Divagaciones de Peter (4)

Me caí hoy, y me dolió. Lo admito. Pero más tarde me sucedió lo mismo.  No significa el fin del mundo. Somos humanos, ¿no?, pero me levanté en ambas ocasiones, y seguí con mi vida. Y aprendí. A regañadientes. Ahora observo mejor mi recorrido, y evito en lo posible cometer el mismo error. Aprender es inteligente; ignorar es de tontos.

Originally posted 2018-08-16 10:55:51.

Divagaciones de Peter 3

Recorrí ese camino una vez, según recuerdo, y no me gustó, pues eran pasos sin sentido que no me acercaban a ningún lado. Luego comprendí que todo los caminos y pasos son necesarios para entender que nada es tan fácil como parece, y que las mejores cosas se alcanzan al recorrerlos todos, aunque parezcan no servir para nada.

Originally posted 2018-08-15 13:51:16.

Nunca

Nunca permitas que alguien te diga que no puedes hacerlo. Respira profundamente, saca fuerzas de tu corazón, y respóndele: “Siéntate cómodamente, y disfruta del espectáculo, para que veas que SÍ lo hago”.

Originally posted 2017-08-25 19:56:36.

Vive feliz y disfruta la experiencia

¡Vive feliz y disfruta la existencia!, es el primer libro de mi amigo y compañero de clases en la universidad, Luis González Canales. El libro, inspirador y hermoso, es un compendio de experiencias propias que ha tenido que vivir y sufrir mi amigo, y de las que aprendió a lidiar con ellas en medio de la tempestad que, en su momento, tuvo que atravesar. Lo recomiendo sinceramente, pues sé que lo escribió desde su alma. Espero que estas enseñanzas te ayuden a comprender mejor la vida, que en su momento quizás no valoramos como debiera ser, pero que es maravillosa cuando decidimos vivirla a plenitud. No te arrepentirás. Peter R. Vergara Ramírez, escritor. Amazon ¡Vive feliz y disfruta la experiencia! (Spanish Edition) https://www.amazon.com/dp/B074S5C9JK/ref=cm_sw_r_cp_api_ZapKzbHKPBSX0 ebook y !Vive feliz y disfruta la experiencia! (Spanish Edition) https://www.amazon.com/dp/1974358291/ref=cm_sw_r_cp_api_BbpKzb6X89TT1 en formato impreso o libro.

PRVR Huellas Literarias Blog

Originally posted 2017-08-14 00:50:58.

Porque nadie ayuda a un perdedor…

Sé que hoy es un día para olvidar. Un viernes que marca posiblemente el inicio de la tristeza para muchas personas que conozco, y quizás la muerte de sus sueños largo tiempo acariciados. Situaciones que en ocasiones están fuera de nuestro control, pero en la que siempre pusimos nuestro granito de arena al no saber escoger el camino a recorrer tiempo atrás. Pero no es tiempo de lamentarse por los errores cometidos, sino el momento de comenzar nuevamente a buscar en nuestros corazones la mejor opción futura para seguir adelante. No hay tristeza ni mal que dure cien años, y eso lo he aprendido en carne propia, ni tampoco ser humano que soporte el destrozo de sus anhelos por cosas, ni llamadas personas que ni siquiera valen la pena mencionar. Nadie ayuda a un perdedor, como se titula este capítulo de un libro de mi inspiración, pero tampoco ayudamos al que, siendo un perdedor, no se levanta de entre los muertos y comienza a vivir la vida que desea. Las circunstancias y pesares del mundo acaban hoy, mañana, o en pocos años, gracias a Dios. Debemos mantener la fe, y la esperanza, de que algún día no muy lejano, veremos caer estrepitosamente la causa de nuestro sufrimiento, para bien. Somos triunfadores, aun en la derrota. Prohibido olvidar esto…

 

Así de sencillo. Las personas, por su condición humana, admiran desde siempre a la gente que han sabido superarse a sí mismos, que han logrado seguir adelante por la ruta escabrosa de la vida, saltando todos los obstáculos, y llegando victoriosos a la meta impuesta por ellos mismos. Porque eso hay que decirlo: la persona triunfadora logra vencer sus temores, y se impone metas y límites para lograr sus sueños, no como los demás mortales que abandonan el barco cuando ya la orilla de la tierra prometida se vislumbra en el horizonte. Por abandonar el barco en aguas tempestuosas es que nunca logramos llegar al puerto de la felicidad como individuos, y por hacerle caso al miedo que nos asalta cada vez que algo bueno está a punto de llegar, es que nunca podremos ser llegar a ser todo aquello que anhelamos desde lo más profundo de nuestros corazones.
La gente odia al perdedor, pero y ellos, ¿son verdaderos triunfadores en esa encrucijada que llamamos vida? ¿O son tan perdedores como lo eres tú en este momento por no creer en ti mismo?
Ser un perdedor no significa el ser derrotado por situaciones o personas, o por mejores trabajos y parejas, o mejores carros y joyas que tengan los demás, sino que ser perdedor significa el abandonar todo cuando puedes recuperarte de esa derrota, aprender, y seguir adelante como si nada, porque por cada vez que algo no nos sale bien, existen mil maneras de que salgan mejor la próxima vez, digo, si eres capaz de perseverar en el intento, seguir adelante, y olvidar cómo te sentiste al recibir el golpe, soltarlo, y enfilar nuevamente el derrotero de tu existencia por ese escabroso camino hasta llegar a tus sueños.
Los triunfadores persiguen sus sueños hasta que mueren, no abandonan porque algo sale mal en el camino, sino que entierran sus derrotas, sus temores, sus dudas, y siguen caminando como si nada, porque ellos saben, al igual que yo, y tú ahora, que el miedo, cuando te aprieta el corazón, te lo aprisiona de tal manera, que sientes pavor de lo que viene a continuación, y te llega a inmovilizar tanto, que no eres capaz de discernir el siguiente paso para salir de esas garras oscuras que nublan tu pensamiento y te impiden continuar.
El miedo es paralizante, no lo puedo negar, porque lo he sentido toda mi vida, y todavía sé que lo sentiré hasta el día que muera.
¿Pero qué puedo hacer? ¿Dejar de luchar? ¿Abandonar mis sueños? ¿Dejar que ganen los demás que me dicen perdedor?
No. Jamás. Venceré mis dudas, aplastaré mis miedos, los enterraré en el cementerio de los YO NO PUEDO, y seguiré adelante con mi vida.
Pero jamás me permitiré vivir la vida de otro, cuando yo estoy plenamente capacitado para vivir la mía a toda intensidad, y feliz.
Tú también puedes, y si has llegado hasta aquí leyendo todo esto, es porque realmente quieres ser feliz superando a los enemigos ocultos del miedo que te impide progresar y lograr lo que quieres.
Sólo es cuestión de preguntarte lo siguiente:
¿Tengo lo que se necesita para vencer mis miedos?
Tengo confianza en ti.
Por supuesto que sí tienes lo necesario.

Capítulo del libro Tu peor enemigo siempre serás tú, de venta en Amazon http://a.co/2iWCST6 y en otras librerías como Apple iBooks, Kobo, Barnes and Noble, Smashwords, Scribd, y otras.

Originally posted 2017-07-14 12:30:43.

Un clamor que sí llega, cuando sinceramente crees…

Las peticiones que se hacen desde el corazón, con genuino sentimiento y gozo, y una plena convicción de que serán en su momento contestadas, es lo que convierte un día rutinario y repleto de dificultades en uno en el que sonreímos por el simple hecho de que la verdad yace más allá de unas palabras escritas en un libro, y que el ser que sustenta las mismas con amor siempre estará dispuesto a escucharnos, aunque no lo merezcamos.

Cuando comprendamos que la solución reside en la intención de querer ser lo que se supone que seamos y no somos, y esto no es un juego de palabras, y de que el desierto de tristeza y dolor se cruza por medio de una petición y un corazón contrito, entonces la luz que ahora permanece oculta brotará de la nada, y la paz llegará al lugar que le corresponde: a nuestro interior carente de felicidad, pero esperanzado en conseguirla.

Muchas veces me decepciono en el camino, y lloro, porque no sé qué hacer para recuperar lo perdido en el tiempo, pero sigo adelante, sin mirar al pasado que se va y no vuelve, al presente que valoro por lo aprendido, y al futuro que no sé lo que depara. Pero sigo, esperanzado, pidiendo, con fe, con verdadero deseo de superar la vida que me ha tocado vivir. Quiero mi alegría y mi inocencia de vuelta,  mis noches de ensueño y mis días llenos de colores, y el despertar cada mañana con una nueva ilusión de vida. Todo eso anhelo, y más. ¿Por qué conformarme con menos, si tengo a alguien que lo puede todo, y que estará encantado de cargar mi cruz sobre sus espaldas?

Y es tan simple como clamar a un Dios que sí espera porque lo hagamos.

Tan sencillo como hacerlo ahora…

Originally posted 2018-05-21 02:54:53.

Todo a su tiempo

En el tedioso proceso de crecer y perseguir un sueño el desaliento muchas veces nos sorprende en plena faena, y sentimos nuestras fuerzas flaquear ante la inmensidad de la empresa que deseamos acometer, y nos caemos, estrepitosamente, incrédulos por la magnitud del sentimiento de derrota que nos invade, hasta que recordamos que no tenemos que depender de nuestra propia fuerza cuando tenemos a alguien en quien confiamos ciegamente y que a su debido tiempo bendecirá grandemente lo que ahora nos entristece e impide nuestro camino hacia la cima…

Originally posted 2018-05-17 02:53:26.

Bajo ataque: María, once meses después… (4to artículo de María, el monstruo nos atacó)

Bajo ataque: María, once meses después…

Pareciera como si esas interminables horas de terror vividos bajo el asedio despiadado de María no hubiesen finalizado, todavía.

Salimos a las calles en la mañana y vemos, consternados, como muchas casas y calles de nuestros pueblos lucen sin levantar vuelo, destruidas muchas de ellas bajo el ataque; otras, por el paso del tiempo y desatinada administración gubernamental en ambos niveles, municipal y estatal. Los rostros de nuestros vecinos y amigos llevan marcados en ellos los vestigios imborrables de un millón de lágrimas derramadas ese funesto día de septiembre del 2017. La tempestad nunca dejó de atacar; nosotros tampoco de pedirle a Dios con todas nuestras fuerzas por el milagro de alejarla para siempre antes de que destrozara por entero a nuestro terruño, y prácticamente lo hizo, acabar con lo que nos quedaba, pero se alejó, tarde, pero seguro, dejando atrás una estela sin parangón de hogares derruidos y vidas segadas. La historia se encargó de recordarnos que de nada vale ser la Isla del Encanto, si no nos comportamos con humildad ante la fuerza inconmensurable de la naturaleza y de quien la gobierna, uno que no necesita votación electoral cada cuatro años para seguir dirigiendo el cauce de nuestras existencias.

Olvidamos por un momento inclinar el rostro y bajar la mirada, y fue en ese preciso instante cuando la furia de los vientos se ensañó con nosotros hasta lo indecible. No existe gobernante terrenal, ni político oportunista, que sea mas grande que lo antes expuesto, aunque ellos en la soledad de sus vidas y ante el espejo de su habitación que nada oculta, les diga en su cara que nada son si no tienen la entereza, dignidad y humildad que se requiere cuando de dirigir un pueblo se trata. Quizás se crean grandes, y posiblemente los demás lisonjeros a su alrededor se lo hagan creer, pero potentes naciones han caído bajo la embestida de la naturaleza por no creer que nada somos, ni seremos, si no pedimos ayuda al que sí nos la brindará cada vez que lo necesitemos.

Somos humanos e imperfectos, y limitados en muchas cosas, pero creo que podemos aprender todavía.

Aprender que la vida tiene un ayer, hoy y mañana, y que el presente puede ser el maestro que necesitamos para evitar los errores del futuro.

No podemos adivinar lo que nos depara, si otra cruel enseñanza o miles de bendiciones, pero debemos de estar preparados para cualquier eventualidad, sin importar lo dura que pueda ser. No es con recriminaciones ni endilgarle culpas a otros como podemos volver a levantarnos, sino con mucho trabajo y sacrificio que, quizás, algún día, deje en el pasado las malas decisiones y administraciones que juraron ante un pueblo ser la diferencia, y que al final, solo resultaron ser aves de paso por creer que podían ser más grandes que Dios.

La vida se encarga siempre de recordarnos que no somos inmortales ni sabios, y que lo que hagamos mal ahora tendrá su consecuencia mañana.

Los primeros días y meses después del ataque lucimos como un pueblo compasivo y solidario, y lo que antes rechazábamos por orgullo luego lo aceptábamos con humildad de espíritu. Lástima en ese sentido de que las cosas hayan vuelto a ser como antes, o quizás hasta peor, pues lejos quedaron esos sentimientos y unión de un país ante los embates de la naturaleza, para volver a caminar el mismo camino que juramos no volver a recorrer en esas oscuras y largas horas de agonía ante la acometida del monstruo.

Pienso que a veces no aprendemos la lección, cabeciduros al fin.

Solo espero que el profesor no repita la clase mañana, ni nunca, pues nos colgamos de nuevo…

Originally posted 2018-08-09 16:51:14.

Cuando mis ojos lloraron hoy

Cuando mis ojos lloraron hoy

Las primeras horas del amanecer siempre son las más oscuras en mi vida, pues la tristeza que me asola es compañera inseparable que nunca se aleja, aunque le caiga a patadas, ni la desazón que me invade tiene compasión conmigo cuando de abrumarme se trata.

A veces me despierto en medio de la noche, y permanezco con los ojos cerrados, inmerso en pensamientos que siempre tratan de imponerme su voluntad a capricho como si un muñeco o títere yo fuera. A veces lo logra; otras no.

Hoy lo consiguió. Tristemente. Traté de evitar que traspasara la zona de serenidad que aún conservo a duras penas en mi presente actual, y me invadió. Los pensamientos que nadie desea, el sentimiento del que muchos huyen despavoridos.

Pájaros portadores de pesimismo que hacen su nido sobre tu cabeza, y luego son reacios a marcharse, aunque sepan que no son bienvenidos. El pensamiento de la derrota, el dolor que experimentas, del desaliento que no te libera, y el carcelero déspota que no afloja las cadenas, aunque clemencia pidas.

Permití que me alcanzara, y hoy, al despedirme de mi ser amado, no pude evitar que mis ojos se aguaran, nublando mi visión al encender el auto y proseguir la marcha. Miles de cosas pasaron por mi mente, y el caudal de sentimientos encerrados en mi corazón se desbordaron como torrente violente que destroza todo a su paso.

Me sentí abatido por infinidad de cosas. Abrumado por la vida y abandonado a la deriva sin esperanza de encontrar un puerto seguro al que dirigirme en busca de mi salvación.

Sé que algo sucederá que alegrará mi existencia y la encarrilará al camino que una vez seguí, y que muchas puertas se abrirán en su momento cuando Dios así lo disponga, pero en este instante me siento decaído, sin fuerzas para seguir adelante y luchar por lo que puedo lograr de así desearlo.

Los pasados meses no han sido fáciles. Los golpes se han sucedido uno detrás del otro, pero no me han derrumbado definitivamente. Pierdo la ilusión de vivir en ocasiones, pero luego recuerdo que todavía hay personas a mi alrededor que confían en mi plenamente, y me aman, y trato de desterrar toda esa negatividad y pocos deseos de batallar que me restan, y abro mis ojos en medio de la madrugada, y sonrío.

Todavía me queda algo por lo que luchar, y Dios no permitirá que caiga en el campo de batalla sin antes haber conseguido lo que tanto anhelo.

Volver a ser el que antes fui. A pesar de las lágrimas…

Originally posted 2018-08-06 13:56:11.

No eres segundo

No estás por debajo de los demás ni tienes que seguir a otros; estás en este mundo para crear tu propio lugar en el mismo. No te conformes ni aceptes lo contrario

Originally posted 2018-04-29 13:25:07.

Lo que viven muchos

Una vida llena de miedos, de dudas, de temor a lo desconocido, y de terror a tomar decisiones, es lo que muchas veces ocasiona que, al momento de recapitular nuestra existencia, descubramos ya tarde que hubiéramos sido más felices con solo habernos atrevido un poquito a salir de nuestra zona de confort.

Originally posted 2018-04-22 11:38:15.

Rutina

Si algo no te funciona, cambia el método, pero no abandones tu sueño

Originally posted 2018-04-16 17:39:57.

No intentarlo

Fracasar completamente es cuando nos rendimos ante la vida y dejamos de perseguir nuestros sueños. Siempre hay que intentarlo una vez más, hasta morir…

Originally posted 2018-04-15 10:22:20.

¿Morir?

A veces el no vivir a plenitud significa una muerte lenta de nuestros sueños

Originally posted 2018-04-14 23:18:14.

María, el huracán que transformó nuestras vidas, en PDF (3 artículos)

María, el monstruo que no esperábamos…

 

Al momento de escribir esta serie de artículos, lo único que me motivaba a hacerlo era plasmar por escrito los sucesos de esa amarga fecha del 20 de septiembre de 2017 cuando María irrumpió violentamente en nuestra isla y en nuestras vidas y trastocó todo por entero. Fueron largas horas de agonía en la oscuridad que despertaron en nosotros viejos terrores de cuando éramos niños y nos hallábamos solos en la casa en medio las sombras de la noche, y no osábamos gritar pidiendo auxilio porque la voz no nos salía y nuestro cuerpo no respondía ni siquiera para echar a correr. Terrores que nos paralizaron entonces, horrores que nos derrotan ahora, e incertidumbre de un futuro que no sabemos si llegará a ser normal como antes. Le pido a Dios mucha fortaleza para los que perdieron todo, y entereza para comprender que la vida puede comenzar después de una larga noche de dolor…

Puede obtenerlo aquí en PDF: https://petervergara1.online/wp-content/uploads/2018/08/Amaneciendo_en_el_dolor_2.pdf

 

 

 

Originally posted 2018-08-02 21:46:21.

Comoquiera brilla

Sin importar las circunstancias negativas que invadan nuestra vida, siempre existirá la certeza de que saldremos airosos de ellas, porque nuestra luz interna es suficiente para derrotar a la oscuridad que nos rodea…

Originally posted 2018-04-13 00:31:22.

¿Eres de los que temen hacerlo?

Una de las cosas que más impiden tu progreso y bienestar es tu temor para hacerlo, lo que sea, desde hablar con otra persona, pararte frente a un público a hablar, conducir por primera vez un carro, invitar a la persona de tus sueños a pasear e ir al cine, ir al gym a hacer ejercicios porque crees que es una pérdida de tiempo, y otras situaciones adicionales.

Titubeas, dudas en el paso a dar siguiente, las palabras y tu decisión no aparecen, piensas que el universo entero conspira contra ti por tu miedo, y sientes como un mazo enorme encima de ti cuando tienes que hacer algo que te inspira pánico.

Un aumento de sueldo que no pides, tu pareja que te abandona, el terror a permitir que los demás vean en tu interior y se burlen de lo descubierto, son sentimientos paralizantes que te detienen en la marcha, y no sabes cómo adquirir la confianza necesaria para enfrentar tus monstruos internos.

Creo que cualquier ser humano siente miedo no una, sino muchas veces, en el trascurso de su existencia, y es natural. Lo desconocido nos aterra, aunque sepamos que detrás de ese muro se encuentra lo que deseamos con fervor, y que el solamente superarlo conlleva un sinfín de cosas buenas y bendiciones para ti.

¿Cuántas veces me he levantado por la mañana, aterrado? En infinidad de ocasiones. La noche antes no logro conciliar el sueño, mi cama se convierte en un campo de batalla que no puedo derrotar debido a los miedos que me atosigan continuamente, y el mañana, o sea, mi futuro próximo, no quiero que llegue y traiga nuevos miedos que sean mas gigantescos que los anteriores, y son bastantes.

Mi existencia completa es un libro de oportunidades perdidas y sueños truncados. El carril rápido es demasiado atemorizante para tomarlo, y me quedo en el carril lento, el seguro, mientras los demás se aprovechan de mi indecisión para llegar antes a la meta ansiada.

¿Te parece conocido todo lo expuesto? ¿Eres de esas personas que temen hacerlo? Lo que sea, como dije anteriormente.

¿Te sientes feliz por esta situación, o quieres hacer algo para salir del marasmo en el que te encuentras por tus miedos?

¿Cómo amaneciste hoy?

Buena pregunta, ¿verdad? Sin embargo, es una interrogante que nos formulamos cada día al levantarnos de la seguridad de nuestra cama, y en la gran mayoría de las ocasiones, quisiéramos arroparnos nuevamente, cerrar nuestros ojos, y volver a ese calorcito agradable que nos brinda las sabanas y la cama.

Bajo ningún motivo quisiera yo levantarme, te dices a ti mismo, pero qué remedio, tengo que hacerlo, tengo que llevar los nenes a la escuela, la esposa, yo llegar al mío, y otra vez la misma rutina diaria que has venido siguiendo como un autómata cada día por los pasados años.

Una rutina que te agota emocionalmente, que no te brinda aliciente de ninguna clase, que te aburre hasta morir, pero morir en vida, porque sigues haciendo exactamente lo mismo y lo mismo minuto a minuto, hora tras hora, día tras día, mes tras mes, y año tras año.

Y la cosa parece no mejorar. Pareciera como si se hubiesen olvidado de ti a la hora de repartir felicidad y prosperidad, y que unos pocos, los escogidos, fueran los recipientes de la Hada Fortuna.

Qué mal, ¿verdad? ¿Y qué prefieres hacer ahora? ¿Nos sentamos a llorar como siempre haces? ¿Comienzas a lamentarte, como ha sido tu estilo por los pasados tiempos, cada vez que las cosas te salen mal? ¿Te dan deseos de salir corriendo, y no detenerte hasta llegar al mismo lugar de donde saliste? O sea, corriste. ¿Para qué? ¿Para regresar a tu sitio de origen, la desesperanza y vacío en que se ha convertido tu existencia desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdas?

¿De qué te sirve correr, si vas a regresar al mismo sitio?

¿Por qué no corres, pero hacia tu felicidad, hacia tus metas y sueños, hacia tu libertad completa como ser humano que tiene derecho a ser feliz y vivir a plenitud, de persona con sentimientos y deseos que aspira a un mundo repleto de dicha, de bienestar, de cosas buenas?

¿Por qué te detuviste al leer estas palabras? ¿Por qué no seguiste corriendo? Si ya estás en carrera, ¿por qué no aprovechar, y conviertes tu carrera inútil de ahora en la carrera por una vida plena?

Levántate cada mañana, sí, pero con la convicción de que ese día va a ser el comienzo de una carrera hacia tu bienestar, hacia la luz del túnel que ansiosamente siempre has querido ver, hacia el mundo maravilloso que siempre has anhelado encontrar y ver, pero que como en los pasados tiempos has sido golpeado y vilipendiado, y te has refugiado en tu conformismo y tristeza, en vez de luchar por superarlo, no has podido finalmente hallar.

Te lo sigo repitiendo hasta el cansancio. Si te consideras en el último eslabón de la cadena, y ya no hay espacio ahí abajo, ¿por qué no comienzas a subir, poco a poco, centímetro a centímetro, hasta llegar a dónde quieres? Si ya no puedes llegar más abajo en tu dolor y sufrimiento, y estás estancado dentro de la cárcel de tu conformismo, ¿por qué no tomas la decisión, ahora, de vivir tu vida?

Pero no como otros quieren, sino como tú deseas. (Extracto del libro Adiós a mis miedos, hola a mi nueva vida, escrito por Peter Vergara)

Deja atrás tus miedos, deséchalos, no permitas que se vuelvan a alojar en tu corazón, saca de tu vida todo lo que te impida avanzar, y comienza de nuevo.

El miedo no puede impedirte ser feliz si así lo deseas. Al contrario, puede ser lo que necesitas para que despiertes a la hermosa realidad de que todo puede ser posible, de que tu existencia puede cambiar radicalmente para bien, de que la felicidad se encuentra a nada de conseguirla.

Y todo esto lo puedes lograr.

Si pierdes tu temor a hacerlo.

Originally posted 2018-04-06 10:08:47.

Nos olvidamos de ser humanos

Nos olvidamos de ser humanos

Cuando era niño y luego adolescente jugaba con todo y con todos, ya fueran carreras, juegos de mesa, beisbol, un poquito de baloncesto y otras cosas para pasar el tiempo. Era feliz, como cualquier jovenzuelo comenzando a experimentar sensaciones desconocidas y sentimientos nuevos.

Respetaba a mis padres y a toda persona mayor, so pena de castigo si no lo hacía. La correa volaba derechita hacia mi cuerpo si me atrevía a desobedecer a la autoridad vertida en ellos, y mis padres sí que se daban a respetar.

Pero eran chiquilladas y maldades, como hacían todos los demás, y cuando la miseria es compartida duele menos, por lo que me acostaba esa noche pensando en el día siguiente y me olvidaba de todo lo acontecido durante las horas pasadas.

La familia era nuestro centro, y los amigos y vecinos eran parte de ese complemento que hicieron aflorar en nuestra sociedad isleña la noción real de que éramos puertorriqueños bondadosos y hospitalarios. Siempre, como en todo, existe su excepción, pero la inmensa mayoría del pueblo lo era, y esa faceta nos distinguía dondequiera, dentro o fuera de Puerto Rico. Sabíamos ayudar y dar cuando hacía falta, sin que nos lo dijeran, y vivir, dejando vivir a los demás. No molestábamos al vecino con música alta y ruidos innecesarios, y cooperábamos en la vecindad si así nos lo requerían. Un entorno social quizás no perfecto, pero llevadero.

Y así crecí, como todos, lógicamente, y mundos nuevos se abrieron ante mí, aprendiendo y cometiendo errores; viviendo y dejando vivir. Era feliz, y creo que una vasta parte de mi pueblo lo era, a pesar de las limitaciones existentes en esa época de estrechez económica, primero, y luego un poquito de bonanza monetaria gracias al nacimiento industrial en los años 40, aunque todavía yo no había nacido. No soy tan viejo, quizás un poquitín estropeado nada más. Fueron tiempos diferentes al presente, pero bonitos, ricos en tradiciones y amor patrio.

Las décadas siguientes trajeron grandes cambios políticos y sociales, con el bagaje que implicaba, por ende, pero todavía se conservaba parte de nuestra idiosincrasia como pueblo. Aún nos maravillábamos por cualquier suceso que nos tocara vivir o sentir.

No recuerdo, o no sé, el momento en que comenzó la desintegración como pueblo, y la indiferencia ante todo que ahora se ha convertido en nuestra bandera enarbolada, junto con la apatía de emprender cosas nuevas que nos ayuden a salir del marasmo económico y social en el que nos encontramos ahora gracias a las malas decisiones de prácticamente todos los gobiernos que nos ha tocado soportar por los pasados años. No estoy diciendo nada nuevo. Estamos en una encrucijada histórica por no saber elegir a las personas adecuadas, y ahora pagamos el precio. Necesitamos gente de pueblo, que haya sufrido en carne propia la escasez económica y estrecheces de todas clases, que escuche a la gente, que no prometa cosas en vano, y que tenga el deseo sincero de trabajar día y noche, para realmente, quizás, tener una oportunidad de volver a ser lo que una vez fuimos.

Hemos perdido la esencia como seres humanos paulatinamente. Luego del huracán, se vio un resurgir debido a las condiciones precarias en que quedó nuestra isla, sin energía eléctrica, agua, gasolina, y artículos de primera necesidad, sin obviar los comestibles. Los vecinos se ayudaban, la oscuridad y las cosas se compartían, las interminables noches repletas de mosquitos servían para confraternizar con el vecino al que nunca buscábamos, y una corriente de solidaridad nació entre todos los puertorriqueños, pues todos atravesábamos por las mismas penurias.

Pero esa corriente se fue evaporando según se restablecían lentamente los servicios esenciales, y la gente se fue alejando el uno del otro, desafortunadamente. Perdimos ese poquito que habíamos recuperado, y volvimos a ser lo que éramos antes, un pueblo en el que cada uno vela por sí mismo, y la sonrisa que antes exhibíamos junto con el ay bendito se borró de nuestros rostros. Ya todo estaba bien. Las penurias pasaron, y el universo volvía a su normalidad. En muy poco ayudó también el desmadre gubernamental que sufrimos en esas primeras semanas en que no sabían qué hacer, derivando esta situación en la tardanza de ayuda al ciudadano. Sufrimos de más por la ineptitud de unos pocos, y lo reconocimos así, pero de regreso al presente, posiblemente seamos tan ciegos de volver a incurrir en el mismo error en tres años, y montar nuevamente al mismo o a otro diferente. No hace diferencia, sinceramente. Puerto Rico se encuentra tan perdido en el horizonte, que es difícil, pero no imposible, que podamos regresar al camino de progreso y solidaridad que una vez existió. Puede levantarse. Es cuestión de quererlo sinceramente. El puertorriqueño puede hacerlo.

Nada de lo expresado anteriormente nos devolverá esa humanidad sincera que en su momento tuvimos, y nada tampoco regresará la alegría a nuestras vidas con la que despertábamos a un nuevo amanecer. Lo único que le pido a Dios es que otro ciclón no sea necesario para que aprendamos a ser humildes y humanos, pero esta vez finalmente.

Originally posted 2018-03-31 09:21:01.

Una gran verdad

Cuando nos rendimos ante la vida es que comienza el principio del final de nuestros sueños y esperanzas. Es triste ser únicamente un cuerpo andante sin ninguna ilusión ni aliciente por algo más que meramente existir…

Originally posted 2018-03-28 06:16:26.

Creo en mí

Siempre existirán personas a tu lado que te dirán que jamás lograrás tus sueños, que los mismos son imposibles, y que eres un iluso porque no tienes la capacidad e inteligencia para lograrlo. ¿Sabes algo? No necesitas a nadie ni que crean o no en ti, si tienes la fe suficiente y la confianza de que sí alcanzarás tus metas. Sigue adelante y nunca te detengas por nadie. Son perdedores que no saben luchar por lo que quieren…

Originally posted 2018-03-26 21:11:15.

Cansado y sin fuerzas (1)

Cansado y sin fuerzas
¿Quién no se ha sentido así en ocasiones? ¿O siempre? ¿Uno de esos días que se convierten en meses y luego años, y parecen no tener fin?
La desesperación hace presa de ti, te agarra por la cabeza, tu mente, tus emociones, tu psiquis, y va descendiendo lentamente hasta que comienzas a padecer de dolores físicos que son consecuencia de este sentimiento de impotencia que un día llegó y no se quiere alejar.
Puede ser causado por un sinfín de razones, desde problemas familiares, económicos, pérdida de empleo, de pareja, con amigos o familiares, hasta con el que menos uno espera, pero empieza así, con una discusión posiblemente, un mal rato pasado, una palabra que te hirió y te llegó al alma, en fin, por cualquier cosita puede empezar tu caída desde el cielo hasta el infierno, y no entiendes qué te sucede, no quieres escuchar consejos, y tampoco buscar ayuda que pueda hacerte comprender la razón principal por la que te sientes como nada ni nadie.
En mi caso particular, en muchas ocasiones me siento así, como nada, como un pequeño granito de arena al que nadie hace caso ni le importa a los demás, y me desespera saber que estoy mal, que me encuentro al borde del abismo, que estoy a punto de estallar porque no entiendo que la vida me trate así, y que me castigue con tantas aflicciones cuando creo no merecerlas.
Cualquier ser humano, en un momento dado, sufre lo mismo que tú o que yo, y también se mira al espejo y no entiende el porqué de sentirse así.
Aquí únicamente existen dos soluciones: o te hundes para siempre, rumiando tus pesares al que quiera escucharte y lamentarse contigo, o resucitas de entre los muertos de ánimo, de vida, en el que te encuentras, un mundo gris sin esperanzas ni ilusiones, y das un paso adelante para salir del marasmo emocional y físico en el que te encuentras sin tener culpa.
Yo me encontré en esta situación, me vi en el espejo, y no me gustó lo que veía, un hombre derrotado sin ilusiones y sin felicidad, y traté con mis propias fuerzas de escapar del agujero negro en el que mi existencia se había convertido.
Los primeros días no pude; sabía que tenía que realizar un pequeño esfuerzo solamente para comenzar mi recuperación, pero no me atrevía a darlo.
Cuando la vida te pone contra el ensogado, golpeado sin misericordia, atrapado por todos los flancos, y no puedes huir, es cuando tienes que respirar profundamente, abrir tus ojos a la cruda realidad, y decidir dar ese paso inicial en la escalera de la vida hasta el tope en el que una vez estuviste.
Puedes hacerlo, subir peldaño a peldaño por esa larga escalera, pero yo no puedo decirte cómo debes de hacerlo, ni el momento apropiado, aunque eso lo reconoces cuando las lágrimas sin razón aparente surcan tus mejillas y las fuerzas te flaquean, y entiendes que ya no hay más camino que el que debes de tomar para subir la escalera, hasta arriba, y para abajo ni mirar, a no ser que sea para recordar lo que sufriste y no tienes que sentir nuevamente y luego olvidar la razón por la que llegaste tan abajo.
La depresión es algo triste, que engarrota tu vida, cerebro y cuerpo, y que te impide avanzar, aunque lo desees, pero cuando te sumerge en un segundo en la idea negra de acabar con todo por que ya no tienes esperanza, es cuando la única alternativa para no sucumbir es sacar de tu corazón lo poquito que te queda, la gasolina que todavía queda en el tanque, y comenzar a andar hacia el primer peldaño de la escalera.
Puedo escribir docenas de libros o de consejos sobre esto, pero cada caso es particular, y los remedios que posiblemente le funcionen a otra persona quizás no te sirvan a ti, o las palabras reconfortantes de un ser amado caigan en oídos sordos porque no quieres, o no puedes, escucharlas ya y aplicarlas a tu existencia abatida y sin alicientes para seguir viviendo en el universo de felicidad que tú, como ser humano, necesitas y mereces.
Sal de tu abismo, alegra esa cara, sonríe, aún tienes tiempo de hacerlo, te queda una vida para superar tu tristeza y dolor, y tienes gente al lado que te pueden brindar su apoyo en este tranque emocional que tienes encima. No permitas que un día, o un mes, o años de infelicidad te destruyan para siempre, pues, aunque no lo creas, todavía hay esperanza y la alegría de vivir y de reír no está vedada para ti.
Solamente tienes que decidir, hoy, no mañana, no sigas esperando una solución milagrosa que no ha de llegar, pues la solución a todos tus pesares se encuentra únicamente en ti, y en la fortaleza necesaria que debe salir a la superficie desde tu corazón. Nadie más puede regalarte la felicidad, y menos estas palabras, aunque ayuden un poco. Escribo todo esto porque me siento así, sin esperanzas, pero estas palabras y mi actitud guerrera lograran sacarme a flote de la tristeza que ahora experimento, como antes lo hice sin quedarme derrotado.
Eres tú el que tiene que regalarse una oportunidad para vivir plenamente.
¿No crees que hoy sería un buen día?

Peter Vergara

Originally posted 2018-03-26 10:28:56.

Comienzo

Cuando alcanzamos el supuesto final, es que nos impulsamos para emprender un nuevo comienzo…

Originally posted 2018-03-22 04:30:06.

Gris (tristeza del alma)

Gris
La dócil y lánguida brisa del amanecer acaricia mi rostro impávido ante la misma, pero a la misma vez toca mi ya fatigado espíritu resquebrajado ante los embates de una vida que no acaba de admitirme como tal. El frío del nuevo amanecer me hace tiritar, y a la vez reflexionar.
Miles de ilusiones perdidas por el camino; lágrimas caídas a raudales por unas mejillas que ya dejaron de ser juveniles para entrar en los años finales de un destino marcado desde su infancia para ser grandioso, pero que por una u otra razón se quedó trunco en los albores de un sueño que nunca se realizó.
Mi esencia se perdió en la batalla por lograr mi pleno yo, y nunca lo recuperé por estar inmerso en tantas luchas estériles que en nada aportaron a mi crecimiento como ser humano, pero que sin embargo me fueron empujando cuesta abajo hasta el fondo del abismo en que mi vida, finalmente, se convirtió.
En un clamor desesperado imploro a lo alto, buscando el solaz que mi alma necesita urgentemente, pero no llega; no encuentro la paz que busco ni menos la felicidad que un simple detalle hace estallar como en tiempos lejanos en todo mi ser.
Ya mi existencia camina mustia hacia el atardecer, y las flores de la vereda ya no despiden fragancias frescas ni trascendentales para mí. No soy el mismo. Nada me alegra. ¿Acaso he sido feliz alguna vez? ¿Cuánto tuve que perder para llegar hasta aquí, abatido y vacío como nunca?
He cerrado mis ojos, buscando respuestas, y únicamente una solemne placidez se palpa alrededor de la silla en la que me encuentro sentado escribiendo estas melancólicas líneas cargadas de desaliento y frustración, y el miedo se apodera de todo mi cuerpo, quizás por presentir, que el final de mis anhelos se acerca velozmente si no me detengo en esta frenética carrera hacia la oscuridad del letargo y me afianzo finalmente en la orilla del alma para no seguir cayendo, y decido volver a ser lo que antes fui…
Peter Vergara
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Originally posted 2018-02-20 13:44:36.

Un día normal en la indolencia de una existencia cualquiera…

Sentado enfrente de mi laptop, observando con indiferencia la página en blanco que parece burlarse de mí por mi falta de ánimo para redactar algo, cualquier cosa, un mensaje, relato, libro, lo que sea, con tal de salir de este marasmo intelectual y personal en el que hoy me hallo inmerso sin querer. Un día normal.

Estoy cansado, hastiado de muchas cosas, impotente ante los acontecimientos, perplejo ante la vida que me tiene agarrado por los hombros, amarrado a un asiento imaginario del que no logro levantarme, aunque quiera, y aunque los demás me impelen a hacerlo.

La zona de confort es engañosa. Te susurra levemente al oído esas cosas que deseas escuchar, los mensajitos dulces de no hagas nada hoy, ya habrá un mañana, y cositas así por el estilo, y uno, estúpidamente, los acepta como buenos, cierra los ojos, y a descansar un poco, que ya vendrá otro día.

Y así pasan los días, los meses, los años; la vida, y cuando quieres sacudirte toda esa comodidad de la que te has encariñado por tanto tiempo, entonces despiertas, incrédulo, atontado, desesperado, porque ya tu existencia se acaba, avanza inclemente hasta el ocaso de tu vida, y nunca pudiste hacer nada por ser un verdadero estúpido que les hacía caso a todos, menos al que debías de escuchar: tu propio yo.

¿Tanto tiempo tuviste que esperar para aceptar que jamás serías alguien si te quedabas sentado frente al tren de la vida sin atreverte a agarrarlo en la siguiente estación? ¿Te das cuenta de que, no solamente perdiste el tren, sino tu propia vida? ¿De que ya no habrá una segunda oportunidad para ti?

¿No soy entonces el culpable de mis propias lágrimas? ¿No me aconsejaron en mi niñez que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy?  ¿En mi adolescencia? ¿En mi adultez? ¿En mi madurez tardía?

No obstante tantos buenos propósitos y consejos, nunca les hice caso por creer que el mundo giraba únicamente a mi alrededor, y de que los demás no tenían ni voz ni voto en mi vida, lastimosamente desperdiciada por no saber escuchar más allá de mi castillo de arena donde era mi propio rey.

Tarde descubrí que no puedes ser tu propio rey cuando no sabes escuchar, y que tampoco serás el pasajero feliz y exitoso en el tren de la vida cuando no has descubierto que, no importa el momento ni la estación que escojas, lo importante es que salgas finalmente de tu comodidad fabulosa, y corras como un poseso detrás de ese tren que, posiblemente, pase una sola vez. A veces dos, o tres. Nadie sabe. Pero pasa. Siempre existe una oportunidad más. Aprovecha tu día.

No dejes el hoy para después. Si mueres, entonces todo habrá acabado.

Y ya no podrás seguir lamentándote por tu indolencia, ¿no crees?

Peter Vergara

Originally posted 2018-02-12 17:48:38.

Tu Dios no es mi Dios (artículo escrito por Peter Vergara para El Magacín de España) 2016

Cuando era niño, mi familia todas las semanas, los fines especialmente, me arrastraban a sus frecuentes visitas a sitios donde una espiritista, o médium como le llamaban las malas lenguas, les leía su futuro ya fuera por medio de una tinaja de cristal, cartas, u otra manera no muy religiosa que digamos.

A mí en lo particular, me asustaba ver todos esos aspavientos que realizaba este llamado profesional de los espíritus, y a veces me escondía detrás de los muebles para no verlo, y no se percataran de mi presencia obligada en ese lugar.

No siempre tenía suerte. Mi madre, especialmente ella, me presentaba con la médium, porque casi siempre era mujer, no muy joven que digamos, con su cabello recogido en un mono, y despidiendo un aroma inconfundible a agua maravilla que embotellaba los sentidos de cualquier pobre ser humano que osara entrar en su radio de olor.

Como decía, no siempre me escapaba, y me tocaba entonces aguantar el temor que sentía ante los movimientos bruscos de los pies a la cabeza que la señora practicaba encima de mí. Cerraba los ojos, y la escuchaba vociferar todas las cosas buenas, y otras no tan buenas, que emanaban de mi esencia espiritual. Hasta un nombre de mujer menciono que iba a ser el gran amor de mi vida, y la madre de mis tres hijos.

Todavía, a mis años, ni he conocido Raquel alguna, y mucho menos tengo tres hijos. Como que no le atinó a esta profecía.

Pero nada, volviendo a mis andadas espirituales de la niñez, estos viajecitos cada vez ocurrían con más frecuencia, mientras mis padres se adentraban más y más en los mundos espirituales donde los habitantes de los mismos hablaban a través de la voz de cuanta persona o médium los convocara. La famosa Ouija tampoco faltó en mi casa, y también fue un chasco increíble pues no adivinaba nada de nada. Al contrario, nos haca reír a cada rato con las tontas respuestas que brindaba a nuestras optimistas preguntas.

Nunca es bueno, ni recomendable, saber nuestro futuro. El destino ya está escrito de antemano para cada ser humano, al menos eso quiero creer para no pecar de incrédulo, y lo que está para nosotros está, sin importar el momento ni la hora.

No está en nosotros jugar a ver el futuro y lo que nos depara. Bueno, en este tema abundaremos al final. Sigamos con lo nuestro, que es este brevísimo escrito que tiene por cierto un título muy sugestivo Tu Dios no es mi Dios.

Crecí por lo tanto en un hogar donde la espiritualidad era la orden del día, y donde también, lógicamente, se creía en Dios, pero de una manera muy peculiar por así decirlo.

Cuando entro a mis de años de juventud, aún me seguían llevando a estos lugares, pero ya no tan frecuentemente como antes. La percepción que yo tenía de estos procedimientos había cambiado, y como todo joven que se jacta de ser invencible e intocable, y muy a la moda, no creía en nada de esto, y menos en un ser superior. Dios no existía para mí, no servía para nada, era un invento de mentes sojuzgadas que necesitaban ser dominadas por cosas o entidades invisibles que permitían que todo lo malo pasara en este mundo, y que cuando los seres humanos débiles los necesitaban, jamás acudían a ese llamado de auxilio.

Dios no existía. Nunca existió. Yo lo creía así, mis amigos me lo decían; la vida misma se encargaba de confirmarlo en cada suceso triste, en cada terremoto que destruía países enteros y mataba decenas de miles de personas, cuando un pederasta abusaba de un niño, en cada asesinato sin resolver, en la maldad existente en todos los rincones del mundo; en fin, Dios no existía, porque no podía existir si permitía que la muerte y la desolación gobernara, sobre todo y todos.

Así pensaba y sentía yo, encerrado en una burbuja de cristal en la que no permitía entrara nada que no quisiera o autorizara. Era mi mundo; el universo de la falta de fe en lo invisible, y en donde me desplazaba a mis anchas, porque para mí, únicamente había un Dios, y no era el que supuestamente habitaba en los cielos y era omnipotente y omnisciente.
El Dios que yo idolatraba eran mis cosas materiales, la Internet, el iPhone último modelo, mi iPod, mis Blu-ray, los juegos electrónicos, el armario repleto de ropa nueva de diseñador de la última moda, en fin, todo lo moderno y caro que me pudieran costear mis atribulados padres, que luego de su fracasado experimento espiritual, ahora se amanecían prácticamente en las iglesias tanto católicas como evangélicas o cristianas.

Ahora sus afanes de encontrar sentido a sus vacías vidas se encaminaban hacia otros derroteros, y agradecido estaba de que ya no me incluyeran en sus tonterías religiosas.

Mi universo giraba en torno a otras cosas más terrenales, y me encantaba, no podía negarlo. Tenía todo lo que se me antojara y más.

Prácticamente no compartía con mis padres. Vivíamos en universos paralelos pero distantes a la vez. Lo prefería así. Mientras menos nos viéramos, más felices estábamos.

Así en esta apacible existencia me convertí en adulto, termine mis estudios, me gradué de abogado, me case con una hermosa y excelente mujer, Luisa, y tuve la dicha de convertirme en padre de una bella niña, Marianne.

Mi vida transcurría como en un cuento de hadas. Todo iba bien, el dinero, gracias a mi profesión de abogacía, entraba a raudales, Luisa y yo nos compramos una majestuosa residencia a las afueras de la ciudad, y como dije anteriormente, el universo nos sonreía a cada minuto. Si de niño me creía la última Coca Cola del desierto, ahora en mi adultez me consideraba lo mejor en todo, el que siempre tenía la razón, y al que nadie osaba contradecir. Jugaba todas las noches con mi consentida niña, quien ya contaba con seis años.

Hasta que el castillo de naipes en que se había convertido mi mágica y perfecta existencia se derrumbó estrepitosamente.

Mi consentida, la luz de mis ojos, había enfermado. Lo que se pensó era un resfriado común, resulto ser uno de los primeros síntomas de una grave enfermedad, prácticamente desconocida, y para la que no había mucha esperanza de vida.

Ahí fue cuando supe que yo no era lo último de la avenida, ni mucho menos, mejor que los demás. Era un hombre de carne y hueso, desvalido, sin esperanza, e impotente ante la mortal enfermedad que amenazaba llevarse entre sus crueles garras a la niña de mis ojos, mi querida Marianne, lívida y demacrada, y reposando entre las blancas sábanas de su cama, en el hospital donde la atendían.

Ya los médicos se habían reunido con Luisa y conmigo para dialogar sobre las escasas expectativas de vida que Marianne tenía, el tratamiento a seguir a pesar de todo, y todas esas cosas que iban a ser necesarias y urgentes a seguir si queríamos vencer a la muerte en esta ocasión. Nuestro menguado optimismo se derrumbaba ante cada palabra de los doctores, y no podíamos creer que todos nuestros esfuerzos iban a ser inútiles; que perderíamos a Marianne.

El corazón se negaba a aceptar la cruel realidad. Todos los recursos económicos de los que disponíamos no eran suficientes. El dinero no compra la salud, y tarde lo supe.

Mi esposa Luisa, sin embargo, conservaba la calma. No parecía estar tan desesperada como yo, y muchos menos derrotada ante toda esta abrumadora y dolorosa situación.

Aunque era más joven que yo, Luisa había crecido en el seno de una familia cristiana, de valores, muy diferente a la mía. Mi esposa creía fervientemente en la bondad de las personas, y, por ende, Luisa creía en Dios.

Aunque al principio de nuestra relación habíamos tenido varios fuertes argumentos sobre este tema, lo habíamos dejado en tablas, ella con sus creencias; yo con las mías, que eran no creer en nada, solamente en lo que yo pudiera conseguir sin la ayuda de nada ni nadie.

En unas pocas horas los médicos iban a realizar una ronda de exhaustivos exámenes a nuestra niña en pos de decidir si realmente existía, aunque fuera ínfima, la remota posibilidad de que Marianne sobreviviera al tratamiento requerido. Pero sus miradas no brindaban mucha esperanza.

Esa noche Luisa y yo aguardamos sentados a las afueras de la habitación donde Marianne dormitaba. Fue la más larga de nuestras vidas; eterna por así decirlo.

Sentí que una tibia mano se deslizaba entre la mía. Mire hacia el lado. Luisa me apretaba tiernamente la mano. No supe qué decir. Me dijo:

– Hay una pequeña sala que utilizan los familiares de pacientes que se encuentran en esta misma situación. ¿Por qué no vas y descansas un rato?

– No puedo. No soportaría estar lejos de mi niña- contesté angustiado.

Mi esposa me miró serenamente. Su mirada transmitía un mensaje que yo no alcanzaba a comprender.

– ¿Recuerdas cuando nos conocimos?

– Sí- respondí extrañado por la pregunta.

– ¿Te acuerdas que discutimos por cuestiones religiosas, no recuerdo bien por qué, pero terminamos esa noche enojados, y no nos hablamos por unos días?

– Lo recuerdo vagamente. Me dijiste que tu Dios era mi Dios, y yo te respondí que no, que nunca tu Dios iba a ser el mío, porque no podía creer en algo que desviaba su mirada de los problemas del mundo, y que permitía que los humanos se mataran entre ellos. Claro que me acuerdo perfectamente ahora- dije indignado de que trajera ese tema nuevamente en la conversación.

– ¿Sigues pensando lo mismo? ¿No crees que es un buen momento para reconsiderar tu opinión al respecto? – me dijo dulcemente mi esposa.

Iba a responderle abruptamente, pero algo me detuvo. Observé su rostro dulce y sereno, y me desarmó por completo. Sin mediar más palabras entre nosotros, me alejé por el pasillo en dirección a la sala que antes me mencionara mi esposa, y frente a la puerta de la misma me detuve.

Abrí la puerta. La sala estaba vacía. No era muy grande. El aire estaba impregnado de algo que no supe descifrar en ese momento. Se respiraba una tranquilidad que yo estaba muy lejos de sentir. Comoquiera, me senté en un sofá pegado a la ventana.

Cerré mis ojos. Comencé a recordar mi vida en general, la niñez, juventud, adultez, cada etapa de la misma en cámara lenta, las cosas buenas, las no tan buenas, mis primeras experiencias en los estudios, luego al casarme, el nacimiento de mi hija, el orgullo que siempre sentí por considerarme un mortal afortunado en todos los aspectos, la buena vida que me había dado hasta ese triste instante en que supe lo de la enfermedad de mi amada hija; en fin, rememoré cada segundo de mi existencia hasta ese momento en que me hallaba sentado, solo, en una sala de espera.

La vida siempre me trató bien. Yo, sin embargo, sabía que le había fallado al no creer en ella; solamente creía en mí. Y en más nada.

Pero mi hijita linda se encontraba a pocos metros de mí en una habitación de hospital, aguardando el dictamen final de unos médicos que albergaban pocas esperanzas de vida para la inocente niña.

Sentía como la impotencia y la ira que llevaba guardada en mi pecho estaba a punto de estallar. Un dolor indescriptible por no poder hacer nada, frustración, toda la desolación del mundo anidada en mi corazón.

Recordé el rostro sereno de mi esposa, y sus palabras, que, sin yo desearlo, habían calado hondo en mi ser. Tu Dios no es mi Dios.

Sé que lo dije.

Tu Dios no es mi Dios, volvía a repetirse incesantemente en mi cerebro.

Sé que lo dije.

Tu Dios no es mi Dios.

Caí de rodillas, anegado en llanto, desesperado, buscando mi tabla de salvación, la misma que la vida siempre me estuvo brindando y que yo no supe ver.

Tu Dios no es mi Dios.

Mi corazón había visto lo que mis ciegos ojos no vieron nunca.

Que solamente había un Dios.

Y a ese Dios de todos era el que le imploraba por la vida de mi hijita. Dios del que siempre me burlé, del que renegué con todas mis fuerzas, el Dios que mis padres siempre buscaron en otros rumbos; el Dios que nunca me había abandonado a pesar de mi prepotencia y altanería, el que jamás le dio la espalda a otros seres humanos que atravesaban por la misma situación por la que nosotros atravesábamos en esa hora amarga.

Ese Dios era el de todos, y ahí, de rodillas, llorando, desahogando todo ese dolor que aprisionó mi alma por tanto tiempo, le pedí, humildemente, a mi Dios, que salvara la vida de mi niña.

Y en esa decisiva hora de mi existencia, cuando finalmente dejé atrás todo el pasado que me impidió reconocerlo como verdadero, fue que sentí la liberación de mi espíritu que tanto anhelé sin saberlo, soltando toda esa carga que por mucho tiempo sostuve sobre mis espaldas.

Sentí la paz que solamente algo verdadero podía brindarme.

Tu Dios sí era mi Dios.

Y daba gracias a la vida por finalmente descubrirlo.

Ahora sabía que mi hija iba a estar bien, porque confiaba en algo superior a mi entendimiento, alguien que no puedes ver, pero sí sentir, y lo experimentaba en cada fibra de mi cuerpo y el corazón.

Al levantarme y salir de la sala, iba con una nueva esperanza en mi espíritu, y mi esposa lo notó rápidamente apenas verme. Me miró dulcemente, y me dio un beso tierno en los labios. Agarró mi mano, y así, los dos unidos en un mismo sentimiento, en una misma esperanza y propósito, entramos a la habitación de nuestra hija.

Ambos sabíamos que todo saldría bien.

Su Dios siempre fue mi Dios… Link: https://www.elmagacin.com/tu-dios-no-es-mi-dios/

Originally posted 2018-01-17 01:28:00.

Relato: Una vida simple. (Artículo escrito por Peter Vergara para El Magacín de España) 2016

Al despertar esta mañana como a las 6, apenas abrí los ojos supe que no iba a ser un día normal. El malestar perenne en el cuerpo, el desánimo diario al levantarme, la aburrida idea de otra jornada más, no era la mejor alternativa para levantar mi decaído espíritu. Pero tratando de infundirme una alegría que distaba mucho de sentir, salí de mi cama, directo a las tareas de aseo, rutinarias como mi existencia vacía.

Mientras me tomaba una taza de café, leyendo el periódico que el joven porteador había dejado como siempre tirado frente a mi casa, no pude evitar el recordar una época de mi vida que creí olvidada.

Mi niñez. Una época en la que corría con mis amigos de la escuela, participaba en los juegos de deportes, aunque nunca fui muy bueno en la práctica de los mismos; entraba al salón de clases, pero las materias escolares no entraban en mi mente, los regaños de mis profesores porque siempre mi pensamiento estaba distante, las asignaciones que invariablemente mi madre terminaba de hacer ya que al llegar a mi casa iba directamente a encender el televisor, el acostarme temprano porque al otro día había clases, y todas esas pequeñas y grandes cosas que conformaron mi niñez, y que ahora, sin saber por qué, asaltaban mi corazón esta temprana mañana del domingo mientras leía el periódico.

Cuando niño, todo lo que anhelaba era jugar, divertirme, no pensar en nada, porque, al fin y al cabo, mi niñez se componía de todo, y de nada. Mi única responsabilidad era conmigo mismo, y era el ser feliz sin importar nada.

“Todo, se extravió en aras de cosas más importantes que nunca llegaron.”

Eso era la felicidad para mí, cosas pequeñas que se erigían en un todo conformando mi existencia de temprana edad, pero que con el transcurso de los años y de las décadas, se convirtieron en hermosos recuerdos de un ayer que inexplicablemente, estoy añorando en esta mañana del domingo, solo, en la inmensidad de una habitación que me devuelve la mirada que poso sobre ella sin respuestas a mis preguntas:

¿Qué paso con mi vida? ¿En qué momento perdí la inocencia y alegría de mi niñez para convertirme en un adulto amargado?

Al encontrarme con mi soledad existencial de lleno en esta mañana del domingo, recordé todas esas cosas bonitas, los amigos entrañables, la familia unida en las ocasiones festivas, el primer amor que nunca se olvida, también la primera decepción amorosa que te marca de por vida, mi primer empleo, el disgusto inicial con el jefe por no seguir sus instrucciones en una tarea, el torpe comienzo de mi primera cita amorosa con la mujer que luego se convertiría en mi esposa y madre de mis dos hijos, todo eso, en breves minutos, recordé con tristeza en esta mañana.

Y no pude evitar el llorar, llorar por lo perdido, por los errores cometidos, por las personas que ya no se encuentran a mi lado, por la esposa que no supe conservar por enamorarme de otra chica más joven, por el cariño extraviado de unos hijos para los cuales nunca tenía tiempo de atenderlos y quererlos como ellos me pedían a cada rato, por todas esas oportunidades grandiosas que tuve para ser feliz en el transcurso de mi existencia, y que yo estúpidamente, deje ir por estar cegado en mi efímera juventud y mi pretenciosa percepción de que iba a ser importante para siempre. Nada es para siempre; nada es eterno.

Todo eso lo perdí; todo lo que amaba y no sabía que amaba, pero que ahora, en este triste domingo, sentado frente a una taza de café, y leyendo un periódico repleto de noticias que ya no me importan para nada, recuerdo con dolor, porque lo que uno ama se pierde si no se sabe conservar y amar a la vez.

Extraño mi niñez. No era responsable de nada, y reía, jugaba, correteaba, hacia maldades, besaba a la niña que me gustaba a escondidas, detrás del salón de clases de la maestra de ciencia, todas esas situaciones y personas que delinearon el rumbo que luego yo tomaría en el camino de la vida.

Porque todo te marca, eternamente, aunque no quieras reconocerlo. Todas las personas y situaciones por las que hemos atravesado definen nuestro ser, nuestro yo, nuestra percepción de lo que es la vida, y nos trazan en ese momento el recorrido que debemos seguir por la vereda de nuestra existencia, de nuestro destino, y cuando queremos darnos cuenta, estamos sentados tomando un café, solos, y leyendo un insulso periódico, en una triste mañana de domingo.

Lo tuve todo, y así mismo lo perdí todo, y rápidamente. Y lo perdí, porque no supe valorar lo que tenía entre mis manos y lo dejé escapar. El amor de mi familia, el respeto de mis amigos y compañeros, el cariño de mis fallecidos padres, todo, pero todo, se extravió en aras de cosas más importantes que nunca llegaron, y de ambiciones sin medida que puse por encima de lo que realmente importaba en mi vida: el amor de los míos.

Ahora, que me encuentro solo, triste y vacío, en esta inmensa habitación de mi llamada residencia, porque dejo de ser hogar hace muchos años, es que reniego de mi existencia porque fui cobarde para no admitirlo, porque fui un pésimo esposo y padre, porque me convertí con el tiempo en una máquina de generar dinero sin importarme nada, y porque no supe retener lo que verdaderamente contaba para ser feliz.

Quisiera retroceder en el tiempo, no volver a cometer todos esos desaciertos que me hundieron en la soledad en la que ahora me encuentro, pero ya es tarde para redimirme de mis pecados. Ya pronto mi vida terminará en este mundo, ya mi corazón dejará de latir en poco tiempo, porque ya no fui capaz de sobrellevar mi existencia vacía, y me entregué por completo a la soledad, donde no existe la esperanza de un mejor amanecer.

Ya no me importa. Ni tampoco lo anhelo. Mi mejor amanecer ya pasó cuando decidí vivir una vida simple, pero a costa de mi felicidad.

Una felicidad que ya nunca podré tener. Quizás en otra vida… Link: https://www.elmagacin.com/relato-una-vida-simple/

Originally posted 2018-01-17 01:27:54.

Nochebuena

Nochebuena es una fecha que siempre anhelamos que llegue, contamos las horas para ello, y muchas personas gastan hasta lo que no tienen para disfrutar por algunas horas del nacimiento de Jesús unas horas después, pero a su manera. El disfrute mundanal a veces tergiversa el real significado de ambas festividades. Comoquiera, es una ocasión especial, memorable y muy hermosa cuando se comparte en familia en franca camaradería y alrededor de una mesa comiendo los tradicionales platos de la Navidad que servimos en Puerto Rico, que aun devastada y sin los servicios esenciales en la mayoría de los pueblos tras 3 meses del arrollador azote de María, gozamos estas festividades navideñas como un escape, pero también como el recuerdo de lo que hemos sido y volveremos a ser una vez nos levantemos nuevamente como país. El amanecer siempre viene precedido de la oscuridad, literalmente, y siempre habrá un tiempo para todo debajo del sol borincano que nos ilumina día tras día. Muchas personas reirán, y otras llorarán por los que amamos y ya no están aquí. Nosotros, en nuestra naturaleza humana, quisiéramos que nadie se fuera de nuestro lado terrenalmente, pero sabemos que para morir, hay que vivir, y que es ley de vida el irnos en algún momento. El consuelo que tenemos es que partiremos hacia un lugar mejor, donde en algún momento volveremos a reunirnos con las personas que dejamos aquí temporalmente, y todo bajo el manto bondadoso de un ser que siempre nos amará sin importar lo imperfectos que seamos, Dios, y cuyo nacimiento celebramos en pocas horas, Navidad. De nuestra parte les deseamos una noche hermosa y repleta de dicha, y la esperanza de que nuestro mañana será mejor. ¡Muchas felicidades!

Originally posted 2017-12-24 23:50:22.

Robaste mi vida (el principio del dolor), Un nuevo libro de Peter Vergara para finales de 2018

Robaste mi Vida (El principio).

No recuerdo cuándo fue, o dónde empezó todo, pues mis recuerdos se difuminan en el tiempo pasado que anhelo revivir pero que a la vez deseo olvidar.

Las palabras altisonantes, los maltratos, el desprecio de unos ojos que jamás trasmitieron amor me asaltan por momentos.

Muchas cosas. Pocas memorias.

Las memorias solo vienen a uno cuando son buenas.

Las malas, tratamos de olvidarlas en la hipocresía de la vida que no perdona cuando queremos desterrarlas.

El alma se constriñe, la alegría se dispersa; el amor se diluye.

El golpe te azota cuando no lo esperas, y la retribución no se hace esperar cuando estamos dispuestos a cobrar el agravio.

Únicamente rememoro la crueldad del momento vivido, pero olvido por un instante las lágrimas derramadas por su causa.

El pasado llega a mi puerta como un vendaval, como María llegó a nuestra existencia un aciago día de septiembre, y quiero pensar que siempre existirá un mañana para enterrar el infortunio de un amargo suceso, pero luego admito que nunca es fácil seguir adelante cuando algo o alguien te aprisiona por los pies y te impide caminar como antes.

Puedo ser muchas cosas en mi presente. Quizás convertirme en lo que siempre he deseado. Es posible que hasta la vida me devuelva con creces lo perdido.

Pero no puedo. Algo me amarra, me encadena cruelmente e impide que pueda dar un paso hacia ese espejismo que engaña mi mente, pero que no logra embaucar mi corazón. Ya no soy el mismo.

No puedo serlo.

Pero quiero.

Quiero ser el que antes fui.

Mejor.

¿Podré hacerlo?

Los gritos en la noche.

Exigencias que no amainan, palabras vertidas que no se olvidan tan fácilmente.

Locura inesperada, vivencias que se perdieron, memorias que no sirvieron de nada, y un presente que me derrota diariamente por no tener una luz que ilumine el sombrío camino que llevo recorriendo desde niño, pero que se ha oscurecido más en tiempos recientes.

El hoy me golpea furiosamente en el rostro, y anquilosa los miembros de mi cuerpo. La parálisis me aflige, y el conocimiento de lo que ya es una triste realidad que no me abandona, me abate más.

Siempre supe que no seria un juego de infantes, y que las reglas nunca serían escritas por mí, pero sinceramente, no esperaba esto.

Y no puedo evitar llorar como el niño que antes fui, ni tampoco calmar el temblor de unas manos que creí servirían para traer grandeza a este mundo, pero que difícilmente logran contenerse cuando la furia me agarra por sorpresa.

Mi conocimiento no me ayudó a prepararme para lo que venía en camino, y la prepotencia de querer saberlo todo tampoco fue determinante a la hora de enfrentar un espíritu resquebrajado que nunca pudo ser feliz, y que ahora se ceba en el mío tratando de hundirlo sin misericordia.

Nunca fui bueno adelantándome al futuro, pues es imposible para cualquiera hacerlo, en especial cuando no esperas nada del mismo, y sientes temor de saber lo que en su día sucederá. Adivinar la vida asusta, y cuando lo que logras atisbar no es agradable, menos te infunde el valor que no tienes.

Tengo miedo. El amanecer trae consigo nuevas horas de infelicidad, y la noche al llegar el sosiego momentáneo que tanto he esperado durante este infierno diario.

No quiero dejar pasar al odio. No es aconsejable. Pero avanza según trascurre mi presente, sumido en el resquemor que corroe mi felicidad, y que impide la entrada de la alegría que parece alejada de mí. La esperanza quiere escapar, pero no lo permito, todavía.

No soporto la vida. A veces quisiera no tenerla si ella no me brinda lo que anhelo profundamente. ¿Acaso ya mi entusiasmo por vivirla se fue para no volver? El hastío me encierra como reo en su aburrimiento mortal, y las llaves de la celda lucen inalcanzables a simple vista. El desdén por lo humano crece a pasos agigantados, y únicamente el dolor se dibuja en la sonrisa amarga que exhibo y que aflora ante todos por no llorar y dar rienda suelta a mis sentimientos de frustración.

¿No merezco el ser feliz? ¿Por qué se me niega tanto el serlo?

¿Qué debo hacer en este minuto crucial de mi existencia?

El ave negra de la desdicha vuela sobre mi horizonte perdido, y sueño con abatirla cada día, pero cuando estoy a punto de hacerlo, se vuelve a mirarme y se burla, alejándose rápidamente y retándome a que la derribe. ¿Lograré que caiga?

(Extracto inicial de mi próximo libro Robaste mi Vida, una historia con nexos de una realidad que viven millones de personas que pasan su existencia plena sujeta a los caprichos de un destino que trata cada día de robarnos la alegría que merecemos. No voy a adelantar nada más, pues me encuentro escribiendo esta historia, y editando otra a pasos agigantados de una buena amiga escritora (Almas Sincronizadas), que me he visto obligado a posponer por este mismo problema, y a la que pido disculpas desde el fondo de mi corazón. También a un excelente compañero literario al que le estoy trabajando su segundo libro, Tinieblas II. Ambas historias, contando con Dios, estarán listas para agosto, justo a tiempo para que participen en el concurso literario de Amazon. Robaste mi vida es algo que me toca en lo íntimo, y deseo con este libro poder ayudar a muchas personas que atraviesan por idéntica situación, y que muchas veces, en su mayoría, destruye nuestras esperanzas de ser feliz algún día sin los fantasmas del odio que en su momento son arrojados sobre cada uno de nosotros y que no merecemos).

Originally posted 2018-07-26 19:03:25.

La agonía de la espera… (María: el monstruo nos atacó 3)

Luego de atrevernos a dar ese primer paso y salir de nuestras casas para conocer todos los daños causados por la furia de María, pudimos constatar que la realidad superaba con creces la imaginación, y el concepto posiblemente erróneo que teníamos de la fuerza destructora de un huracán categoría 5, o 4 como algunos entendidos en meteorología propagaron semanas después por los medios noticiosos. Como sea, nos impactó totalmente, y quizás en algunos pueblos más destrucción causó, pero lo que no debemos negar es que nuestras vidas cambiaron a partir de esa noche y madrugada del 20 de septiembre de 2017.

Sentimos un desgarre en nuestro corazón al ver las primeras escenas.

Nada quedaba de la indiferencia y broma con que muchas personas tomaron los informes meteorológicos y del gobierno. No iba a pasar. Se desviaría, como siempre.

Yo personalmente no tomé las cosas a broma, pero estaba esperanzado de que sucedería exactamente lo que muchos puertorriqueños anhelaban y pronosticaban.

Cuando quisimos reaccionar ante la magnitud del monstruo, ya era un poco tarde.

Algunos se prepararon debidamente, e invadieron los supermercados para compras necesarias de última hora. Otros, prefirieron llenar sus neveras imprudentemente de carnes y alimentos que no durarían más de 3 o 4 días sin refrigeración, en lugar de provisiones no perecederas como la siempre presente jamonilla, salchichas y Chef Boyardee. El manjar preferido y obligatorio de los puertorriqueños ante eventos de tal naturaleza. El agua, las baterías para las linternas y las velas tampoco podían faltar. Con la prisa, algunos olvidaron los cerillos o fósforos para encender las velas. Otros, hasta suplir de gasolina los carros y retirar dinero del cajero automático. Como a mí, lo reconozco.

Pero nos preparamos, que era lo importante.

Aunque por muy pocos días. Irma, el otro ciclón que precedió a María, había dejado los bolsillos vacíos y una actitud de indiferencia ante las noticias de que una catástrofe huracanada se acercaba a pasos agigantados en dirección a Puerto Rico.

Nada iba a suceder, y si lo hacía, los daños serian mínimos. Era nuestra esperanza.

Las ráfagas de 150 millas o más por hora acabaron con esa ínfima posibilidad.

El monstruo no hizo excepciones. Era la hora de la realidad que viviríamos de ahí en adelante por muchos años.

Y tuvimos que aceptarlo así. No podíamos negarlo, aunque quisiéramos.

Miles de familias perdieron sus propiedades, negocios completos desaparecieron, tanto por los vientos como por el agua salida de cauce de los ríos. Las carreteras quedaron intransitables por los postes y cables caídos y por la devastación de sus estructuras. La desolación de un pueblo entero se palpaba en el triste ambiente que nos envolvía.

Comunidades enteras quedaron aisladas sin comunicación y también por no poder salir de las mismas debido a la caída de caminos vecinales, puentes y árboles.

El aniquilamiento sistemático fue increíble. Automáticamente, decenas de miles de empleados quedaron en la calle en medio de la imprevista embestida del fenómeno.

Los sistemas bancarios se fueron al piso totalmente, y el retiro de dinero para poder subsistir quedó en manos de algunas escasas entidades, mayormente bancos, pues las cooperativas tardaron un poco más en restablecer sus operaciones automatizadas.

Largas filas en los supermercados y gasolineras se convirtieron en el pan nuestro de cada día, y el levantarse a mitad de la madrugada para buscar una bolsita de hielo se trasformó en una odisea riesgosa por la reinante oscuridad que envolvía al pueblo. Hasta los mosquitos, esos inseparables amiguitos de la picada que nos atormentaban por las noches.

Pero teníamos que sobrevivir esos primeros momentos que luego se convirtieron en largos días y meses en tinieblas. Tardarían bastante en arreglar lo que invariablemente desde hace años no funcionaba adecuadamente. Un simple viento colapsaba el sistema eléctrico. Un huracán como María acabó con la perorata establecida y repetida, tanto por la agencia concernida como del gobierno, de que nuestro sistema resistiría un evento de esta naturaleza. Puro argumento falso que tuvieron que desechar obligatoriamente por el daño causado, postes caídos y escasez de materiales para repararlos o cambiarlos rápidamente.

No estábamos preparados. La toma de decisiones en beneficio de la ciudadanía por parte del gobierno y las dependencias de servicios esenciales como la energía eléctrica y las comunicaciones se dilató significativamente, redundando en más desesperación de un pueblo que no comprendía la razón de tanta lentitud en restablecer la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Desde arriba hasta abajo fallamos. Hubo decisiones acertadas, aunque lentas, pero también muchos desaciertos a la hora de fijar responsabilidades para levantarnos nuevamente. No sabían qué hacer. Comprensible de cierta manera. Nunca nos habían golpeado y casi arrodillado así. La agonía había empezado.

Puerto Rico se levanta. Bonito eslogan, una frase representativa de la batalla que comenzaríamos para volver a ser lo que fuimos, un pueblo que jamás se rinde ante la adversidad, aunque no haya sabido luchar en infinidad de ocasiones por los derechos que nos corresponden y que gobernantes de turno violan repetidamente. Algunos puertorriqueños tergiversan el significado real de esta frase, convirtiéndola en una especie de licencia para romper los esquemas impuestos de una sociedad establecida como ente jurídico, económico y democrático, y comportándose de la peor manera imaginable, siendo egoístas en vez de solidarios con el vecino que nos necesita y que no posee los mismos recursos que nosotros.

Si algo ha caracterizado al puertorriqueño desde tiempos inmemoriales ha sido la empatía y confraternización hacia los demás en momentos de dolor y necesidad, pero con el trascurso de los años se ha perdido una gran parte de la misma en aras de una modernización social y económica que ha derivado de desconocimiento de los valores tradicionales que nos regían como pueblo. No somos los mismos, y duele reconocerlo. La simpatía y solidaridad de esos primeros días en que nos comunicábamos mejor, probablemente, ha desaparecido gradualmente según se ha ido normalizando la situación.

El acercamiento al vecino y al familiar, las charlas interminables, la unión existente en medio de la adversidad bajo la luz de una vela o linterna, ha mermado, evaporado, acabado, volviendo a ser lo que éramos antes de María.

María destruyó las bases en la que nos cimentamos como pueblo, pero no acabó con el espíritu de lucha ni nuestro corazón indomable para levantarnos del empujón brutal que nos propinó. El guapo del barrio abusando del débil. Pero no somos débiles.

Sufrimos ese 20 de septiembre. Lloramos, temblamos, y le pedimos al Señor que alejara al monstruo que nos atacaba inmisericordemente y que sacudía en cada ráfaga nuestros hogares.

Nuestro angustioso clamor se escuchó, y se redujo el tiempo de ataque del huracán, pero no sin antes darnos una lección que nunca olvidaremos.

Una enseñanza de vida. Básica para que sobrevivamos y nos levantemos, como dice el eslogan. La espera convirtiéndose en fortaleza para seguir adelante. Demostrar de lo que estamos hechos es la tarea principal de todos nosotros para resurgir del abismo en el que ya estábamos hundidos, y en el que María nos hundió más. Como dije anteriormente, lloramos, todos, y no es vergüenza el admitirlo, pero sí lo es si seguimos lamentándonos por lo que ya sufrimos, y no hacemos absolutamente nada para remediarlo. La acción comienza ahora. María sucedió, y punto.

Si realmente deseamos hacerlo, levantarnos, debemos aprender a ser humildes ante Dios, dejar a un lado nuestra prepotencia como ser humano, y enfocarnos en ser mejores personas de ahora en adelante. Tenemos que abandonar las viejas costumbres de vivir únicamente para nosotros, y vivir también para los demás. Se puede hacer. Es cuestión de querer.

Quizás esto no sea suficiente para una próxima ocasión, porque es largo y angosto el camino por andar y mucha la indiferencia, pero ciertamente nos ayudará.

Un monstruo, por más poderoso que sea, nunca acabara con el espíritu de nuestra gente. Muchos pueblos siguen a oscuras y desesperados, pero confiando en Dios, pronto, muy pronto, llegará el auxilio que necesitan. Todos pedimos por ese milagro.

Muchos pensarán que María fue el final de un pueblo.

Yo creo que es el comienzo de muchas cosas buenas por venir. De la adversidad aprendemos, y buscamos nuevos caminos para recorrer desde cero.

Tengo fe en que así será.

Originally posted 2017-12-22 16:17:28.

Amaneciendo en el dolor…(María: el monstruo nos atacó 2)

Amaneciendo en el dolor (María: el monstruo nos atacó 2)

Largas horas hasta el amanecer de un día que sería, sin nosotros saberlo todavía, bastante pesaroso y el inicio de la incertidumbre que a partir de ese momento reinaría en una isla no acostumbrada a los designios inesperados y bárbaros de la naturaleza.

La oscuridad invadía nuestras calles, y el azote cruel del monstruo todavía nos retumbaba en los oídos y estrujaba el corazón. La desolación completa era inevitable, pues un poco después despertaríamos a la realidad de que no había sido ligero ni remediable el embate.

Fue más de lo que pensamos, y de lo que nunca pudimos imaginar.

La naturaleza se cobraba la deuda contraída por largo tiempo sin tocarnos, y en su inescrutable faz exhibía la sonrisa feroz por todos los rincones de nuestra islita.

No era el momento de rumiar nuestra impotencia. ¿Para qué? No servía para nada el lamento borincano, ni el crujir de dientes y lloro ahogado que pugnaba por salir deslizándose por las mejillas del puertorriqueño orgulloso de sus raíces, pero débil e impotente ante lo irremediable.

Paso a paso nos acercamos a los destrozos causados por el fenómeno, y muy lentamente fuimos asimilando la noción de que jamás volveríamos a ser iguales ante el destino y la vida. Nos levantaríamos, eso sí, pero a costa de muchos sacrificios y dolor.

Las cosas cambian, y no para mejorar. Muchas veces es para despertar, para comenzar nuevamente la vida ante la muerte, la que se llevó parte de una historia, pero no de nuestro recuerdo. Ese no muere cuando la rendición no está en nuestro vocabulario. La desazón huye veloz cuando lo enfrentamos con decisión, aunque en esos primeros momentos no podíamos pensar claramente ante las tinieblas que se mostraban ante nosotros.

Años perdidos en la falsa planificación que jamás existió, buenas intenciones que no llegaron a cuajar por la indolencia de muchos funcionarios públicos y de la comunidad que no lo deseaban por diversos y oscuros motivos, leyes que no afloraron a la superficie en aras de mejorar lo que se podía mejorar pero que no se quería con el fervor necesario. Todo en mayor o menor escala contribuyó en parte al descalabro social y económico que sobrevino una vez amainaron los violentos vientos que descalabraron nuestra historia hasta convertirla en un intento futuro por reescribirla si se podía.

Si se podía.

En pocas horas el derrotero de nuestras existencias se paralizó. Tristeza y dolor ante el cuadro tétrico de una sociedad destrozada hasta sus raíces; ojos cerrados para no ver la magnitud de lo que tendríamos que levantar nuevamente para tratar de recuperar, aunque fuera una ínfima parte de nuestra idiosincrasia de pueblo.

Aislados e incomunicados durante esas primeras horas que luego se convertirían en interminables días sumidos en la desesperación y oscuridad que nos rodeaba. Nada podíamos hacer. Solamente esperar. Pedirle a Dios que la situación no fuese tan grave, aunque nuestros resquebrajados espíritus sabían que sí. Era innegable. Bastaba con atisbar solamente por un momento hacia las calles cercanas a nuestras casas, a los montes despojados de sus verdes ramas que habían volado junto con las violentas ráfagas que parecían no querer terminar, y esporádicamente, aunque ya María había dejado atrás nuestras costas, aún su presencia se dejaba sentir en mi islita amada.

No esperamos. La incertidumbre era demasiada, y no queríamos quedarnos de brazos cruzados aguardando por noticias de destrucción masiva que pronto llegarían.

Así que, armados de fortaleza y decisión para enfrentar lo desconocido, salimos.

Nuestra incredulidad se convirtió en certeza; el presentimiento en realidad.

Frente a nosotros observamos acongojados la pintura dantesca de lo que sería el caminar puertorriqueño de ahí en adelante, y también la convicción real de que nos esperaba una labor titánica que era impostergable. Tendríamos que renacer en todos los aspectos.

Pero sería un renacer que tendría que partir de nosotros, no de ayudas externas ni de nada parecido. La patria, una sociedad, una cultura única y especial, se crea entre todos, y la historia y tradiciones junto a todas esas cosas únicas que nos identifican como puertorriqueños e hijos de Dios. Si la ayuda es ofrecida, bienvenida, pero la responsabilidad de levantar a Puerto Rico no podía ser compartida con recursos externos ni de migajas que quisieran arrojarnos. Era, y es, nuestro deber el volver a la ruta correcta de lo que una vez fuimos, pero que quedó en suspenso luego de los embates huracanados de un fenómeno difícil de olvidar, pero no imposible, pues nos marcó un antes y después de María.

Pero el ahora era lo que debíamos reconstruir, así que, con lágrimas en los ojos y un corazón contrito, dimos ese primer paso…

Continuaremos…

Originally posted 2017-12-19 13:02:03.