La vida que perdí Peter R. Vergara Ramírez —autor

La vida que perdí   

¿En qué momento perdí la ilusión? ¿En cuál capítulo de mi existencia despierto una mañana con deseos de morir? ¿Cómo fue que llegué hasta aquí, mustio como una hoja, derrotado como un vendaval sin vientos?

Mirando hacia el pasado que moldeó mi caminar, y atisbando un poco en el mismo, aún no sé en qué minuto desperdicié las ilusiones que llevaba arraigadas en mi corazón para convertirme en lo que soy hoy: nada.

¿Fueron acaso los gritos destemplados de mis padres cuando discutían? ¿Quizás los regaños inmerecidos cada vez que hacía algo bueno y no me felicitaban? ¿O posiblemente, el llanto escondido en la noche por no saber qué hacer con mi vida?

Tantas interrogantes; ninguna respuesta.

Era un niño inteligente, despierto, tímido, agradable, buen amigo e hijo, pues, un poco malcriado, lo admito, pero quien no lo es cuando vive en un hogar donde las palabras altisonantes y violencia verbal son la orden del día. Era un niño normal, si se le puede llamar normal el correr a esconderse cuando tus padres te buscaban impacientes por toda la casa para descargar su cinturón sobre tus espaldas.

Bueno, eso sí era normal y corriente en los tiempos de antes, cuando la bofetada o el cinturón eran los instrumentos del padre para disciplinarnos cuando nos portábamos mal, y a veces hasta cuando nos comportábamos casi perfectamente bien.

Lo importante era la disciplina, y lo que eso significaba en el núcleo familiar.

Quien la ejerciera era lo de menos, si finalmente el resultado no variaba.

Uno llorando a moco tendido corriendo a refugiarse en los brazos del abuelo condescendiente que todo lo justificaba y perdonaba, aunque no lo mereciéramos.

Un ratito después nos olvidábamos de todo, y a seguir entonces con nuestra casi perfecta vida normal.

Volviendo al presente, qué tristeza recordar ese tiempo de niños, y qué duro para mí el pensar que posiblemente en uno de esos días, quizás alegre, posiblemente no tan alegre, fue que paulatinamente empezó el largo viaje sin retorno hasta el abismo sin escapatoria de mis sueños truncos.

Fue una etapa, no obstante, bonita, pues lo tenía todo. Todo significaba los caprichos que como niño-joven tenía, mis padres me los satisfacían, en su mayor parte, pues para algunos, simplemente, un no era la respuesta obligada.

No soy feliz.

Al menos eso creo.

No puedo ser feliz cuando siento una tristeza perenne arraigada fuertemente a mi corazón.

Ni cuando observo la vida pasar enfrente y no siento alegría por la misma.

Ni una sonrisa.

Ni una carcajada.

Nada.

Un corazón seco.

Una lágrima que pugna por liberarse y no puede.

Porque no existe.

Nunca existió.

Fueron borradas de mi ser el día en que nací.

Segadas completamente, sin un vestigio de renacimiento futuro.

Sin una esperanza.

Sin una ilusión.

Ya no existe en mi ese afán, esa fuerza interior que quizás tuve y no viví.

Tampoco la extraño, porque no se recuerda lo que jamás existió.

O quizás sí, pero fue muriendo con los años.

No lo sé, ni me interesa.

Únicamente me importa el seguir respirando, minuto a minuto, hora a hora, día a día, porque es lo que mantiene mi mente cuerda, aunque no exista una pequeña ilusión de vida.

No despierto por las mañanas con ánimos de luchar.

Abro mis ojos al amanecer de otro día igual que el anterior.

La misma rutina.

La misma gente.

El mismo trabajo.

El mismo desdén por existir que me agobia, y que no piensa marcharse por lo que veo.

También la misma hipocresía de los demás cuando te saludan, y que por cortesía aceptas y saludas a la vez.

¿Quién es más falso? ¿El que saluda, aunque no lo sienta? ¿O el que saluda a su vez, aunque la otra persona sea insoportable para él?

Una de las preguntas sin respuesta que, sinceramente, me da lo mismo si algún día alguien ilumina mi espíritu con la respuesta adecuada a este dilema existencial. Son interrogantes que enfrentamos diariamente, pero que no interrumpe nuestro sueño en la noche.

Parece que hoy enfrento mi día con mucha tristeza, porque observando en la pantalla de mi ordenador todo lo que he escrito en estas breves líneas, pareciera que estoy prácticamente al borde del suicidio.

Nada más lejos de la realidad.

El que me levante una mañana con tristeza, recordando los episodios del pasado que posiblemente influyeron un poco en mi vida del presente, y que derrame una lágrima al acordarme, no significa que he perdido mi vida, ni que no amerite vivirla, aunque sea un paso a la vez.

El pasado muchas veces duele, y cincela tu personalidad hasta el presente, pero significa nada cuando se anhela vivir a plenitud, ni tampoco significa que me voy a echar a morir porque mis padres o alguna otra persona en mis recuerdos haya sido lo contrario de lo que yo esperaba.

No.

La vida se compone de muchas etapas. Unas buenas, otras no tanto.

Existe un momento para reír, y otro para llorar.

Lloré en su minuto por lo que no pudo ser, y también por el dolor de algunos episodios que quebraron mi alma, pero no mi existencia plena, y que me fortalecieron en medio de la tormenta para soportar los ciclones del presente y del futuro.

No se pierde una vida cuando ella te enseña a vivirla, poco a poco, sin apresurarse, sin dudas; sin arrepentimientos.

No desperdiciamos nuestra existencia cuando aprendemos del dolor, y no cometemos los mismos errores del pasado.

¿De qué vale vivir, si no lloramos?

Una lágrima, o muchas, en el instante apropiado, puede revivir una historia, la de nuestras vidas, y no se rechaza, porque limpia el corazón y el alma de los embates del destino que en ocasiones hace flaquear la fuerza que todos poseemos, pero que pocas veces utilizamos para salir adelante y triunfar con la alegría de vivir que cada ser humano merece tener.

La vida que perdí.

Bonito título.

Pero se oye mejor la vida que he ganado al seguir el mandato de mi corazón y derrotar la tristeza y el dolor que llevaba a cuestas como una pesada carga atenazando el espíritu inquebrantable que poseo para salir airoso de cualquier adversidad que se atreva a cruzarme en mi camino.

No he llegado hoy hasta aquí para rendirme. Jamás.

Estoy aquí para quedarme, y decirle al universo entero que no he perdido mi vida, porque en este mismo instante comienzo a vivirla a plenitud, sin remordimientos, sin dudas, porque yo merezco ser feliz, y nada ni nadie me detendrá en la ruta ya trazada de antemano por el destino.

No he perdido mi vida.

Ahora es que voy a vivirla…

@Derechos Reservados 2017. Se prohíbe la reproducción total o parcial de este escrito sin el consentimiento expreso del autor Peter R. Vergara Ramírez.

Originally posted 2017-03-08 16:22:40.

Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

Originally posted 2017-02-21 09:37:34.

Papá, no será fácil decirte adiós…

Papá, no será fácil decirte adiós…

Hace más de una década perdí a mi madre, Elsie, víctima de una mortal enfermedad que terminó con su vida. Fueron meses de interminable agonía en los que toda su familia y amistades veían en primera fila cómo un ser humano tan amado por nosotros se consumía lentamente a pesar de todos nuestros esfuerzos por aliviar en algo su dolor.

Se perdió la batalla. Y lloramos, desgarrados completamente por la despedida de una madre que lo fue todo para nosotros, y que batalló como una fiera guerrera para derrotar la enfermedad que nunca tuvo piedad con ella.

Dieciséis años después nos hallamos en la misma encrucijada del dolor, aguardando, observando como el tiempo acaba con cada parte del cuerpo y vida de mi padre.

Meses de deterioro físico y mental han ido matando lentamente una historia que fue interesante hasta el final, y que cada día que pasa no es ni la más remota sombra de lo que en su momento fue.

Pronto el capítulo llegará a su epílogo, y el libro se cerrará, pero esta vez definitivamente, sin posibilidad de volverlo a leer algún día. No habrá una segunda parte, ni la esperanza de vivir ni disfrutar nuevamente su personaje.

Cerraré esta historia con lágrimas en mi corazón, y mis dedos temblorosos tratarán de guardarlo para siempre en los anaqueles íntimos de mi alma, porque sé que por siempre permanecerá ahí, y que quizás abra sus páginas para atisbarlo brevemente cuando el momento de mi postrero adiós también se acerque.

No es el momento apropiado de recordar cosas tristes, ni sucesos que marcaron nuestras vidas debido a su, en ocasiones, agresiva forma de ser y su enfoque de lo que él pensaba que era lo correcto, y que desgraciadamente, en la gran inmensa de las veces, no lo era, por lo que fueron tiempos non grato para nosotros, su familia, y los que lo conocían de cerca.

Pero ya eso es otra historia.

Hoy en la tarde, mientras mi esposa Lynette y yo lo bañábamos en su cama, tratando de moverlo lo menos posible para no lastimarlo, vi sus ojos fijos en la nada, y sus manos se deslizaron suavemente entre las mías para acercarme a su rostro.

Casi no me distinguía, pero sabía que estábamos ahí. Para, y por él. Lo sentía en su corazón, aunque ya su cuerpo no le respondiera como antes.

Los enojos del pasado, los momentos en los que nos distanciábamos por cualquier motivo, las palabras y regaños, y en diversas ocasiones, comentarios tontos, de todo lo que hacíamos su esposa e hijos, ya no tenían razón de ser.

El resentimiento que tantas veces sentí cuando discutíamos se había apagado para siempre. No veía al padre que todo lo sabía y que nunca se equivocaba, y que provocaba gran tensión en nuestras relaciones de familia, y al que muchas personas molestaban por su incisiva costumbre de hablar de más cuando nadie le pedía su opinión.

Siempre la daba, sin importar las consecuencias, buenas o malas, de sus acciones, y en completo menosprecio de los sentimientos de los demás.

Era difícil tratar con papi. Cuando más lo necesitábamos, se hacía de rogar por el menor detalle, y a veces nos molestaba tanto que terminábamos enojados con él.

Pero siempre estaba ahí, a regañadientes, pero al final nos tendía la mano, así como lo hizo hoy mientras lo bañábamos. Nunca nos abandonó, aunque nos lo recordara toda la vida.

Así era mi padre, el que yo idolatraba de pequeño cuando caminábamos juntos por las calles de nuestro Manatí, y yo inexorablemente me quedaba atrás por él siempre estar un paso adelante. Eran veloces sus pasos, como lenta su comprensión cuando al parecer fallábamos por cualquier cosa.

Pero como dije anteriormente, no es el momento apropiado para recordar el pasado.

Al verlo ahí, indefenso, débil, sin ánimos ni siquiera de hablar como antes lo hacía a borbotones y sin freno, y posando ya sus ojos casi sin vida en los míos, únicamente puedo recordar lo bueno que fue en ocasiones con nosotros, y en especial conmigo. No me falló en la época de mi existencia cuando más lo necesité, y sería desagradecido por mi parte el abandonarlo ahora cuando sé que nos necesita.

«Perdóname si en algo te ofendí», susurró hace pocos días, mientras sostenía nuestras manos entre las suyas. Miré a Lynette, mi esposa. Ambos comprendíamos lo que estaba sucediendo. Mi padre, consciente o no, se disculpaba por el pasado.

Nuestros ojos se humedecieron presos de la gran tristeza que nos invadió. No pude evitar el llorar como un niño, el dar rienda suelta a mis sentimientos ocultos que siempre pugnaron por salir de hace tiempo.

Nada tenía que perdonar. Era mi padre, y lo amaba. Lo amo, y eso nada ni nadie lo puede evitar. También lo ofendí en muchas ocasiones, y él siempre lo olvidaba. Borrón y cuenta nueva.

Ahora, en estos días o semanas que preceden al final estaremos a su lado, del poco tiempo que resta para el adiós le daremos gracias a la vida por tenerlo tantos años entre nosotros, que no será jamás definitivo, porque sabemos, confiamos, de que, en su momento, cuando también Dios nos llame para acogernos en su seno, volveremos a estar juntos, pero esta vez definitivamente, en un mundo mejor donde no existen los odios ni rencores, y en donde lo único que impera es el amor para toda la eternidad.

Papi, no será fácil decirte adiós, pero te prometo que después volveremos a estar juntos.

Y espero que esta vez se te quite lo gruñón y malhumorado que siempre fuiste.

No sería fácil soportarte tus cosas en dos vidas, aunque pienso que lo mismo diría de mí.

Creo que te quiero tanto, que te aguantaría eso y más. Discutíamos, y me sacabas de quicio a cada rato, pero nunca el amor entre nosotros se extinguió. Al contrario, crecía cada vez más.

Muchas gracias por siempre estar ahí, aunque no lo mereciera en ocasiones.

Hasta luego, papá…

No pierdas tu esencia de escritor ni de ser humano por nada ni por nadie

No pierdas tu esencia de escritor ni de ser humano

Estaba hace unos minutos posteando las direcciones de ciertos lugares donde abundan recursos literarios para nosotros los escritores, y en donde se aconsejan mil y una formas de escribir, no escribir, y un sinfín de cosas más que cualquier escritor o bloguero sabe, y si no sabe se encuentra en el camino correcto para conocer, porque se aprende todos los días hasta la muerte.

Eso me hizo recordar una conversación sostenida con una persona querida años atrás, cuando estaba escribiendo mi primera novela. La persona me aconsejó encarecidamente no poner unas palabras que le parecieron altisonantes, por así decirlo, o vulgares, rudas, demasiado fuertes para el contexto en el que se encontraban las mismas.

Como era mi primera novela, pues le hice caso. Me senté frente a mi ordenador, busqué el capítulo donde todas esas malas palabras se encontraban, y lo hice para borrarlas y escribir unas más bien bonitas, rítmicas, hermosas.

Una vez me encontraba dispuesto a borrarlas y enviarlas al país de los recuerdos, detuve mis dedos que se hallaban encima del teclado en DELETE.

Me hallaba en una encrucijada. ¿Seguía consejos de quien nunca había escrito nada en su vida? ¿O seguía mi propia voz, la esencia de mi alma?

No tuve que pensarlo mucho.

Apagué el ordenador, y regresé donde la persona.

—Las palabras se quedan.

Me observaron como a un bicho raro salido de Narnia.

—No vas a conseguir lectores que te compren esa novela— me dijeron escuetamente.

Me reí. A carcajadas.

—Todas esas palabras, feas, vulgares, bonitas, o lo que sean, van ahí para darle fuerza a esa línea, a esa idea, y se quedan. Si no vendo ningún libro, pues que así sea, pero no voy a someter mi esencia, la fuerza de mi espíritu, el sufrimiento y el dolor que pongo en mis palabras, solamente porque a alguien no le guste. Sería sacrificar mi esencia pura de escritor y de ser humano, lo que tantos años me ha costado hasta llegar hasta aquí, y mi mensaje, lo que realmente quiero llevarle al lector, se perdería entonces, y eso no lo voy a permitir. Mi escritura soy yo, es mi identidad, mi corazón, y eso nadie más lo posee. Habrá personas que se identifiquen con mi sello personal, con mi filosofía de vida, y esos son a los que le escribo.

Se quedó callada la persona, y no dijo nada más. Tampoco me importaba.

Nadie me enseñó a escribir. No fui a talleres de escritura creativa ni nada por el estilo. Tampoco ningún escritor famoso me enseñó lo poco que sé sobre el arte de escribir libros.

Fui aprendiendo poco a poco, leyendo, escribiendo, cometiendo errores, tachando y borrando miles de palabras, y capítulos completos porque no me gustaban. Se me quedó la mente en blanco completamente, sentí deseos de arremeter contra el ordenador y contra todo lo que me rodeaba, y de mandar para buen sitio mi incipiente carrera como escritor.

Pero no lo hice, y tampoco me rendí. Aprendí a escribir, y todavía, aún después de los libros que llevo publicados, no me siento satisfecho completamente. Cada vez que los reviso, encuentro palabras que no debieron ir, tildes que no se pusieron, falta de concordancia entre líneas, y un montón de cosas que ni vale la pena mencionar. Pero llevan mi mensaje.

Trato de superarme cada día, de mejorar mi escritura, de triunfar en lo que quiero.

No vivo el sueño ni las metas de nadie, por lo que no escribo como los demás, ni trato de imitar a algún autor reconocido.

Yo soy yo, Peter R. Vergara Ramírez, un escritor que apenas comienza a despuntar en el ámbito literario, y eso no lo cedo por nada ni por nadie. Tengo, y pongo, mi propia voz, la fuerza de mi alma, la esencia de mi ser, en cada palabra que escribo para el mundo.

Prefiero fracasar con mi esencia pura, que triunfar con la voz de otros…

 

 

Originally posted 2016-11-22 15:45:19.

Comienzo

Cuando alcanzamos el supuesto final, es que nos impulsamos para emprender un nuevo comienzo…

Originally posted 2018-03-22 04:30:06.

Emocionado

Uno de mis libros, Tu peor enemigo siempre serás tú, acaba de ser obtenido en Francia esta mañana, uniéndose a otros países como España, Estados Unidos, Puerto Rico, México, Japón, Alemania, Inglaterra y Sudamerica donde también ha logrado entrar.

2017 quizás no fue el mejor año en otros aspectos, y María no ayudó mucho, pero confío en Dios que el 2018, aunque no ha empezado con el pie derecho, sea el año en que todas las puertas que anhelo se abrirán.

Cuando se tiene fe en Dios y en uno mismo, todo es posible, y sé que mis lágrimas derramadas del hoy serán mi alegría del mañana.

Originally posted 2018-01-26 14:27:49.

Nochebuena

Nochebuena es una fecha que siempre anhelamos que llegue, contamos las horas para ello, y muchas personas gastan hasta lo que no tienen para disfrutar por algunas horas del nacimiento de Jesús unas horas después, pero a su manera. El disfrute mundanal a veces tergiversa el real significado de ambas festividades. Comoquiera, es una ocasión especial, memorable y muy hermosa cuando se comparte en familia en franca camaradería y alrededor de una mesa comiendo los tradicionales platos de la Navidad que servimos en Puerto Rico, que aun devastada y sin los servicios esenciales en la mayoría de los pueblos tras 3 meses del arrollador azote de María, gozamos estas festividades navideñas como un escape, pero también como el recuerdo de lo que hemos sido y volveremos a ser una vez nos levantemos nuevamente como país. El amanecer siempre viene precedido de la oscuridad, literalmente, y siempre habrá un tiempo para todo debajo del sol borincano que nos ilumina día tras día. Muchas personas reirán, y otras llorarán por los que amamos y ya no están aquí. Nosotros, en nuestra naturaleza humana, quisiéramos que nadie se fuera de nuestro lado terrenalmente, pero sabemos que para morir, hay que vivir, y que es ley de vida el irnos en algún momento. El consuelo que tenemos es que partiremos hacia un lugar mejor, donde en algún momento volveremos a reunirnos con las personas que dejamos aquí temporalmente, y todo bajo el manto bondadoso de un ser que siempre nos amará sin importar lo imperfectos que seamos, Dios, y cuyo nacimiento celebramos en pocas horas, Navidad. De nuestra parte les deseamos una noche hermosa y repleta de dicha, y la esperanza de que nuestro mañana será mejor. ¡Muchas felicidades!

Originally posted 2017-12-24 23:50:22.

La agonía de la espera… (María: el monstruo nos atacó 3)

Luego de atrevernos a dar ese primer paso y salir de nuestras casas para conocer todos los daños causados por la furia de María, pudimos constatar que la realidad superaba con creces la imaginación, y el concepto posiblemente erróneo que teníamos de la fuerza destructora de un huracán categoría 5, o 4 como algunos entendidos en meteorología propagaron semanas después por los medios noticiosos. Como sea, nos impactó totalmente, y quizás en algunos pueblos más destrucción causó, pero lo que no debemos negar es que nuestras vidas cambiaron a partir de esa noche y madrugada del 20 de septiembre de 2017.

Sentimos un desgarre en nuestro corazón al ver las primeras escenas.

Nada quedaba de la indiferencia y broma con que muchas personas tomaron los informes meteorológicos y del gobierno. No iba a pasar. Se desviaría, como siempre.

Yo personalmente no tomé las cosas a broma, pero estaba esperanzado de que sucedería exactamente lo que muchos puertorriqueños anhelaban y pronosticaban.

Cuando quisimos reaccionar ante la magnitud del monstruo, ya era un poco tarde.

Algunos se prepararon debidamente, e invadieron los supermercados para compras necesarias de última hora. Otros, prefirieron llenar sus neveras imprudentemente de carnes y alimentos que no durarían más de 3 o 4 días sin refrigeración, en lugar de provisiones no perecederas como la siempre presente jamonilla, salchichas y Chef Boyardee. El manjar preferido y obligatorio de los puertorriqueños ante eventos de tal naturaleza. El agua, las baterías para las linternas y las velas tampoco podían faltar. Con la prisa, algunos olvidaron los cerillos o fósforos para encender las velas. Otros, hasta suplir de gasolina los carros y retirar dinero del cajero automático. Como a mí, lo reconozco.

Pero nos preparamos, que era lo importante.

Aunque por muy pocos días. Irma, el otro ciclón que precedió a María, había dejado los bolsillos vacíos y una actitud de indiferencia ante las noticias de que una catástrofe huracanada se acercaba a pasos agigantados en dirección a Puerto Rico.

Nada iba a suceder, y si lo hacía, los daños serian mínimos. Era nuestra esperanza.

Las ráfagas de 150 millas o más por hora acabaron con esa ínfima posibilidad.

El monstruo no hizo excepciones. Era la hora de la realidad que viviríamos de ahí en adelante por muchos años.

Y tuvimos que aceptarlo así. No podíamos negarlo, aunque quisiéramos.

Miles de familias perdieron sus propiedades, negocios completos desaparecieron, tanto por los vientos como por el agua salida de cauce de los ríos. Las carreteras quedaron intransitables por los postes y cables caídos y por la devastación de sus estructuras. La desolación de un pueblo entero se palpaba en el triste ambiente que nos envolvía.

Comunidades enteras quedaron aisladas sin comunicación y también por no poder salir de las mismas debido a la caída de caminos vecinales, puentes y árboles.

El aniquilamiento sistemático fue increíble. Automáticamente, decenas de miles de empleados quedaron en la calle en medio de la imprevista embestida del fenómeno.

Los sistemas bancarios se fueron al piso totalmente, y el retiro de dinero para poder subsistir quedó en manos de algunas escasas entidades, mayormente bancos, pues las cooperativas tardaron un poco más en restablecer sus operaciones automatizadas.

Largas filas en los supermercados y gasolineras se convirtieron en el pan nuestro de cada día, y el levantarse a mitad de la madrugada para buscar una bolsita de hielo se trasformó en una odisea riesgosa por la reinante oscuridad que envolvía al pueblo. Hasta los mosquitos, esos inseparables amiguitos de la picada que nos atormentaban por las noches.

Pero teníamos que sobrevivir esos primeros momentos que luego se convirtieron en largos días y meses en tinieblas. Tardarían bastante en arreglar lo que invariablemente desde hace años no funcionaba adecuadamente. Un simple viento colapsaba el sistema eléctrico. Un huracán como María acabó con la perorata establecida y repetida, tanto por la agencia concernida como del gobierno, de que nuestro sistema resistiría un evento de esta naturaleza. Puro argumento falso que tuvieron que desechar obligatoriamente por el daño causado, postes caídos y escasez de materiales para repararlos o cambiarlos rápidamente.

No estábamos preparados. La toma de decisiones en beneficio de la ciudadanía por parte del gobierno y las dependencias de servicios esenciales como la energía eléctrica y las comunicaciones se dilató significativamente, redundando en más desesperación de un pueblo que no comprendía la razón de tanta lentitud en restablecer la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Desde arriba hasta abajo fallamos. Hubo decisiones acertadas, aunque lentas, pero también muchos desaciertos a la hora de fijar responsabilidades para levantarnos nuevamente. No sabían qué hacer. Comprensible de cierta manera. Nunca nos habían golpeado y casi arrodillado así. La agonía había empezado.

Puerto Rico se levanta. Bonito eslogan, una frase representativa de la batalla que comenzaríamos para volver a ser lo que fuimos, un pueblo que jamás se rinde ante la adversidad, aunque no haya sabido luchar en infinidad de ocasiones por los derechos que nos corresponden y que gobernantes de turno violan repetidamente. Algunos puertorriqueños tergiversan el significado real de esta frase, convirtiéndola en una especie de licencia para romper los esquemas impuestos de una sociedad establecida como ente jurídico, económico y democrático, y comportándose de la peor manera imaginable, siendo egoístas en vez de solidarios con el vecino que nos necesita y que no posee los mismos recursos que nosotros.

Si algo ha caracterizado al puertorriqueño desde tiempos inmemoriales ha sido la empatía y confraternización hacia los demás en momentos de dolor y necesidad, pero con el trascurso de los años se ha perdido una gran parte de la misma en aras de una modernización social y económica que ha derivado de desconocimiento de los valores tradicionales que nos regían como pueblo. No somos los mismos, y duele reconocerlo. La simpatía y solidaridad de esos primeros días en que nos comunicábamos mejor, probablemente, ha desaparecido gradualmente según se ha ido normalizando la situación.

El acercamiento al vecino y al familiar, las charlas interminables, la unión existente en medio de la adversidad bajo la luz de una vela o linterna, ha mermado, evaporado, acabado, volviendo a ser lo que éramos antes de María.

María destruyó las bases en la que nos cimentamos como pueblo, pero no acabó con el espíritu de lucha ni nuestro corazón indomable para levantarnos del empujón brutal que nos propinó. El guapo del barrio abusando del débil. Pero no somos débiles.

Sufrimos ese 20 de septiembre. Lloramos, temblamos, y le pedimos al Señor que alejara al monstruo que nos atacaba inmisericordemente y que sacudía en cada ráfaga nuestros hogares.

Nuestro angustioso clamor se escuchó, y se redujo el tiempo de ataque del huracán, pero no sin antes darnos una lección que nunca olvidaremos.

Una enseñanza de vida. Básica para que sobrevivamos y nos levantemos, como dice el eslogan. La espera convirtiéndose en fortaleza para seguir adelante. Demostrar de lo que estamos hechos es la tarea principal de todos nosotros para resurgir del abismo en el que ya estábamos hundidos, y en el que María nos hundió más. Como dije anteriormente, lloramos, todos, y no es vergüenza el admitirlo, pero sí lo es si seguimos lamentándonos por lo que ya sufrimos, y no hacemos absolutamente nada para remediarlo. La acción comienza ahora. María sucedió, y punto.

Si realmente deseamos hacerlo, levantarnos, debemos aprender a ser humildes ante Dios, dejar a un lado nuestra prepotencia como ser humano, y enfocarnos en ser mejores personas de ahora en adelante. Tenemos que abandonar las viejas costumbres de vivir únicamente para nosotros, y vivir también para los demás. Se puede hacer. Es cuestión de querer.

Quizás esto no sea suficiente para una próxima ocasión, porque es largo y angosto el camino por andar y mucha la indiferencia, pero ciertamente nos ayudará.

Un monstruo, por más poderoso que sea, nunca acabara con el espíritu de nuestra gente. Muchos pueblos siguen a oscuras y desesperados, pero confiando en Dios, pronto, muy pronto, llegará el auxilio que necesitan. Todos pedimos por ese milagro.

Muchos pensarán que María fue el final de un pueblo.

Yo creo que es el comienzo de muchas cosas buenas por venir. De la adversidad aprendemos, y buscamos nuevos caminos para recorrer desde cero.

Tengo fe en que así será.

Originally posted 2017-12-22 16:17:28.

Hemos perdido mucho, y la vida sigue su curso aunque no queramos…

Sentado en la marquesina de mi hogar, cabizbajo, distraído, triste por demás y pensando en tantas cosas, que realmente he perdido la cuenta o el orden de ellas. Solo recuerdo con pesar todas las oportunidades que he desperdiciado en mi vida por no seguir los instintos de mi corazón, o de mi mente, y mis ojos se nublan con la sombra de una lágrima que pugna por escapar, pero que al final no se atreve.

Todo esto en un rato que estuve cavilando sobre mi presente, pero reflexionando sobre el pasado que me trajo hasta aquí. Si uno pudiera cambiar el pasado, ¿lo haría? ¿O no? Creo que no. Otros dirían que sí sin pensarlo siquiera. Los malos momentos que tuve hace años, y de los que aún cargo con algunos, tengo que agradecer que gracias a ellos estoy escribiendo estas líneas y compartiéndolas con el que desee leerlas. Una existencia sin magulladuras o golpes no es una existencia bien vivida y disfrutada, porque hasta en los aciagos instantes del infortunio encontramos cosas buenas y enseñanzas que perduran por siempre, y que nos avisa en una próxima ocasión de no volver a cometer el mismo error que una vez lloramos, pero que nos abrió quizás algunas puertas que hasta ese momento nos estaban vedadas.

Palabras tristes, pero me siento así en esta hora, y lucho por desterrar los fantasmas del pasado que me impidieron lograr mis cometidos, pero no puedo, por más que lo intento, porque me falta algo posiblemente, y pido cada minuto por ello, y es el deseo de superarme a mí mismo para al final conseguir lo que anhelo. El hastío, la amargura, el vacío en mi corazón, el dolor de mi alma, el sufrimiento indeleble, hasta ahora han sido suficientes para frenarme en mi loca carrera hasta la consecución de mis sueños, y sé que puedo vencerlos, pero también creo en ocasiones que no quiero.

Me estoy derrotando cada día, y no logro ver la luz al final del camino.Hemos perdido, y mucho. Yo he perdido, y quisiera decir que no, pero admito que mi pasado me arrastra, el presente me frena, y el futuro es falso, porque desconozco el remedio para sanar mis heridas que me lastiman todavía, pero que soy incapaz de cerrarlas.

Extraño muchas cosas de mi existencia. Los amigos que se fueron, las oportunidades perdidas, los minutos de alegría compartida con mis seres queridos, a los que ya no están a mi lado porque descansan en un sitio mejor, a las palabras que nunca dije, y las que sí dije que hirieron a veces, pero que también sanaron en su momento, a los maestros que me enseñaron lo bueno y lo malo, a los desatinos cometidos que me hicieron caer de rodillas tantas veces, todo eso lo recuerdo, algunos con tristeza, otros con alegría, pero mi alma llora al pensar que ya no volverán, y que mi inocencia se laceró por la crueldad de un destino que nunca tuvo nada bueno para mí. Nada agradezco a veces, porque me quitó mucho, aunque luego me recompensó con algo hermoso, pero más perdí yo por no creer en mi potencial para salir adelante.

Y aquí, sentado en la marquesina de mi hogar, solo, pensativo, y triste, pienso que es posible que me quede algo por lo que luchar, una quimera que perseguir, un sueño por lograr, y sobreponiéndome a esta indolencia que me abate sin cesar, me levanto, cierro mis ojos, respiro profundamente por la vida que aún tengo, la llama de la pasión por realizarme que pugna cada minuto por salir, y creo, no, sé, que me queda algo en la reserva de un espíritu indomable que no quiere rendirse y buscar algo mejor, y una sonrisa aflora a mi rostro, porque sin importar todos los sinsabores que se me hayan atravesado en el camino, y los obstáculos que tuve que superar mientras todo sigue su curso, aún así tengo la esperanza de que un día conseguiré mi más preciado anhelo: Ser feliz conmigo mismo…

Originally posted 2018-07-13 19:17:54.

La vida que perdí Peter R. Vergara Ramírez —autor

La vida que perdí   

¿En qué momento perdí la ilusión? ¿En cuál capítulo de mi existencia despierto una mañana con deseos de morir? ¿Cómo fue que llegué hasta aquí, mustio como una hoja, derrotado como un vendaval sin vientos?

Mirando hacia el pasado que moldeó mi caminar, y atisbando un poco en el mismo, aún no sé en qué minuto desperdicié las ilusiones que llevaba arraigadas en mi corazón para convertirme en lo que soy hoy: nada.

¿Fueron acaso los gritos destemplados de mis padres cuando discutían? ¿Quizás los regaños inmerecidos cada vez que hacía algo bueno y no me felicitaban? ¿O posiblemente, el llanto escondido en la noche por no saber qué hacer con mi vida?

Tantas interrogantes; ninguna respuesta.

Era un niño inteligente, despierto, tímido, agradable, buen amigo e hijo, pues, un poco malcriado, lo admito, pero quien no lo es cuando vive en un hogar donde las palabras altisonantes y violencia verbal son la orden del día. Era un niño normal, si se le puede llamar normal el correr a esconderse cuando tus padres te buscaban impacientes por toda la casa para descargar su cinturón sobre tus espaldas.

Bueno, eso sí era normal y corriente en los tiempos de antes, cuando la bofetada o el cinturón eran los instrumentos del padre para disciplinarnos cuando nos portábamos mal, y a veces hasta cuando nos comportábamos casi perfectamente bien.

Lo importante era la disciplina, y lo que eso significaba en el núcleo familiar.

Quien la ejerciera era lo de menos, si finalmente el resultado no variaba.

Uno llorando a moco tendido corriendo a refugiarse en los brazos del abuelo condescendiente que todo lo justificaba y perdonaba, aunque no lo mereciéramos.

Un ratito después nos olvidábamos de todo, y a seguir entonces con nuestra casi perfecta vida normal.

Volviendo al presente, qué tristeza recordar ese tiempo de niños, y qué duro para mí el pensar que posiblemente en uno de esos días, quizás alegre, posiblemente no tan alegre, fue que paulatinamente empezó el largo viaje sin retorno hasta el abismo sin escapatoria de mis sueños truncos.

Fue una etapa, no obstante, bonita, pues lo tenía todo. Todo significaba los caprichos que como niño-joven tenía, mis padres me los satisfacían, en su mayor parte, pues para algunos, simplemente, un no era la respuesta obligada.

No soy feliz.

Al menos eso creo.

No puedo ser feliz cuando siento una tristeza perenne arraigada fuertemente a mi corazón.

Ni cuando observo la vida pasar enfrente y no siento alegría por la misma.

Ni una sonrisa.

Ni una carcajada.

Nada.

Un corazón seco.

Una lágrima que pugna por liberarse y no puede.

Porque no existe.

Nunca existió.

Fueron borradas de mi ser el día en que nací.

Segadas completamente, sin un vestigio de renacimiento futuro.

Sin una esperanza.

Sin una ilusión.

Ya no existe en mi ese afán, esa fuerza interior que quizás tuve y no viví.

Tampoco la extraño, porque no se recuerda lo que jamás existió.

O quizás sí, pero fue muriendo con los años.

No lo sé, ni me interesa.

Únicamente me importa el seguir respirando, minuto a minuto, hora a hora, día a día, porque es lo que mantiene mi mente cuerda, aunque no exista una pequeña ilusión de vida.

No despierto por las mañanas con ánimos de luchar.

Abro mis ojos al amanecer de otro día igual que el anterior.

La misma rutina.

La misma gente.

El mismo trabajo.

El mismo desdén por existir que me agobia, y que no piensa marcharse por lo que veo.

También la misma hipocresía de los demás cuando te saludan, y que por cortesía aceptas y saludas a la vez.

¿Quién es más falso? ¿El que saluda, aunque no lo sienta? ¿O el que saluda a su vez, aunque la otra persona sea insoportable para él?

Una de las preguntas sin respuesta que, sinceramente, me da lo mismo si algún día alguien ilumina mi espíritu con la respuesta adecuada a este dilema existencial. Son interrogantes que enfrentamos diariamente, pero que no interrumpe nuestro sueño en la noche.

Parece que hoy enfrento mi día con mucha tristeza, porque observando en la pantalla de mi ordenador todo lo que he escrito en estas breves líneas, pareciera que estoy prácticamente al borde del suicidio.

Nada más lejos de la realidad.

El que me levante una mañana con tristeza, recordando los episodios del pasado que posiblemente influyeron un poco en mi vida del presente, y que derrame una lágrima al acordarme, no significa que he perdido mi vida, ni que no amerite vivirla, aunque sea un paso a la vez.

El pasado muchas veces duele, y cincela tu personalidad hasta el presente, pero significa nada cuando se anhela vivir a plenitud, ni tampoco significa que me voy a echar a morir porque mis padres o alguna otra persona en mis recuerdos haya sido lo contrario de lo que yo esperaba.

No.

La vida se compone de muchas etapas. Unas buenas, otras no tanto.

Existe un momento para reír, y otro para llorar.

Lloré en su minuto por lo que no pudo ser, y también por el dolor de algunos episodios que quebraron mi alma, pero no mi existencia plena, y que me fortalecieron en medio de la tormenta para soportar los ciclones del presente y del futuro.

No se pierde una vida cuando ella te enseña a vivirla, poco a poco, sin apresurarse, sin dudas; sin arrepentimientos.

No desperdiciamos nuestra existencia cuando aprendemos del dolor, y no cometemos los mismos errores del pasado.

¿De qué vale vivir, si no lloramos?

Una lágrima, o muchas, en el instante apropiado, puede revivir una historia, la de nuestras vidas, y no se rechaza, porque limpia el corazón y el alma de los embates del destino que en ocasiones hace flaquear la fuerza que todos poseemos, pero que pocas veces utilizamos para salir adelante y triunfar con la alegría de vivir que cada ser humano merece tener.

La vida que perdí.

Bonito título.

Pero se oye mejor la vida que he ganado al seguir el mandato de mi corazón y derrotar la tristeza y el dolor que llevaba a cuestas como una pesada carga atenazando el espíritu inquebrantable que poseo para salir airoso de cualquier adversidad que se atreva a cruzarme en mi camino.

No he llegado hoy hasta aquí para rendirme. Jamás.

Estoy aquí para quedarme, y decirle al universo entero que no he perdido mi vida, porque en este mismo instante comienzo a vivirla a plenitud, sin remordimientos, sin dudas, porque yo merezco ser feliz, y nada ni nadie me detendrá en la ruta ya trazada de antemano por el destino.

No he perdido mi vida.

Ahora es que voy a vivirla…

@Derechos Reservados 2017. Se prohíbe la reproducción total o parcial de este escrito sin el consentimiento expreso del autor Peter R. Vergara Ramírez.

Originally posted 2017-03-08 16:22:40.

Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

Originally posted 2017-02-21 09:37:34.

Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

Originally posted 2017-02-21 09:37:34.