María, el huracán que transformó nuestras vidas, en PDF (3 artículos)

María, el monstruo que no esperábamos…

 

Al momento de escribir esta serie de artículos, lo único que me motivaba a hacerlo era plasmar por escrito los sucesos de esa amarga fecha del 20 de septiembre de 2017 cuando María irrumpió violentamente en nuestra isla y en nuestras vidas y trastocó todo por entero. Fueron largas horas de agonía en la oscuridad que despertaron en nosotros viejos terrores de cuando éramos niños y nos hallábamos solos en la casa en medio las sombras de la noche, y no osábamos gritar pidiendo auxilio porque la voz no nos salía y nuestro cuerpo no respondía ni siquiera para echar a correr. Terrores que nos paralizaron entonces, horrores que nos derrotan ahora, e incertidumbre de un futuro que no sabemos si llegará a ser normal como antes. Le pido a Dios mucha fortaleza para los que perdieron todo, y entereza para comprender que la vida puede comenzar después de una larga noche de dolor…

Puede obtenerlo aquí en PDF: https://petervergara1.online/wp-content/uploads/2018/08/Amaneciendo_en_el_dolor_2.pdf

 

 

 

Originally posted 2018-08-02 21:46:21.

Vientos y Oscuridad (María: El monstruo nos atacó) 1 de 3

Durante esa madrugada aciaga del 20 de septiembre del año en curso, los fuertes vientos azotaron inmisericordemente mi residencia en Manatí, pero también la de miles de hogares, que, en medio de la oscuridad, tuvieron que soportar y resistir lo irremediable de la cruel situación a la que nos enfrentábamos como individuos, pero a la vez como pueblo.

Las horas de esa madrugada trascurrieron lentamente, y cuando más tranquilos tratábamos de permanecer, saltábamos asustados cuando los vientos huracanados golpeaban nuestras ventanas, y sacudían hasta los cimientos de nuestras casas. Las tormenteras oscilaban como hojas de papel ante los embates huracanados del fenómeno atmosférico que dejó a oscuras a nuestro país durante esa noche y día interminable, y los paneles puestos a última hora aguantaban a duras penas el castigo que no parecía terminar.

Mientras pasaban las horas, un pueblo completo se unió en oración para que el monstruo se largara de nuestros lares borincanos, y enfilara hacia otros rumbos en los que no pudiese causar la catástrofe que sufrimos aquí.

Fue larga la espera. El azote parecía no tener fin. Las ráfagas y la lluvia, tampoco. En esa soledad, precedida por el miedo, únicamente a Dios podíamos recurrir. Lo humano era estéril ante los embates del violento huracán.

Incomunicados totalmente. A ciegas. La oscuridad envolvía y estrujaba nuestros corazones de terror ante lo inevitable, e impotentes asistíamos a la función desastrosa de la naturaleza que, finalmente, no obstante ser una isla que en infinitas ocasiones había escapado a estas situaciones, nos había llegado la hora de sufrir las penurias que otros pueblos ya habían experimentado en días recientes.

Las aterradoras ráfagas de viento, el agua que inundaba las tierras y carreteras de Puerto Rico, los ríos desbordados ahogando nuestras esperanzas de un restablecimiento rápido, el silencio de esa noche y día que nada bueno presagiaba, la caída violenta de las comunicaciones, y la desazón que nos invadía a cada minuto que pasaba, fueron minando lentamente la confianza de nuestro espíritu, y nos preparamos para lo peor.

No tardó mucho en llegar. Las malas noticias vuelan como pájaros asustados cuando huyen de la muerte, y cuando esporádicamente por diversos medios nos fuimos enterando de los daños causados, más nuestra alma se resquebrajaba ante el dolor de la pérdida que presentíamos.

Pérdidas humanas y materiales. La destrucción entera de una isla. Casas, edificios, carreteras, terrenos, bellezas naturales, playas, campos, en fin, todo lo que en su momento representaban la esencia puertorriqueña, nuestra identidad de pueblo y orgullo.

Cuando al fin salimos de nuestros hogares, el clamor adolorido del puertorriqueño se escuchó a viva voz.

No podíamos, ni queríamos, creer en tanta destrucción. Masiva. Sin distinciones. Ricos y pobres. Urbanizaciones exclusivas y residenciales públicos. Pueblo y campo. A todos nos tocó de una u otra forma. Mucho o poco.

Pero nos tocó. Desafortunadamente. Furioso y veloz llegó, y así se fue.

Y era cuestión de aceptarlo, dejar los lamentos para otra ocasión, y comenzar nuevamente con nuestras vidas, la mismas que se habían paralizado desde ese día del 20 de septiembre.

Las horas que preceden al amanecer siempre son oscuras, desalentadoras, y muy tristes en ocasiones. Tuvimos que atravesar esas horas, y aún no vemos la luz del día, pero poco a poco eso llegará.

¿Cuándo?

Cuando dejemos atrás la burocracia rampante y mediocre que existe, el conformismo con lo que nos den, las criticas destructivas que en nada aportan a este llamado levantamiento de un pueblo, el esperar por lo que posiblemente nunca llegue, las cadenas que nos amarran, y nos enfoquemos solamente en levantarnos cada mañana con una sola idea en mente: empezar de nuevo, desde cero, unidos al fin en un solo propósito, pues como pueblo lo sufrimos, pero también como pueblo debemos seguir adelante sin mirar atrás. Estamos vivos, gracias a Dios, y al final, eso es lo que cuenta. Lo material, aunque vaya en ello sentimientos de pertenencia y recuerdos entrañables por lo que costó obtenerlos y por el significado que tiene en nuestro corazón, siempre será posible recuperarlo de alguna forma, aunque tardemos, pero la vida, la misma que nos permite respirar y afrontar el día a día, también disfrutar y llorar por las circunstancias que envuelven nuestro recorrido por la misma, jamás nos será devuelta si por los designios del destino la perdemos. Algo muy importante para tener en consideración. María no es el final, sino el comienzo de una esperanza para resurgir con más fuerza que nunca. Continuaremos…

Originally posted 2017-12-15 17:25:03.