que nos derrotan ahora, e incertidumbre de un futuro que no sabemos si llegará a ser normal como antes. Le pido a Dios mucha fortaleza para los que perdieron todo, y entereza para comprender que la vida puede comenzar después de una larga noche de dolor…

Puede obtenerlo aquí en PDF: https://petervergara1.online/wp-content/uploads/2018/08/Amaneciendo_en_el_dolor_2.pdf

 

 

 

Originally posted 2018-08-02 21:46:21.

Robaste mi vida (el principio del dolor), Un nuevo libro de Peter Vergara para finales de 2018

Robaste mi Vida (El principio).

No recuerdo cuándo fue, o dónde empezó todo, pues mis recuerdos se difuminan en el tiempo pasado que anhelo revivir pero que a la vez deseo olvidar.

Las palabras altisonantes, los maltratos, el desprecio de unos ojos que jamás trasmitieron amor me asaltan por momentos.

Muchas cosas. Pocas memorias.

Las memorias solo vienen a uno cuando son buenas.

Las malas, tratamos de olvidarlas en la hipocresía de la vida que no perdona cuando queremos desterrarlas.

El alma se constriñe, la alegría se dispersa; el amor se diluye.

El golpe te azota cuando no lo esperas, y la retribución no se hace esperar cuando estamos dispuestos a cobrar el agravio.

Únicamente rememoro la crueldad del momento vivido, pero olvido por un instante las lágrimas derramadas por su causa.

El pasado llega a mi puerta como un vendaval, como María llegó a nuestra existencia un aciago día de septiembre, y quiero pensar que siempre existirá un mañana para enterrar el infortunio de un amargo suceso, pero luego admito que nunca es fácil seguir adelante cuando algo o alguien te aprisiona por los pies y te impide caminar como antes.

Puedo ser muchas cosas en mi presente. Quizás convertirme en lo que siempre he deseado. Es posible que hasta la vida me devuelva con creces lo perdido.

Pero no puedo. Algo me amarra, me encadena cruelmente e impide que pueda dar un paso hacia ese espejismo que engaña mi mente, pero que no logra embaucar mi corazón. Ya no soy el mismo.

No puedo serlo.

Pero quiero.

Quiero ser el que antes fui.

Mejor.

¿Podré hacerlo?

Los gritos en la noche.

Exigencias que no amainan, palabras vertidas que no se olvidan tan fácilmente.

Locura inesperada, vivencias que se perdieron, memorias que no sirvieron de nada, y un presente que me derrota diariamente por no tener una luz que ilumine el sombrío camino que llevo recorriendo desde niño, pero que se ha oscurecido más en tiempos recientes.

El hoy me golpea furiosamente en el rostro, y anquilosa los miembros de mi cuerpo. La parálisis me aflige, y el conocimiento de lo que ya es una triste realidad que no me abandona, me abate más.

Siempre supe que no seria un juego de infantes, y que las reglas nunca serían escritas por mí, pero sinceramente, no esperaba esto.

Y no puedo evitar llorar como el niño que antes fui, ni tampoco calmar el temblor de unas manos que creí servirían para traer grandeza a este mundo, pero que difícilmente logran contenerse cuando la furia me agarra por sorpresa.

Mi conocimiento no me ayudó a prepararme para lo que venía en camino, y la prepotencia de querer saberlo todo tampoco fue determinante a la hora de enfrentar un espíritu resquebrajado que nunca pudo ser feliz, y que ahora se ceba en el mío tratando de hundirlo sin misericordia.

Nunca fui bueno adelantándome al futuro, pues es imposible para cualquiera hacerlo, en especial cuando no esperas nada del mismo, y sientes temor de saber lo que en su día sucederá. Adivinar la vida asusta, y cuando lo que logras atisbar no es agradable, menos te infunde el valor que no tienes.

Tengo miedo. El amanecer trae consigo nuevas horas de infelicidad, y la noche al llegar el sosiego momentáneo que tanto he esperado durante este infierno diario.

No quiero dejar pasar al odio. No es aconsejable. Pero avanza según trascurre mi presente, sumido en el resquemor que corroe mi felicidad, y que impide la entrada de la alegría que parece alejada de mí. La esperanza quiere escapar, pero no lo permito, todavía.

No soporto la vida. A veces quisiera no tenerla si ella no me brinda lo que anhelo profundamente. ¿Acaso ya mi entusiasmo por vivirla se fue para no volver? El hastío me encierra como reo en su aburrimiento mortal, y las llaves de la celda lucen inalcanzables a simple vista. El desdén por lo humano crece a pasos agigantados, y únicamente el dolor se dibuja en la sonrisa amarga que exhibo y que aflora ante todos por no llorar y dar rienda suelta a mis sentimientos de frustración.

¿No merezco el ser feliz? ¿Por qué se me niega tanto el serlo?

¿Qué debo hacer en este minuto crucial de mi existencia?

El ave negra de la desdicha vuela sobre mi horizonte perdido, y sueño con abatirla cada día, pero cuando estoy a punto de hacerlo, se vuelve a mirarme y se burla, alejándose rápidamente y retándome a que la derribe. ¿Lograré que caiga?

(Extracto inicial de mi próximo libro Robaste mi Vida, una historia con nexos de una realidad que viven millones de personas que pasan su existencia plena sujeta a los caprichos de un destino que trata cada día de robarnos la alegría que merecemos. No voy a adelantar nada más, pues me encuentro escribiendo esta historia, y editando otra a pasos agigantados de una buena amiga escritora (Almas Sincronizadas), que me he visto obligado a posponer por este mismo problema, y a la que pido disculpas desde el fondo de mi corazón. También a un excelente compañero literario al que le estoy trabajando su segundo libro, Tinieblas II. Ambas historias, contando con Dios, estarán listas para agosto, justo a tiempo para que participen en el concurso literario de Amazon. Robaste mi vida es algo que me toca en lo íntimo, y deseo con este libro poder ayudar a muchas personas que atraviesan por idéntica situación, y que muchas veces, en su mayoría, destruye nuestras esperanzas de ser feliz algún día sin los fantasmas del odio que en su momento son arrojados sobre cada uno de nosotros y que no merecemos).

Originally posted 2018-07-26 19:03:25.

Amaneciendo en el dolor…(María: el monstruo nos atacó 2)

Amaneciendo en el dolor (María: el monstruo nos atacó 2)

Largas horas hasta el amanecer de un día que sería, sin nosotros saberlo todavía, bastante pesaroso y el inicio de la incertidumbre que a partir de ese momento reinaría en una isla no acostumbrada a los designios inesperados y bárbaros de la naturaleza.

La oscuridad invadía nuestras calles, y el azote cruel del monstruo todavía nos retumbaba en los oídos y estrujaba el corazón. La desolación completa era inevitable, pues un poco después despertaríamos a la realidad de que no había sido ligero ni remediable el embate.

Fue más de lo que pensamos, y de lo que nunca pudimos imaginar.

La naturaleza se cobraba la deuda contraída por largo tiempo sin tocarnos, y en su inescrutable faz exhibía la sonrisa feroz por todos los rincones de nuestra islita.

No era el momento de rumiar nuestra impotencia. ¿Para qué? No servía para nada el lamento borincano, ni el crujir de dientes y lloro ahogado que pugnaba por salir deslizándose por las mejillas del puertorriqueño orgulloso de sus raíces, pero débil e impotente ante lo irremediable.

Paso a paso nos acercamos a los destrozos causados por el fenómeno, y muy lentamente fuimos asimilando la noción de que jamás volveríamos a ser iguales ante el destino y la vida. Nos levantaríamos, eso sí, pero a costa de muchos sacrificios y dolor.

Las cosas cambian, y no para mejorar. Muchas veces es para despertar, para comenzar nuevamente la vida ante la muerte, la que se llevó parte de una historia, pero no de nuestro recuerdo. Ese no muere cuando la rendición no está en nuestro vocabulario. La desazón huye veloz cuando lo enfrentamos con decisión, aunque en esos primeros momentos no podíamos pensar claramente ante las tinieblas que se mostraban ante nosotros.

Años perdidos en la falsa planificación que jamás existió, buenas intenciones que no llegaron a cuajar por la indolencia de muchos funcionarios públicos y de la comunidad que no lo deseaban por diversos y oscuros motivos, leyes que no afloraron a la superficie en aras de mejorar lo que se podía mejorar pero que no se quería con el fervor necesario. Todo en mayor o menor escala contribuyó en parte al descalabro social y económico que sobrevino una vez amainaron los violentos vientos que descalabraron nuestra historia hasta convertirla en un intento futuro por reescribirla si se podía.

Si se podía.

En pocas horas el derrotero de nuestras existencias se paralizó. Tristeza y dolor ante el cuadro tétrico de una sociedad destrozada hasta sus raíces; ojos cerrados para no ver la magnitud de lo que tendríamos que levantar nuevamente para tratar de recuperar, aunque fuera una ínfima parte de nuestra idiosincrasia de pueblo.

Aislados e incomunicados durante esas primeras horas que luego se convertirían en interminables días sumidos en la desesperación y oscuridad que nos rodeaba. Nada podíamos hacer. Solamente esperar. Pedirle a Dios que la situación no fuese tan grave, aunque nuestros resquebrajados espíritus sabían que sí. Era innegable. Bastaba con atisbar solamente por un momento hacia las calles cercanas a nuestras casas, a los montes despojados de sus verdes ramas que habían volado junto con las violentas ráfagas que parecían no querer terminar, y esporádicamente, aunque ya María había dejado atrás nuestras costas, aún su presencia se dejaba sentir en mi islita amada.

No esperamos. La incertidumbre era demasiada, y no queríamos quedarnos de brazos cruzados aguardando por noticias de destrucción masiva que pronto llegarían.

Así que, armados de fortaleza y decisión para enfrentar lo desconocido, salimos.

Nuestra incredulidad se convirtió en certeza; el presentimiento en realidad.

Frente a nosotros observamos acongojados la pintura dantesca de lo que sería el caminar puertorriqueño de ahí en adelante, y también la convicción real de que nos esperaba una labor titánica que era impostergable. Tendríamos que renacer en todos los aspectos.

Pero sería un renacer que tendría que partir de nosotros, no de ayudas externas ni de nada parecido. La patria, una sociedad, una cultura única y especial, se crea entre todos, y la historia y tradiciones junto a todas esas cosas únicas que nos identifican como puertorriqueños e hijos de Dios. Si la ayuda es ofrecida, bienvenida, pero la responsabilidad de levantar a Puerto Rico no podía ser compartida con recursos externos ni de migajas que quisieran arrojarnos. Era, y es, nuestro deber el volver a la ruta correcta de lo que una vez fuimos, pero que quedó en suspenso luego de los embates huracanados de un fenómeno difícil de olvidar, pero no imposible, pues nos marcó un antes y después de María.

Pero el ahora era lo que debíamos reconstruir, así que, con lágrimas en los ojos y un corazón contrito, dimos ese primer paso…

Continuaremos…

Originally posted 2017-12-19 13:02:03.

Hemos perdido mucho, y la vida sigue su curso aunque no queramos…

Sentado en la marquesina de mi hogar, cabizbajo, distraído, triste por demás y pensando en tantas cosas, que realmente he perdido la cuenta o el orden de ellas. Solo recuerdo con pesar todas las oportunidades que he desperdiciado en mi vida por no seguir los instintos de mi corazón, o de mi mente, y mis ojos se nublan con la sombra de una lágrima que pugna por escapar, pero que al final no se atreve.

Todo esto en un rato que estuve cavilando sobre mi presente, pero reflexionando sobre el pasado que me trajo hasta aquí. Si uno pudiera cambiar el pasado, ¿lo haría? ¿O no? Creo que no. Otros dirían que sí sin pensarlo siquiera. Los malos momentos que tuve hace años, y de los que aún cargo con algunos, tengo que agradecer que gracias a ellos estoy escribiendo estas líneas y compartiéndolas con el que desee leerlas. Una existencia sin magulladuras o golpes no es una existencia bien vivida y disfrutada, porque hasta en los aciagos instantes del infortunio encontramos cosas buenas y enseñanzas que perduran por siempre, y que nos avisa en una próxima ocasión de no volver a cometer el mismo error que una vez lloramos, pero que nos abrió quizás algunas puertas que hasta ese momento nos estaban vedadas.

Palabras tristes, pero me siento así en esta hora, y lucho por desterrar los fantasmas del pasado que me impidieron lograr mis cometidos, pero no puedo, por más que lo intento, porque me falta algo posiblemente, y pido cada minuto por ello, y es el deseo de superarme a mí mismo para al final conseguir lo que anhelo. El hastío, la amargura, el vacío en mi corazón, el dolor de mi alma, el sufrimiento indeleble, hasta ahora han sido suficientes para frenarme en mi loca carrera hasta la consecución de mis sueños, y sé que puedo vencerlos, pero también creo en ocasiones que no quiero.

Me estoy derrotando cada día, y no logro ver la luz al final del camino.Hemos perdido, y mucho. Yo he perdido, y quisiera decir que no, pero admito que mi pasado me arrastra, el presente me frena, y el futuro es falso, porque desconozco el remedio para sanar mis heridas que me lastiman todavía, pero que soy incapaz de cerrarlas.

Extraño muchas cosas de mi existencia. Los amigos que se fueron, las oportunidades perdidas, los minutos de alegría compartida con mis seres queridos, a los que ya no están a mi lado porque descansan en un sitio mejor, a las palabras que nunca dije, y las que sí dije que hirieron a veces, pero que también sanaron en su momento, a los maestros que me enseñaron lo bueno y lo malo, a los desatinos cometidos que me hicieron caer de rodillas tantas veces, todo eso lo recuerdo, algunos con tristeza, otros con alegría, pero mi alma llora al pensar que ya no volverán, y que mi inocencia se laceró por la crueldad de un destino que nunca tuvo nada bueno para mí. Nada agradezco a veces, porque me quitó mucho, aunque luego me recompensó con algo hermoso, pero más perdí yo por no creer en mi potencial para salir adelante.

Y aquí, sentado en la marquesina de mi hogar, solo, pensativo, y triste, pienso que es posible que me quede algo por lo que luchar, una quimera que perseguir, un sueño por lograr, y sobreponiéndome a esta indolencia que me abate sin cesar, me levanto, cierro mis ojos, respiro profundamente por la vida que aún tengo, la llama de la pasión por realizarme que pugna cada minuto por salir, y creo, no, sé, que me queda algo en la reserva de un espíritu indomable que no quiere rendirse y buscar algo mejor, y una sonrisa aflora a mi rostro, porque sin importar todos los sinsabores que se me hayan atravesado en el camino, y los obstáculos que tuve que superar mientras todo sigue su curso, aún así tengo la esperanza de que un día conseguiré mi más preciado anhelo: Ser feliz conmigo mismo…

Originally posted 2018-07-13 19:17:54.

La espera que desespera…

Caminamos por la vida de lado a lado, esperando.
Esperando por un mejor trabajo, una relación de amor nueva, un cambio en nuestras finanzas, un auto último modelo, más comprensión de nuestros hijos y los demás miembros de la familia y otras menudencias.
Y en esa larga lista de espera entran las metas establecidas, los sueños sin realizar, la casa que deseamos, y un sinfín de cosas más que, llegado el momento, nos abruman implacablemente y nos desesperan, pues vemos el paso del tiempo que avanza inmisericordemente y jamás se detiene, y nuestra espera se queda en eso, una que no trae la culminación de nuestros anhelos más queridos.
Todos hemos atravesado por esta penosa situación, la espera que desespera, como decían nuestra gente de antes, y sinceramente, repitiendo, desespera.
Y esto sucede porque esperamos muchas cosas, cambios, mejores condiciones y calidad de vida, que los jefes sean generosos, que mi pareja sea el amor que siempre esperé, que los hijos se comporten debidamente, que la suegra se mantenga bien lejos de nuestra existencia, que el perro no fastidie tanto por las noches, que el vecino sea soportable y no nos atormente todos los fines de semana con la estruendosa música de su preferencia, así como también esperamos pegarnos en el Powerball, la Loto, aunque sea en Pega 3 o en el Pega 4, algo que por un momento nos brinde un grato sentimiento de satisfacción que solamente produce la posesión temporera de dinero para sufragar algunos de los gastos que regularmente tiene cualquier familia de nuestra isla, pues ahora es que descubrimos que la cosa está peor de lo que pensábamos. Una ceguera existencial que nos impide ver la luz, aunque la tengamos enfrente de nosotros.
Esperamos tanto…
Y al final, nada conseguimos, pues esperamos que el maná nos caiga del cielo sin trabajar para ello, sin esforzarnos al máximo de nuestra capacidad, y durmiendo el sueño de los tontos, mientras el tren de la vida pasa a vertiginosa velocidad frente a nosotros, y no hacemos el mínimo esfuerzo por detenerlo y montarnos en él.
Mientras tanto, llegan las noches, nos preparamos para dormir, y pensamos que el mañana será otro día en el que lo esperado llegará.
Pero nada llega. Pasan los segundos, minutos, horas, otro día más, y nuevamente la sensación de impotencia por esperar milagrosamente lo que nunca llegará si no cambiamos nuestro pensamiento.
Si has esperado una eternidad para que se cumplan tus sueños, y nada ha sucedido, creo que es el momento preciso para reflexionar, para detenernos en la carrera loca en la que se ha convertido nuestra existencia, y mirar dentro de nuestro corazón.
Es nuestra única opción en esta hora decisiva de tu correr por el mundo.
El momento en que recogemos velas y nos detenemos en medio de la tempestad, y atisbamos detenidamente el océano de situaciones positivas y negativas que nos han llevado hasta aquí, y tratar de enfocar de manera distinta la situación.
Tus metas no se han cumplido, los sueños hermosos que llevas a rastras desde niño y luego adulto no se han realizado como deseas, tu empleo es un infierno, tu pareja ni te soporta, los hijos caminan cada uno por su lado y ni te prestan atención, estás endeudado hasta el cuello, los bancos no te prestan, la suegra vive contigo, el perro te muerde cada vez que te ve, el dinero no llega, y si llega, se evapora en minutos por todas las obligaciones que tienes contraídas, envejeces cada minuto que pasa, tu cuerpo se trasforma, sientes toda clase de dolencias físicas y morales, la tristeza y el fracaso se apoderan de tu ser, tu alma se resquebraja ante los embates del destino, y cada día que pasa te sume más en un abismo del que difícilmente podrás salir si no cambias ahora.
Ya no hay tiempo, te dirás.
Estoy muy viejo para cambiar.
No tengo fuerzas para empezar nuevamente.
Nadie me dará la mano.
No vale la pena.
Esta tristeza nada ni nadie me la quita.
Estoy cansado de esperar.
No quiero luchar más.
¿Sabes algo?
Si nada te ha funcionado hasta ahora, si te sientes harto de vivir, y si te encuentras en el valle oscuro del desaliento, es un buen momento para recapacitar.
Lo que esperábamos no llegó. Bien. Busquemos entonces otras metas, distintos sueños, nuevas perspectivas de vida, enfoques diversos, alegrías insospechadas.
No te rindas ni entristezcas por cosas que nunca llegaron, ni abandones la lucha por ser feliz.
Piensa en las cosas bonitas de tu vida, lo que te ha motivado a seguir adelante a pesar de todo, en los momentos felices de tu existencia, en los logros que sí has conseguido, en todo lo que de una u otra forma te ha empujado a través de la tormenta y te ha llevado a puerto seguro. Siempre existe en nuestra existencia algo bonito, aunque lo quieras negar.
La espera se acabó.
También los lamentos.
Es hora de izar nuevamente las velas, y dirigirnos en medio del océano a un mundo nuevo, donde aprendiendo de todas nuestras experiencias, nos enfoquemos únicamente en ser felices, pues tú te lo mereces. Eres un triunfador. No has querido admitirlo, pero el simple hecho de leer estas palabras que hoy escribo, es que en tu interior todavía vive la llama de la esperanza y de una vida feliz que desde niño tenías. Quieres, necesitas un cambio.
¿Por qué esperar entonces?
Traza una nueva ruta desde este momento hasta tu muerte, vive cada segundo como si fuera el último, comparte con tu gente amada, llévale un regalo al jefe, aunque sea odioso, soporta a tu suegra, dale un hueso o una lata de comida al perro, trabaja más para que más tengas, y deja de rumiar tus fracasos anteriores, tíralos al baúl de los recuerdos, y comienza una existencia plena sin espacio para la tristeza.
La espera terminó. Sonríe. Sé feliz.
Ahora es tu momento, la etapa final, la mejor, la que llenará tu alma y tu ser de muchas alegrías.
Y no vuelvas a esperar por lo que nunca llegó.
No vale ni un minuto de tu tiempo…

Originally posted 2017-06-20 12:43:19.

La vida que perdí Peter R. Vergara Ramírez —autor

La vida que perdí   

¿En qué momento perdí la ilusión? ¿En cuál capítulo de mi existencia despierto una mañana con deseos de morir? ¿Cómo fue que llegué hasta aquí, mustio como una hoja, derrotado como un vendaval sin vientos?

Mirando hacia el pasado que moldeó mi caminar, y atisbando un poco en el mismo, aún no sé en qué minuto desperdicié las ilusiones que llevaba arraigadas en mi corazón para convertirme en lo que soy hoy: nada.

¿Fueron acaso los gritos destemplados de mis padres cuando discutían? ¿Quizás los regaños inmerecidos cada vez que hacía algo bueno y no me felicitaban? ¿O posiblemente, el llanto escondido en la noche por no saber qué hacer con mi vida?

Tantas interrogantes; ninguna respuesta.

Era un niño inteligente, despierto, tímido, agradable, buen amigo e hijo, pues, un poco malcriado, lo admito, pero quien no lo es cuando vive en un hogar donde las palabras altisonantes y violencia verbal son la orden del día. Era un niño normal, si se le puede llamar normal el correr a esconderse cuando tus padres te buscaban impacientes por toda la casa para descargar su cinturón sobre tus espaldas.

Bueno, eso sí era normal y corriente en los tiempos de antes, cuando la bofetada o el cinturón eran los instrumentos del padre para disciplinarnos cuando nos portábamos mal, y a veces hasta cuando nos comportábamos casi perfectamente bien.

Lo importante era la disciplina, y lo que eso significaba en el núcleo familiar.

Quien la ejerciera era lo de menos, si finalmente el resultado no variaba.

Uno llorando a moco tendido corriendo a refugiarse en los brazos del abuelo condescendiente que todo lo justificaba y perdonaba, aunque no lo mereciéramos.

Un ratito después nos olvidábamos de todo, y a seguir entonces con nuestra casi perfecta vida normal.

Volviendo al presente, qué tristeza recordar ese tiempo de niños, y qué duro para mí el pensar que posiblemente en uno de esos días, quizás alegre, posiblemente no tan alegre, fue que paulatinamente empezó el largo viaje sin retorno hasta el abismo sin escapatoria de mis sueños truncos.

Fue una etapa, no obstante, bonita, pues lo tenía todo. Todo significaba los caprichos que como niño-joven tenía, mis padres me los satisfacían, en su mayor parte, pues para algunos, simplemente, un no era la respuesta obligada.

No soy feliz.

Al menos eso creo.

No puedo ser feliz cuando siento una tristeza perenne arraigada fuertemente a mi corazón.

Ni cuando observo la vida pasar enfrente y no siento alegría por la misma.

Ni una sonrisa.

Ni una carcajada.

Nada.

Un corazón seco.

Una lágrima que pugna por liberarse y no puede.

Porque no existe.

Nunca existió.

Fueron borradas de mi ser el día en que nací.

Segadas completamente, sin un vestigio de renacimiento futuro.

Sin una esperanza.

Sin una ilusión.

Ya no existe en mi ese afán, esa fuerza interior que quizás tuve y no viví.

Tampoco la extraño, porque no se recuerda lo que jamás existió.

O quizás sí, pero fue muriendo con los años.

No lo sé, ni me interesa.

Únicamente me importa el seguir respirando, minuto a minuto, hora a hora, día a día, porque es lo que mantiene mi mente cuerda, aunque no exista una pequeña ilusión de vida.

No despierto por las mañanas con ánimos de luchar.

Abro mis ojos al amanecer de otro día igual que el anterior.

La misma rutina.

La misma gente.

El mismo trabajo.

El mismo desdén por existir que me agobia, y que no piensa marcharse por lo que veo.

También la misma hipocresía de los demás cuando te saludan, y que por cortesía aceptas y saludas a la vez.

¿Quién es más falso? ¿El que saluda, aunque no lo sienta? ¿O el que saluda a su vez, aunque la otra persona sea insoportable para él?

Una de las preguntas sin respuesta que, sinceramente, me da lo mismo si algún día alguien ilumina mi espíritu con la respuesta adecuada a este dilema existencial. Son interrogantes que enfrentamos diariamente, pero que no interrumpe nuestro sueño en la noche.

Parece que hoy enfrento mi día con mucha tristeza, porque observando en la pantalla de mi ordenador todo lo que he escrito en estas breves líneas, pareciera que estoy prácticamente al borde del suicidio.

Nada más lejos de la realidad.

El que me levante una mañana con tristeza, recordando los episodios del pasado que posiblemente influyeron un poco en mi vida del presente, y que derrame una lágrima al acordarme, no significa que he perdido mi vida, ni que no amerite vivirla, aunque sea un paso a la vez.

El pasado muchas veces duele, y cincela tu personalidad hasta el presente, pero significa nada cuando se anhela vivir a plenitud, ni tampoco significa que me voy a echar a morir porque mis padres o alguna otra persona en mis recuerdos haya sido lo contrario de lo que yo esperaba.

No.

La vida se compone de muchas etapas. Unas buenas, otras no tanto.

Existe un momento para reír, y otro para llorar.

Lloré en su minuto por lo que no pudo ser, y también por el dolor de algunos episodios que quebraron mi alma, pero no mi existencia plena, y que me fortalecieron en medio de la tormenta para soportar los ciclones del presente y del futuro.

No se pierde una vida cuando ella te enseña a vivirla, poco a poco, sin apresurarse, sin dudas; sin arrepentimientos.

No desperdiciamos nuestra existencia cuando aprendemos del dolor, y no cometemos los mismos errores del pasado.

¿De qué vale vivir, si no lloramos?

Una lágrima, o muchas, en el instante apropiado, puede revivir una historia, la de nuestras vidas, y no se rechaza, porque limpia el corazón y el alma de los embates del destino que en ocasiones hace flaquear la fuerza que todos poseemos, pero que pocas veces utilizamos para salir adelante y triunfar con la alegría de vivir que cada ser humano merece tener.

La vida que perdí.

Bonito título.

Pero se oye mejor la vida que he ganado al seguir el mandato de mi corazón y derrotar la tristeza y el dolor que llevaba a cuestas como una pesada carga atenazando el espíritu inquebrantable que poseo para salir airoso de cualquier adversidad que se atreva a cruzarme en mi camino.

No he llegado hoy hasta aquí para rendirme. Jamás.

Estoy aquí para quedarme, y decirle al universo entero que no he perdido mi vida, porque en este mismo instante comienzo a vivirla a plenitud, sin remordimientos, sin dudas, porque yo merezco ser feliz, y nada ni nadie me detendrá en la ruta ya trazada de antemano por el destino.

No he perdido mi vida.

Ahora es que voy a vivirla…

@Derechos Reservados 2017. Se prohíbe la reproducción total o parcial de este escrito sin el consentimiento expreso del autor Peter R. Vergara Ramírez.

Originally posted 2017-03-08 16:22:40.

Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

Originally posted 2017-02-21 09:37:34.

Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

Originally posted 2017-02-21 09:37:34.